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noviembre 1, 2026

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A los Pies de Doña Rosita. Capítulo 1

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A los Pies de Doña Rosita

Descripción

Herman Herrera es un empresario adinerado con un fuerte fetiche por los pies femeninos. Su vida cambiará cuando contrata a doña Rosita, una humilde trabajadora doméstica, para que se convierta en su ama y dueña.

La gran fantasía de Herman era que esta mujer madura de clase trabajadora se convirtiera en su ama y señora, y que él la sirviera a ella como su mascota y su perro.

Este relato contiene temas de femdom (dominación femenina), fetichismo de pies, dominación financiera y pet play (juego de mascotas).

Sinopsis

Herman Herrera es un empresario rico que vive en la ciudad de Monterrey, a sus 35 años ya es dueño de varias compañías y tiene su propia mansión en una bien acomodada colonia de la ciudad, sin embargo, siente un gran vacío en su corazón: no tiene esposa, ni hijos, ni padres, ni hermanos; cuando no está trabajando pasa la mayor parte del tiempo en su grande y lujosa, pero muy solitaria casa.

Además de ese vacío, tiene un pequeño gran secreto que lo recome por dentro: Herman tiene un fuerte fetiche por los pies y por la dominación femenina, su mayor fantasía es convertirse en la mascota, en un perro-humano, de una mujer: seguirla a cuatro patas, obedecer todas sus órdenes, ladrar y mover su cola imaginaria cada que se lo ordenen y sobre todo besar y lamer los pies de su ama cada que ella se lo permita. En resumen, humillarse y degradarse en todos los aspectos en favor de una mujer.

Fue un día cualquiera, al estar en la calle y ver pegado a un poste el anuncio de una señora que ofrecía sus servicios como trabajadora doméstica, cuando a Herman se le ocurrió una forma de cumplir sus fantasías más profundas: reunirse con la mujer y ofrecerle una muy buena cantidad de dinero para que ella se convirtiera en su ama.

La sola idea de que una mujer común y corriente, seguramente de piel morena y de clase baja, se convirtiera a su ama, en su diosa y dueña, le parecía tan emocionante y excitante.

Capítulo 1: La reunión

Cuando Herman Herrera vio el anuncio por primera vez supo que su vida estaba a punto de cambiar. Una vaga, pero muy intensa idea se apoderó de su cabeza en un momento y todas las fantasías que había acumulado en su cabeza por tantos años se volvieron realidad por un instante, al menos dentro de su imaginación.

El anuncio no era más que un simple papel pegado a un poste, en el que una señora ofrecía sus servicios como trabajadora del hogar: barrer, trapear, lavar trastes, etc. Algo muy común en la ciudad.

Pero lo que Herman quería no era tener una mucama, sino una ama. Su gran fantasía era que esa mujer de clase trabajadora se convirtiera en su ama y señora, y que él la sirviera a ella como su mascota y su perro.

Marcó al número que estaba impreso y la dulce voz de una mujer le contesto del otro lado de la línea. Herman notó en su acento que la mujer seguramente era proveniente del sur del país, seguramente migro a la ciudad en busca de mejores oportunidades.

La mujer le dijo que su nombre era Rosita, doña Rosita, y Herman le dijo que estaba interesado en contratarla para limpiar su casa (dejando de lado las verdaderas intenciones de Herman, esas ya las revelaría más tarde cuando fuera apropiado), él le dio su dirección y acordaron que ella llegaría a casa de Herman el martes a las 3:00 de la tarde para que ella viera la casa y él le daría indicaciones sobre sus labores domésticas.

— oOo —

La mansión de Herman estaba impecable, era un hombre que le gustaba la limpieza y se esmeraba en ello. Se bañó y se puso una camisa blanca de vestir, junto con sus pantalones formales y sus zapatos de cuero, quería dar una buena impresión a la señora Rosita.

Si realmente quería convencerla de participar en su fantasía lo mínimo que podía hacer era verse bien y mostrarse amable y educado, lo último que quería era que la mujer lo tachara de loco y degenerado (aunque un poco degenerado sí que era, aunque lo trataba de ocultar).

