Por
ALINA, la divina secretaria
ALINA, LA DIVINA SECRETARIA
En una oportunidad, estuve trabajando en una empresa en los alrededores de la ciudad. Me tomaba 45 minutos llegar a la oficina y otros tantos para regresar a casa. Sucedió que mi secretaria fijó fecha para su matrimonio y, en consecuencia, se tuvo que poner un aviso para su reemplazo. Llegó el día de la evaluación de las interesadas y resultó que solamente se presentaron tres candidatas. Dos de ellas eran mujeres mayores y la otra era una joven de 20 años. Esa fue la elegida, por cuanto las mayores encontraron mucha dificultad para movilizarse y el lugar muy lejos para estar atentas de sus hijos. En cambio, la elegida era soltera y no tuvo ningún inconveniente por la localización de la oficina.
Alina, que así se llamaba, era muy diestra en taquigrafía y mecanografía, además que tenía conocimiento del inglés y del “shorthand”, por su ascendencia irlandesa. Era una chica delgada, alta, de pelo lacio castaño claro. Curvas poco pronunciadas, pero con una sonrisa fresca y jovial. El día lunes llegó a integrase a la oficina y luego de las presentaciones del caso, recibió su escritorio y equipo relacionado, en una pequeña oficina vecina a la mía. Luego, iniciamos el trabajo convencional.
Luego de unas semanas, siempre con la sonrisa agradable en sus labios poco carnosos, ya había trabado amistad con algunas de sus colegas. En el trabajo, era muy eficiente y personalmente, se presentaba siempre impecable y discreta en el vestir. En una oportunidad olvidó o no tuvo tiempo de traer su refrigerio, por lo que me dio la oportunidad de invitarla a almorzar en un restaurantito al que asistían los que teníamos carro. El mío era un Volkswagen de modelo standard. Fueron varias las veces, desde aquel día, que hicimos el viaje de ida y vuelta en mi escarabajo. Con la frecuencia del trato, poco a poco fue llamando mi atención y mis deseos, que a mis 30 años eran bastantes.
Un día, al retornar del almuerzo ambos, no pude resistir el hacerme el gracioso y le agarré la rodilla, disculpa le dije: me confundí con la palanca de cambios. No se preocupe ingeniero, siga nomás. No me digas eso Alina, le respondí, porque si no te la vuelvo a agarrar. No hay problema, porque solo es la rodilla. Nos reímos y aproveché para decirle, que entre nosotros podíamos tutearnos. Al llegar, nuevamente puse mi mano en su rodilla, diciéndole: Que lindas las tienes. Ella se sonrió, bajando del carro, mientras yo cándidamente me ruboricé. En una próxima vez, cuando retornábamos del almuerzo, al momento de parquear Alina me soltó: ¿Qué pasó Andrés, preferiste la palanca de cambios a mi rodilla? No me quedó otra cosa que sonreírme cándidamente.
Las idas conjuntas a almorzar se hicieron más frecuentes y yo obediente, luego de poner cuarta velocidad, inmediatamente ponía mi mano sobre la rodilla izquierda de Alina. Así avanzábamos y, de igual forma, mi mano iba subiendo pulgada a pulgada en su blanco muslo. Poco a poco, mi mano derecha iba explorando esos territorios que, sin ser ampulosos, los sentía muy atractivos. Alina por su parte, se fue acomodando para facilitar mis exploraciones e inclusive venía a la oficina con faldas que las permitían. Juntaba sus muslos cuando notaba que mi mano iba a llegar a sus ingles y las abría un poco, cuando yo bajaba mi mano. En oportunidades, se divertía ajustándome la mano entre sus dos bajos muslos. Como era obvio, mis pantalones se henchían por la presión de mi pene enervado. Algunas veces, observé que ella me miraba ese paquete que se me formaba cada vez que acariciaba sus muslos, pero no se atrevió a tocarme ni tampoco se lo pedí. De las conversaciones sostenidas, me percaté que solo había tenido enamoraditos en la época colegial pero que ya mayor, no había sostenido ninguna relación seria y menos íntima. Ello me aconsejó ser muy prudente y delicado con ella.
