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octubre 22, 2026

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Cobrar por el culo

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Ernesto tocó el timbre a las 6 de la tarde, el pelo canoso en las sienes y la carpeta del alquiler bajo el brazo. Era el dueño del departamento del segundo piso y ese mes el pago llevaba casi 2 meses de atraso.

Abrió Valeria, 28 años, madre soltera, el pelo oscuro recogido a lo malo y una remera vieja que le marcaba las tetas. Detrás se escuchaba la tele de los niños.

— Buenas…., señora. Vine por el alquiler.

Valeria se pasó la lengua por los labios, nerviosa, y lo hizo pasar, cerró la puerta con cuidado para que los chicos no escucharan desde la sala.

— Mire… no tengo el dinero. Este mes se me complicó con el colegio y el trabajo, no me alcanza, no llego.

Ernesto suspiró, abrió la carpeta y le mostró el papel.

— Son dos meses ya. Si no paga, voy a tener que iniciar el desalojo.

Valeria se quedó callada un segundo. Después levantó la vista, lo miró fijo y habló suavemente:

—¿Y si le pago de otra manera?

Él arqueó una ceja. Ella no esperó respuesta. Se acercó, le quitó la carpeta de las manos y se la dejó sobre la mesa.

Después se arrodilló frente a él, le bajó el cierre del pantalón y sacó su pija, estaba gruesa, pesada, ya medio dura solo de oírla.

—Así… susurró, y se la metió en la boca.

Chupando la pija despacio al principio, saboreándola, la lengua girando alrededor de la cabeza, después más hondo, hasta que le llegó a la garganta.

Ernesto soltó un gruñido y le agarró el pelo. Valeria no se detuvo, babeaba, hacía ruido, se la sacaba solo para lamerle los huevos y volver a tragarla entera.

Cuando ya estaba completamente dura, ella se levantó, se sacó la remera y el short de un tirón. No llevaba sostén ni bombacha. Las tetas pesadas, los pezones duros, la concha ya brillante.

— Al dormitorio, le dijo.

— Los chicos no van a entrar.

Lo llevó de la mano, cerró con llave. Ernesto la empujó contra la cama y le comió la concha con hambre: lengua plana sobre el clítoris, dos dedos metidos, chupando hasta que Valeria se corrió apretándole la cabeza y mojándole la barbilla.

Después se la puso en cuatro, le dio una nalgada fuerte y se la clavó en la concha de una sola embestida.

Valeria gritó contra la almohada. Él empezó a cogerla duro, las manos en las caderas, mirando cómo el culo rebotaba.

—Así se pagan las deudas, ¿no?, le gruñó.

—Sí… más fuerte… cógeme como quieras.

La nalgueó otra vez, después la giró, la puso de espalda, le abrió las piernas y se la metió profundo, le chupaba las tetas mientras le embestía la concha. Valeria lo rodeaba con las piernas y pedía más.

Cuando ya estaba empapada y temblando, Ernesto se la sacó, la volteó, le abrió las nalgas y le apoyó la punta en el culo.

Ella asintió, el empujó despacio. Valeria apretó los dientes y después soltó un gemido largo cuando la cabeza le entró.

Él le fue metiendo todo el tronco hasta que las caderas quedaron pegadas a sus nalgas. Empezó a moverse, primero lento, después más rápido, cogiendola por el culo mientras le manoseaba el clítoris con los dedos.

— Qué buena puta… el dueño te está reventando el culo y todavía pedís más.

Valeria solo podía gemir y empujar hacia atrás. Ernesto aceleró, nalgueándola, hasta que sintió que se venía.

Se la sacó del culo, la puso de rodillas en el piso y eyaculo en su cara y en la boca abierta. Chorros gruesos le cubrieron los labios, la lengua y las tetas.

Ella se los lamió todos, se los pasó por los pezones y se los metió en la boca, mirándolo.

Se quedaron un rato en silencio, solo la respiración agitada. Valeria se limpió con una remera vieja y se volvió a poner la ropa, Ernesto se subió el pantalón y recogió la carpeta.

Antes de salir del cuarto, ella lo miró, todavía con restos de semen en el mentón.

—¿Y ahora… cuánto le debo por el alquiler?

Ernesto sonrió, cansado, y le dio una última palmada en el culo a través del short.

—Este mes… se lo doy por pagado, señora. Pero el mes que viene vuelvo a cobrar. Y espero que otra vez no tenga dinero.

Al día siguiente Valeria no tenía ni para el pan. Los chicos ya habían preguntado dos veces por la leche.