Mientras tanto doña Rosita iba sentada en el camión, el camino desde colonia humilde donde ella vivía hasta la lujosa colonia donde vivía Herman era algo largo, ella no tenía un auto, no le alcanzaba el dinero para eso, afortunadamente había justo un camión que la llevaría y la dejaría muy cerca.

Rosita iba vestida con la ropa que normalmente utilizaba para trabajar: su vestido floreado sencillo, su delantal color rosa a cuadros, sus tradicionales huaraches de cuero marrón que ha utilizado día a día durante años; en resumen, iba como cualquier señora mexicana de clase humilde.

Eran las 3:05 de la tarde cuando sonó el timbre de la mansión de Herman, su corazón se aceleró de inmediato cuando fue a abrir la puerta.

—Buenas tardes, señor Herman, soy doña Rosa, ¿puedo pasar? —dijo la señora con una sonrisa amable en la cara.

Al ver por primera vez a la señora Rosita Herman se emocionó de inmediato, y trato en lo posible de enmascarar su sentimiento. Rosita era físicamente lo que uno esperaría de una señora mexicana de clase trabajadora, parecía estar en sus cincuenta años, su piel era morena y un poco arrugada, era un poco gordita y bastante bajita, seguramente no pasaba los 160 cm de altura, su cara mostraba claramente sus rasgos indígenas muy marcados, sus ojos y su pelo eran de un negro oscuro y hermoso, y su cabello estaba bien peinado en una sola trenza.

Y luego los ojos de Herman bajaron a los pies de Rosita: la joya de la corona. Vio sus morenos pies calzados en esos viejos huaraches y su corazón se emocionó. Noto brevemente como sus pies eran algo anchos y gorditos, con uñas al natural, dedos cortos y piel morena y arrugada.

Puede que para cualquier otro hombre aquella mujer no representara ningún atractivo, sin embargo, había algo en ella que seducía a Herman, tenía muy claro su fantasía de ser dominado por una mujer como aquella: sencilla, común, de clase trabajadora. Rosita era la mujer de sus fantasías.

—Claro que sí, pase usted. Qué gusto conocerla. Déjeme mostrarle la casa. —dijo Herman mientras le daba la bienvenida.

Pasaron el recibidor de la gran y elegante mansión, y él comenzó a mostrarle los diferentes espacios: la sala con sofá y televisión, la cocina, el comedor principal, el lindo jardín con el pasto verde bien cuidado, los baños y las recámaras. Rosita estaba realmente impresionada por lo grande y elegante de la casa: pisos de mármol blanco, muebles de madera y estilo europeo, espacios bien amplios y limpios; aunque ella ya había se había dedicado a limpiar las casas de la gente rica durante años, la casa de Herman era claramente la más cara de todas.

Finalmente, Herman y Rosita se sentaron en el sofá de la sala a hablar.

—Es una casa realmente bonita, señor Herman, y se nota que la tiene muy bien limpia y cuidada.

—Oh, muchas gracias. Me alegra que le haya gustado el pequeño “tour” por la casa, jajaja.—dice Herman riéndose un poco.

Ahora con un poco más de confianza Herman cree sentirse listo para hablarle de “la cuestión”.

—Bien, señora Rosita, ahora me gustaría hablarle de cierto detalle sobre el trabajo que es importante.

Rosita entonó un poco los ojos en señal de curiosidad.

—Claro que sí, dígame, ¿de qué se trata?

—Bueno, la cuestión es que el trabajo para el que yo estoy interesado en contratarla no es exactamente de limpieza.

—¿Entonces qué clase de trabajo quiere que haga?

—¿Ha escuchado alguna vez sobre el “femdom”?, doña Rosita.

—“Fendoom”, no me suena de nada, la verdad, señor Herman— contesta algo confundida.

­—Verá, el femdom es un juego de roles en donde una mujer asume el rol de dominación, mientras que el hombre asume el rol de dominado o sumiso.

Rosita es incapaz de ocultar la confusión y extrañeza de su cara, aun así, trata de hablar con amabilidad e intenta entender lo que le quiere decir el señor.

—Ooh, okey. ¿Y entonces usted quiere que yo sea esa mujer? … ¿La que domina a un hombre? —dijo Rosita tratando de encajar las palabras correctamente.