Llegó el momento para salir juntos, así que la invité para ir a alguna discoteca de moda para bailar y tomar algo ligero. Esa noche, Alina se vistió con una blusa color esmeralda y una falda negra holgada, con las que se veía muy atractiva. Nos ubicamos en una mesa no muy cerca de la pista de baile y pedimos un gin con gin y un whisky en las rocas, respectivamente. Estaban de moda muchas canciones, especialmente románticas, pero también movidas. Así es que nos lanzamos a disfrutar, teniendo en consideración que la esperaban en su casa alrededor de la media noche. Teníamos unas cuatro horas para nosotros. Luego de entrar en calor con las guarachas y similares, así como, consumir otra ronda de tragos, empezamos a bailar la música lenta moderna y los boleros del momento. En vista que empezamos a bailar bien enlazados y carrillo con carrillo, sentí que se me presentaba una erección fenomenal de pene. Claro que Alina, también la sintió y en lugar de hacer algún aspaviento, prefirió acomodarse más pegada a mí. Al acabar la pieza, la retuve hasta escuchar el inicio de la segunda. Ya con el entendimiento mutuo, esta vez casi no nos movimos del sitio, pero nuestras caderas y pubis se enfrentaban, se presionaban y se acomodaban lo mejor que podían, mientras que nuestros labios hacían lo propio y mi lengua hurgaba en el interior de su boca. Afortunadamente, la poca iluminación del local nos favorecía.
Estando nuestra mesa alejada de la pista de baile, la iluminación allí era menor. Pedí permiso para ir a los SS.HH., lo que me permitió aguantar la eyaculación proyectada. También, creí oportuno calzarme un condón para evitar humedecimientos inesperados. Al retornar, Alina había pedido agua mineral para ella y otro trago para mí. Luego de decirle que estaba pasando un lindo tiempo con ella y que lo había deseado desde hace muchas semanas, me acerqué a una de sus mejillas y empecé a darle ligeros besitos, fui girando mi boca hasta llegar a su oreja, la cual recibió gemidos suaves y cariños de mi lengua, que la hizo apretarme los brazos. De allí, bajé para besarle con fruición su espigado y albo cuello. Ella murmurando unas cariñosas palabras, trató de abrazarse a mi lo cual correspondí con ternura acariciándole la cabeza. Me puse un poco sobre ella, lo que me permitió desabrocharle dos botones de su blusa e introducir mi mano, para acariciar sus aún pequeños senos, encontrándome con sus pezones erectos, los cuales los rodeé y apreté delicadamente. Ya nuevamente, mi falo estaba en posición de firmes. Al momento que jugaba con el duro pezón, sentí que la mano de Alina se posaba en la cúspide de mi falo, por encima del pantalón. No me quedó otra cosa que ponerme más de costado hacia ella para cubrir, con mi cuerpo, las vistas indiscretas de lo que pensé que iba a suceder. Ella mientras mantenía su mano sobre mi paquete, se dio cuenta que yo estaba tratando de bajar el cierre de mi bragueta y liberar esa verga henchida y enfundada en el condón. Luego de tratar de ayudarme, Alina, cuando sintió que ya estaba afuera mi verga, discretamente empezó a acariciármela, me la agarraba con toda su mano y la apretaba arrítmica pero suavemente, indicando su poca experiencia. Con la excitación que yo tenía, creo que en no más de un par de minutos, sentí que me salía una mar de esperma, que me hizo entrar en una relajación física muy agradable. Guardé mi herramienta y recomponiéndome, tuve que ir nuevamente a los baños, para arreglarme. A mi regreso, Alina estaba muy tranquila, pero apenas me senté, me abrazo, me beso y me dijo que estaba feliz por hacerme feliz. No podía dejarla así. Mi reloj marcaba las 9:45 de la noche así que le propuse irnos a un lugar más tranquilo, aprovechando que aún la noche era joven. Aceptó, pagué la cuenta y abrazados, nos retiramos del local.
