julio 8, 2020

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La Muerte bajo mi falda (Primera Parte)

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No recuerdo que edad tenía entonces solo retengo mi propia imagen amamantando a mis muñecas con mamas de verdad verdad. Mi fantasía infantil era tan prolífera que me dolían cuando no había jugado a las horas que les tocaba la lactancia. Crecí en una casa muy grande con varios patios y muchos cuartos donde vivía un clan de gitanos que no habían perdido del todo el salero propio de la España moruna.

Mi padre se había marchado a su tierra para cobrar una deuda pendiente, pero antes de cobrar lo retuvo la mili, que de niña creí que era una mujer, pero después me enteré de que así llamaban al servicio militar español y que allá es obligatorio. Entre tanto, mi madre dejó entrar a la cama a mi tío Pepe y también a mi hermana mayor.

Yo dormía en una pieza aparte con mi abuela de quien aprendí a leer las cartas y las líneas de la mano. A leer aprendí con mi hermano Manolo que me leía los cuentos de calleja e inventaba unos jueguitos interesantes. Manolo murió joven a causa de una cogía que recibió en una tarde de fiesta brava.

 

Recuerdo que una noche cuando mi abuela dormía profunda y manolo andaba de putas, como ella decía cuando no amanecía en el cuartucho que compartíamos los tres. Salí a la terraza a mirar las estrellas y cuando bajaba por la escalera de caracol, los vi a los tres desnudos sobre la cama. Mi madre le succionaba la polla como si fuera una helado de barquilla, mientras mi tío lamía la almeja de mi hermana. Yo me quedé impresionada por aquella visión que me dejó turbada por mucho tiempo, sobre todo porque después cambiaron las posiciones y los roles.

Esa noche mi mamá se cansó primero, y se hizo a un lado a descansar. Mi hermana abrió las piernas mientras el tío Pepe disfrutaba besando las plantas de ambos pies, uno por uno, dedo por dedo, luego la empuñaba por los tobillos como si fuera una carretilla de mano arrodillado frente a ella. Mi madre se ponía la mano entre las piernas mientras observaba como el tío Pepe, con ambos tobillos en sus orejas comenzaba a flexionar el cuerpo mientras besaba ambas pantorrillas por dentro girando hacia un lado y hacia el otro hasta llegar a las rodillas. Allí enganchó las piernas de mi hermana en ambos lados. Con las piernas más abiertas, continuó la operación. Lamía sus muslos por dentro, uno a uno, lentamente. Hasta el patio llegaban los gemidos de mi hermana, que pedía a gritos que se la terminara de comer. Mientras más se aproximaba la lengua de mi tío Pepe ha su almejita de mi hermana más desesperada gemía.

Cuando mi tío estaba de lo más emocionado metiendo su lengua en la vagina de su sobrina, mi madre le besaba el culo, no con menos entrega y protocolo. Justo cuando la película estaba en su momento culminante sentí un templón horrible en la oreja. Era la mano de mi abuela que se había despertado a orinar y no me encontró dormida en la cama. Ella sabía todo lo que siempre sucedía en ese cuarto pero se hacía la vista gorda.

Mi hermano Manolo tenía otra pasión que también pudo haberlo matado, no podía ver una escoba con falda porque ya se las ingeniaba para meterle la lengua entre las piernas. En eso puedo dar fe, no solo como testigo presencial sino también en carne propia porque fue de mi hermano Manuel, con su cara de yo no fui, fue quien me dio mi primera mamada.

Durante mis años mozos en esa comandilla gitana de la ciudad, mi vida estuvo estigmatizada por un reflejo trágico. La muerte solía salpicarme cerca sin yo darme cuenta de cómo ni del porqué. Siempre parecí mucho mayor de la edad que en realidad tenía. Como ya os he contado, amamantaba mis muñecas con dos pomelos suaves y carnosos que eran de verdad verdad. Poco antes de venirme la primera regla, mi tío Pepe, se calentaba la polla haciéndome caballito sobre sus piernas. La noche de la escalera de caracol, entendí porque mi abuela le arrebataba a la niña, el muy granuja me estaba cultivando para su harén. Mi abuela trataba, de alguna manera ponerle frenos a su hijo.

Mi hermano manolo tenía un futuro estupendo como bailaor, pero también sentía una atracción fatal por los toros. Fue él quien me enseñó a mover las caderas, a agilizar mis dedos y a adornar con mis manos y mis brazos el encanto de las guitarras flamencas al son de la bulería. Él hacía sonar las palmas marcando el tiempo con las castañuelas. Además era muy teatral, le encantaba vestirse de gitana con el pretexto de enseñarme a bailar y también a mover el abanico con cortesana coquetería. De hecho, tenía un número en la zarzuela donde hacía suplencias a alguna bailaora. Si el público notaba el notaba el cambio, no hacía comentarios, porque la verdad que Manolo, por su misma contextura física y estatura, pasaba por una hembra, pero además de eso, bonita y atractiva.

Mi tío Pepe, que en cierta forma se había convertido en mi padrastro y en mi cuñado, se comportaba como un alma en pena. Tenía un carácter detestable. Trataba muy mal a mi madre y ella en lugar de mandarlo de paseo le adulaba y complacía. Vivíamos al son de las bulerías en esa inmensa casa de pensión estaba habitada por fantasmas de gitanos, con un viejo patio con corredor andaluz donde al compás de un martillo y una cascada de palmas, acompañando el lamento desgarrador de las canciones, todos alrededor de los bailaores y bailaoras que ensayaban sus números en los patios de la casa. Esa magia me envolvió en los primeros días de mi infancia, los recuerdos y vivencias que siempre me acompañan por donde quiera que vaya.