—Así es.

—Mire, señor Herman, lo siento, pero creo que usted me confundió por alguien más. Yo soy una señora de buenas costumbres, me dedico a limpiar casas y a cocinar. No soy una prostituta, ni lo que sea que usted piense de mí— dijo con un poco de molestia e incomodidad.

—No, no, no, doña Rosita. Creo que no me exprese con suficiente claridad. Disculpé si le pareció que la ofendí, no era mi intensión— dijo Herman tratando de tranquilizar a la señora— Lo que yo busco no es sexo. En absoluto. Tampoco quiero que usted se desvista ni haga nada con lo que no esté de acuerdo en hacer. Lo que yo busco es un juego de rol, un servicio, pero manteniendo las cosas profesionales. Y puedo ofrecerle una buena paga por cada sesión que haga.

Rosita sigue un poco confundida y alterada por lo curiosa de la propuesta del señor.

—¿Pero este juego de rol del que usted habla es una cosa erótica?, ¿no es así?

—Ehhh, sí, en parte lo es. Verá, aunque le parezca muy extraño los juegos de dominación femenina son un fetiche muy común entre los hombres, incluyéndome, aunque a la mayoría le dé vergüenza admitirlo en voz alta.

—Y si es algo tan común ¿por qué mejor no contratar a otra mujer, no lo sé, tal vez alguna un poco más joven, que por lo menos sepa lo que usted me está pidiendo?

—Sé que es un poco difícil de entender, pero creo que hay algo especial en usted, señora Rosita, que me parece prometedor —dice Herman con una sonrisa carismática.

—Mire, una disculpa, pero realmente no creo ser la persona adecuada para el trabajo que está pidiendo. Creo que será mejor que me vaya ahora para no perder más tiempo.

Herman se siente algo herido por sus palabras, pero respeta completamente la decisión de la mujer.

—Lo entiendo. No hay problema. Es una pena, creí que usted podía haber hecho un buen trabajo, pero no la forzaré más —seguido se levanta del sofá y señala a Rosita el camino a la entrada de la casa para finalmente despedirla.

—Solo una última cosa —dice el hombre sacando un sobre amarillo de dentro de su bolsillo y ofreciéndoselo a la mujer —Tómelo, es únicamente por las molestias de hacerla venir hasta mi casa.

Rosita mira el sobre de reojo, siente algo de pena de aceptar una paga sin haber hecho ningún trabajo, pero en el fondo sabe que el dinero realmente le vendría bien. Finalmente, se atreve a agarrarlo.

—Gracias. No fue ninguna molestia. Espero que encuentre a la trabajadora adecuada para sus necesidades.

— oOo —

Rosita tomó el camión de vuelta a casa, cuando llegó el sol ya se estaba poniendo. Abrió la puerta y lo primero que se topó fue a Marisol, su hija adolescente, cocinando algo en la pequeña estufa de la humilde cocina.

—Hola, ma’, ya llegaste. ¿Cómo te fue buscando chamba? ¿Si te contrataron en esa casa de ricachones? —dijo mientras batía un huevo frito en un sartén.

—No, mija, no me contrataron, pero no te agüites, que voy a seguir buscando mañana, ya vas a ver —dijo Rosita, claramente ocultando toda la situación con el señor Herman —¿te estás haciendo huevito para cenar?

—Ah, sí. Llegué de la secu’ y no estabas, y pues no había nada pa’ comer en el refri’, así que me quise cocinar algo, y el huevito es lo único que me sé hacer —dijo la chica con una risita mientras apagaba el fuego y se servía la cena en un plato de plástico.

Marisol era una chica de secundaria común y corriente. Tenía la piel morena igual que su madre, y los ojos y el pelo negro azabache igual que su madre. Sin embargo, ella era más delgada, apenas unos centímetros más alta, y su actitud seguía siendo bastante infantil y risueña, propio de su edad.

—Ta’ bien, nomás recoges los trastes cuando acabes, eh. —le dijo la madre —oye, y por qué sigues con el uniforme puesto, niña, siempre te digo que te lo quites al llegar, no ves que luego lo ensucias más y yo tengo que andar tallándolo —dijo regañándola enojada, como a menudo tenía que decirle las cosas a su hija.