Se puso el mismo short de siempre, una remera vieja y se fue a la tienda de la esquina.

Don Héctor, el dueño, tenía 50 y pico, barriga, bigote gris y una mirada que siempre se le iba al escote. Cuando la vio entrar, ya sabía lo que venía.

— Necesito pan y dos litros de leche, dijo ella.

— Cobro el viernes. Te lo pago con intereses.

Héctor se cruzó de brazos detrás del mostrador.

— La última vez también me dijiste lo mismo y todavía me debés. Hoy ya no fio.

Valeria miró hacia la puerta, se aseguró de que no hubiera nadie y se inclinó sobre el mostrador, dejándole ver el pecho.

— ¿Y si me cobrás los intereses ahora?, le dijo insinuandose

— Ahora mismo. Antes de que llegue alguien.

Héctor se quedó callado dos segundos. Después miró hacia la calle, cerró el local con el cartel de “vuelvo en 15 minutos” y la agarró del brazo.

—Al depósito.

La empujó entre las bolsas de harina y las cajas de aceite. El olor a polvo y a cartón llenaba el aire. Valeria ni esperó: se bajó el short y la bombacha de un tirón, se subió a una pila de bolsas de 50 kilos y se abrió de piernas.

— Métemela.

Héctor se bajó el pantalón, la pija le salió gruesa, ya dura. Se la metió en la concha de una sola embestida.

Valeria soltó un gemido ahogado y se agarró a las bolsas, el empezó a cogerla fuerte, las manos en sus muslos, el sonido húmedo llenando el depósito.

—Así se pagan las deudas, putita, gruñó, sudando sobre ella.

La giró, la puso en cuatro sobre las bolsas y se la clavó más profundo. Le nalgueó el culo hasta dejarlo rojo. Valeria empujaba hacia atrás, pidiendo más, la cara aplastada contra la tela de las bolsas.

Después él se la sacó, le abrió las nalgas y le escupió en el culo, Valeria apretó los dientes cuando la cabeza le entró y Héctor fue metiendo toda su pija y empezó a cogerla por el culo, duro, sin piedad, mientras le manoseaba el clítoris con los dedos.

—Tomá los intereses… tomá…Jadeaba ella.

Cuando ya no aguantó más se la sacó, la puso de rodillas entre las bolsas y terminó en su cara y en la boca. El semen llenándole los labios, le cayeron sobre las tetas. Valeria se lo tragó, se limpió con el dorso de la mano y se volvió a subir el short.

Héctor se acomodó el pantalón, todavía jadeando, y fue al mostrador. Le puso dos kilos de pan y dos litros de leche en una bolsa.

— Esta semana… te lo doy por pagado, le dijo, sin mirarla.

— Pero la próxima no vuelvas sin plata.

Valeria agarró la bolsa, se pasó la lengua por los labios (todavía sabía a él) y salió del local. Mientras caminaba de vuelta a casa, con el pan bajo el brazo y el culo ardiendo, pensó que al final ese día iba a poder alimentar a los hijos … aunque el precio lo estuviera pagando de rodillas.

Lucas de 25 años, vivía en el departamento de al lado con su madre. Alto, moreno y una sonrisa que a Valeria se le clavaba entre las piernas cada vez que lo veía.

Desde hacía meses le “prestaba” dinero cuando a ella no le alcanzaba. Nunca le pedía que se lo devolviera… pero los dos sabían cómo se pagaba.

Esa tarde los chicos estaban en lo de la abuela. Lucas tocó la puerta con una botella de vino barato y una sonrisa.

— Vine a ver si necesitabas algo.

Valeria lo hizo pasar, cerró con llave. Ni bien la puerta se cerró, ella ya le estaba bajando el pantalón. La pija de Lucas saltó gruesa, pesada, ya dura. A Valeria se le hizo agua la boca.

— La tenés grande como me gusta… le dijo, y se arrodilló.

Se la metió entera, la chupó con ganas, saliva corriendo por los huevos, la garganta abierta. Lucas le agarró el pelo y la guió, empujando despacio.

Cuando ya no aguantó más la levantó, la llevó a la cama y le comió la concha, lamiendo y chupándole el clitoris, hasta que ella se corrió apretándole la cara.

Después lo montó, le agarró la pija, la guió a su concha y se la metió hasta el fondo y empezó a cabalgarlo, las tetas rebotando, las uñas en su pecho. Lucas la agarraba del culo y la embestía desde abajo.

—Más fuerte… jadeaba ella, cabalgando con intensidad.