Su pelo era riso, pero se le chorreaba con el sudor de la danza. Una nariz larga y afilada en una cara huesuda con los ojos clavados en unas órbitas oscuras. Su barba poblada, siempre afilada, siempre afeitada siempre oscura antes del atardecer y sus manos de gorrión terminaban de adornar el toque mítico de su personalidad. Afuera luz y alegría, adentro dolor y amargura. Estaba signado por una maldición gitana.

Siempre sospeché que había algo anormal en la forma como se relacionaban entre ellos. Pero solo fue hasta que me hice mayor cuando vine a entender lo que pasaba. La última vez que compartí mi intimidad con Manolo fue aquella mañana de domingo cuando me hizo sentir mi primer espasmo de placer. Jugábamos como a menudo mi juego favorito:

– Por aquí no se compra carne, por aquí tampoco, por aquí tampoco, por aquí siiii – Ese por aquí sí era mi totonita. Solíamos jugar cuando mi abuela estaba en la cocina. Pero esa mañana no me había puesto las pantaleticas, y me la sintió en una de esas cuando encontró donde se compraba carne. Sorprendido me dijo al oído

– ¿No me digas que ya te están creciendo pelitos? – Orgullosa le dije que me estaba haciendo mujer. Aquello fue lo más delicioso que he sentido en la vida. Sobre la mesa donde abuela había preconizado la muerte de la sota de espadas, allí mismo abrió mis piernitas para darme el primer beso de mi vida. El primer beso entre las piernas. La mamada estaba en su segundo episodio cuando mi abuela nos sorprendió. Aquello fue un grito largo.

– Mardita sea la oveja, de donde se ha sacau la lana, de la cual hicieron la sotana, del cura que te bautizó – Más temprano que tarde la maldición fue materializada sin clemencia. Esa misma tarde, en la plaza de toros. El cuerno le entró en medio de las piernas y Manolo murió desnucado al regresar a la arena. Cuando la abuela vio la hilera de hormigas rojas desfilando hacia la cocina y se detuvieron ante su presencia mi abuela replicó.

– Me cago en la ostia, la sota de espadas era Manolo – Abuela sabía que si no me agarraba el chingo, me tocaría el sin nariz. Así que comenzó hacer los trámites para enviarme donde su prima Celina. Ella era la madre superiora de un convento de monjas, la única manera de salvarme de las garras del tío Pepe. Porque si fuera por la alcahueta de mi madre, ya me habría puesto a la disposición del aberrado de mi tío.

Ya tenía el cupo en el convento, las maletas hechas cuando le dio un ataque cardíaco, y estuvo hospitalizada por varios días. Esa circunstancia que casi acaba con su vida no fue obstáculo para que el domingo no hubiera fiesta como todos los domingos.

Después de un largo día de baile, cantos y palmadas, me fui a dormir temprano. Ya me había quedado dormida cuando Pepe se metió desnudo bajo mis sábanas. Afuera estaba encendida todavía la fiesta, se podían sentir las palmas y el continuo vaivén de los acordes de las guitarras, y temblar de las tablas bajo el polvoriento taconeo, todos en una misma procesión.

Me había quedado profundamente dormida, como hipnotizada por el péndulo de los compases. Soñaba que bailaba desnuda y que mi tío Pepe me acariciaba. Sentía sus manos acariciándome marcando los compases con breves palmaditas en mis nalgas. Me acariciaba el entre piernas y las nalgas al punto que me orinaba las bragas. En la medida que mi sueño era más profundo, mas real se hacía mi fantasía. Sentí a Pepe tan hinchado entre mis piernas que se contraían para no dejarlo escapar. Mi vientre rugía como un volcán la lava comenzaba a brotar y a derramarse entre mis piernas.

Pepe echó a un lado las sábanas y se quedó unos instantes admirando mi cuerpo desnudo, virginal y sediento por todo el fuego que me calentaba desde lo más profundo de mis entrañas. Luego comenzó a hacerme masajes en mis pies lastimados por las zapatillas de baile, uno a uno los fue besando, lamiendo, acariciando. Fue separando mis tobillos hasta que se arrodilló entre mis piernas abiertas acariciando mis mulos y luego mis glúteos. Sus dedos pulgares se deslizaban lentamente hacia el centro de su atención, marcando con sus dedos sobre mi pubis un espacio marcado por donde pasaría su lengua que como una serpiente se fue deslizando hasta la ebriedad de mis labios que deseaban algo mas grande y tieso que se estaba chorreando de angustia por clavarse dentro de mí.

Por fin se acercaba el momento de la verdad. El mataor me tomó con sus manotas por las nalgas me colocó la punta de su daga en la ranura donde la recibían mis labios hambrientos. Sonó en mis oídos un grito desgarrador y la sangre caliente se escurría con mi tío Pepe moribundo entre mis piernas.

– Y no te mato, hijo de puta, porque eres mi sangre – Entre las sombras estaba papá limpiando su puñal con el pañuelo y yo muerta de miedo me quedé para siempre con las ganas de tener adentro aquella hermosa pinga de mi tío Pepe. Mi tío se repuso de la herida, pero quedó cojo y sin sexo hasta la sepultura porque era muy orgulloso y muy grotesco como para dejar que algún marico lo tomara por el culo, que era la única alternativa que le quedaba.

Este oscuro altercado quedó sepultado bajo la estricta discreción de la familia. Por mi parte no pude superar el trauma de mi primera noche de toros. Mi cuerpo quedó sellado e insensible ante todo lo que fuera hombre. Fue entonces cuando llegó la hora de enviarme donde las monjas de la hermana Celina, Allí pasé los momentos más terribles de mi existencia pero también hallé el primer amor de mi vida. Pero eso es un capítulo aparte.

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2 respuestas

  1. nindery

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