Enrumbé mi VW hacia un motel situado en un lugar residencial, para tranquilidad de Alina. Ya en la habitación, luego de besarnos ardientemente, nos liberamos de la ropa quedándose ella con el sostén y el bikini puestos. Apagué las luces, prendí el televisor y lo puse en un canal vacío, logrando una iluminación muy baja pero suficiente para vernos reflejados en los espejos. Al echarnos en la mullida cama, mirándome a los ojos, Alina me dijo que era virgen. Le dije que me lo suponía y que tuviera confianza en mí que no la penetraría. Lo haré cuando tú lo desees y le di un beso profundo. Así empezamos una sesión amatoria que ocupa mis recuerdos con placer. Desprovista de sus prendas íntimas, comenzamos a besarnos con fruición en cada centímetro cuadrado de nuestros cuerpos. Acudí a besar y succionar ese par de pezones, que erectos parecían llamarme. Con mi lengua empecé a recorrer, muy lentamente, desde el pabellón de la oreja hasta el ombligo. Cuando me tocaba la otra parte de su cuerpo, pasaba sobre ella arrastrando mi morcillón, pero casi endurecido, falo muy cerca de su pubis. No quería ser muy rápido y más bien, darle mucha confianza a Alina. Esa actitud mía, que no osaba tocar su sexo, sin embargo, logró un incremento de su sensualidad, que se notaba en sus ahora turgentes pechos coronados con unos pezones erectos, en la “carne de gallina” en brazos y piernas y, sobre todo, en los inesperados giros de su cabeza a derecha e izquierda, con los ojos cerrados y sus manos estrujando la almohada y las sábanas, fuera de los gemidos de placer que emitía a ratos.
Cuando consideré oportuno, deslicé su cuerpo hasta el borde de la cama y le acomodé la almohada debajo de sus caderas, levantándoselas. Me arrodillé en el suelo alfombrado y acercándome a ella, puse sus piernas sobre mis hombros. Ella se dejaba hacer. Así, empecé a besarle los muslos desde las rodillas hasta las ingles, tanto por fuera como por las entrepiernas. Ella continuó con sus movimientos de cabeza, pero con mayor continuidad. Al acercarme a su vulva pude ver que estaba coronada con una rala vellosidad clara, que se iniciaba en su pubis. Alargué mi lengua y empecé a realizar, el que creo fue el mejor cunnilingus que había hecho hasta entonces. Pude pasear mi lengua a lo largo y ancho de esa vulva virginal, estacionándome en la protuberancia llamada clítoris. Estaba turgente y por su pequeñez, se movía yéndose a un lado y a otro, por lo que opté fijarlo entre mis labios y aplicarle una suave succión. Sus jugos eran tibios y fluidos. Cuando noté que aún faltaba para que Alina llegue al orgasmo, me paré y con mi verga en la mano empecé a hacer un recorrido, entre sus labios externos agradablemente turgentes, desde la parte baja de la vulva hasta el clítoris, jugando con mi glande sobre éste. Obviamente, que después de ello Alina estaba llegando a su clímax, así como yo, lo que casi no me dio tiempo de poner mi verga sobre su pubis y echarme sobre su cuerpo, notoriamente convulso e inflamado por la pasión. Así, eyaculé copiosamente sobre ella secundándola en su hermoso orgasmo, cumpliendo mi palabra de no penetrarla.
Luego de unos tiernos minutos, nos levantamos para ir a asearnos. Entibié el agua de la ducha teléfono, para lavarnos sin mojar su peinado. Ella se ofreció a enjabonarme y lo hizo muy bien. Me recorrió desde los hombros hasta los tobillos, entreteniéndose más en mi falo y testículos, espalda y nalgas. Yo la enjaboné de la misma manera y alternadamente, nos enjuagamos muy bien con la ducha teléfono. Al momento de secarnos, con su ayuda también, mi herramienta mostró que aún quería pelea, pero me abstuve porque el tiempo ya no lo permitía.
Llegamos a su casa un poco pasada la medianoche, nos despedimos discretamente ajustándonos las manos y diciéndonos: Hasta mañana. Lo que pasamos después de ese día, será motivo de otro capítulo.
Una respuesta
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