Cuando ya estaba empapada, él la puso en cuatro, le abrió las nalgas, le escupió y se la metió la pija en el culo de un empujón lento pero firme.

Valeria gritó contra la almohada, el ardor la hizo temblar, pero empujó hacia atrás igual. Lucas la cogió duro por el culo, nalgueándola, sus tetas sacudiendose, hasta que sintió que estaba por acabar.

Se la sacó, la giró y eyaculo en su boca abierta. Valeria se lo tragó todo, se lamió los labios y se limpió el resto que le había caído en las tetas.

Se quedaron un rato en silencio, sudados. Lucas le pasó los dedos por el pelo y habló, todavía jadeando:

—Valeria… tenés que dejar de pagar las deudas con el culo.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Qué?

— En serio. El del alquiler, el de la tienda… todos te están usando y vos te estás regalando.

Si igual les vas a dar lo que quieren, cobrales, poneles precio y cobrales caro.

Valeria se quedó callada. La idea le dio vueltas en la cabeza mientras el semen todavía le sabía en la boca y el culo le ardía.

—¿Y si lo hago?, preguntó bajito.

Lucas sonrió, le dio una palmada en el culo y se levantó a buscar el pantalón.

— Entonces vas a tener plata de sobra y la próxima vez que yo venga… también te pago. Como corresponde.

Valeria se quedó tirada en la cama, mirando el techo. Por primera vez en meses sonrió de verdad. Ya no iba a pagar con sexo. A partir de ahora… iba a cobrar.

La idea de Lucas le gustó demasiado. Esa misma noche se creó un perfil en una red discreta.

Foto en lencería del cuerpo, sin mostrar el rostro, descripción corta y precio claro.

No tardó ni dos días en llegar el primer mensaje, de un hombre que la citó en un motel de la avenida.

Él tenía unos 40 años, nervioso, con un fajo de billetes ya contado.

Valeria cerró la puerta, se arrodilló y le bajó el pantalón sin perder tiempo.

Le agarró la pija y se la mamó con ganas, saliva por todos lados, lamiendo de la base a la cabeza, mirándolo a los ojos mientras se la tragaba casi entera.

Después él la tiró en la cama y la penetró de una embestida, la cogió duro, la pija entrando y saliendo de su concha, las piernas abiertas, las tetas rebotando.

Luego ella se lo montó, le agarró la pija y se lo metió en la concha, descendiendo lentamente, lo cabalgó con intensidad, gimiendo fuerte, el aferrado a sus tetas, jadeando, el colchón crujía.

Al final la puso en cuatro y se la clavó profundo, golpeando sin piedad, mirándo el otro agujerito.

—¿Entregás el culo?, le preguntó él, jadeando.

Valeria lo miró por encima del hombro, con una media sonrisa.

— Eso tiene un costo adicional, le respondío.

—No importa. Lo pago.

Y se la sacó de la concha y le metió la pija por el culo. Valeria gritó, se mordió el labio y empujó hacia atrás.

La cogió fuerte, nalgueándola, sus testículos golpeándole la concha, disfrutando la vista, hasta que se vino sobre sus nalgas, chorros calientes que le bajaron por la raja.

Después él se limpió, le dejó el fajo completo… y una propina extra.

— Ese culo vale cada centavo.

Valeria contó el dinero en el baño del motel y sonrió. Por primera vez en años tenía plata de verdad.

En menos de tres meses se mudó a un departamento más grande y luminoso, en un barrio mejor. Los chicos empezaron a ir a un colegio privado, ya no recibía a nadie en su casa, ella era quien visitaba. Motel, departamento de soltero o el que fuera. Cobró caro y cobró siempre por adelantado.

Un día volvió al edificio viejo solo para saldar la cuenta. Ernesto, el dueño, abrió la puerta sorprendido. Valeria le dejó el sobre con todo el dinero que debía… y un poco más.

—¿Y ahora?, preguntó él, mirándola de arriba abajo.

Valeria sonrió, se ajustó el bolso y le contestó sin bajar la voz:

— Ahora, si querés tenerme… solo tenés que pagar.

Lo mismo le dijo a Don Héctor en la tienda. Los dos se convirtieron en sus clientes más fieles, reservaban turno con anticipación, pagaban sin chistar y nunca pedían descuento.

Valeria ya no debía nada a nadie y cada vez que se miraba en el espejo del baño del motel, con el semen todavía fresco y el sobre de billetes en la cartera, pensaba lo mismo:

Por fin había encontrado la manera de progresar.

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