El uniforme de Marisol, así como el de la gran mayoría de uniformes de escuelas públicas, consistía de una camisa blanca, falta encuadrada color gris hasta las rodillas, calcetas blancas altas (casi llegando a las rodillas) y esas zapatillas negras que Marisol tanto odiaba usar, pero que la obligaban por reglamento, y que siempre le molestaban cuando quería jugar con sus compañeros en los recreos.

—Perdón, mamá, se me olvidó, pero ahorita me lo quito y lo guardo para mañana, te lo prometo.

—Sí, sí, okey. Bueno, ando cansada, y ya me quiero ir a dormir. Me voy a mi cuarto. Te dejo, pero eso sí, no te vayas a desvelar porque mañana tienes escuela temprano.

—Claro, ma’. Buenas noches —dijo la chica mientras masticaba un bocado de su cena.

Rosita salió de la pequeña cocina, pasó por el estrecho y poco iluminado pasillo que conectaba con el cuarto de su hija y el suyo propio. Así como la mayoría de las casas de la zona, su casa era de un solo piso; y los espacios: los dos cuartos, los pasillos, la cocina y la sala eran algo reducidos. Sin embargo, para Rosita y para su única hija Marisol ese pequeño espacio parecía más que suficiente.

Entró a su cuarto, y se encontró con el pequeño televisor de tubo donde a veces veía sus novelas, los viejos muebles de madera que había heredado de sus padres y que parecían sacados de otra época, el espejo que había comprado en un tianguis hace unas décadas y que necesitaba una limpieza, las imágenes de unos santos, un par de fotos familiares en las paredes, y finalmente su pequeña, pero cómoda cama, decorada con su cubre colchón rosado.

­Fue entonces cuando Rosita recordó que había metido el sobre con dinero dentro de su bolsa, lo tomó y sacó el sobre. Cuando lo abrió no pudo evitar escapar un gesto de asombro.

Vio que eran bastantes billetes, muchos más de los que se esperaba, comenzó a contarlos con ánimo y cuando acabó se dio cuenta de que eran $10,000 pesos ($500 dólares estadounidenses).

Para Rosita que se dedicaba a limpiar casas ese era un montón de dinero, mucho más del que imaginaba que Herman le iba a dar, ¡y tanto solo por ir a su casa y hablar un poco con él!

Cuidadosamente, regreso los billetes al sobre y los escondió debajo del colchón de su cama. Apago la luz y se acostó tratando de conciliar el sueño, pero por más que trataba simplemente no era capaz, no podría dejar de pensar en todas las cosas en las que podría utilizar el dinero que acababa de conseguir y, sobre todo, pensaba en que tenía justo en frente de ella la oportunidad de ganar incluso más dinero si tan solo aceptara el “trabajo” que el señor Herman quería que hiciera.

Eran ya pasadas las 11:00 de la noche cuando Herman recibió una llamada a su celular, quien se levantó de su cama para responder al número que reconoció de inmediato.

—Buenas noches, señor Herman, soy doña Rosita. Sé que es bastante tarde, pero he estado pensando en la propuesta que me hizo el día de hoy y quería preguntarle si aún estaba interesado en contratarme —su tono avergonzado se escuchaba a través por la línea.

—No se preocupe por la hora, señora Rosita, me da gusto saber de usted de nuevo, y sí, aún estoy interesado en contratarla, siempre que usted este de acuerdo el trabajo —una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—Lo estoy. Entonces, ¿cuándo podría empezar?

—¿Está disponible mañana a las 3:00 de la tarde?

—Sí lo estoy.

—Entonces la esperaré a esa hora.

Esta historia continuará…

— oOo —
Gracias por leerme. Esta historia fue escrita por un aficionado más a los relatos eróticos (sobre todo con temáticas de femdom y fetichismo de pies). No utilicé ningún tipo de modelo de IA para escribir este relato, cada palabra fue tecleada por mí mismo en LibreOffice Writer. Todos los sucesos del relato son ficción.

Si te gustó lo que acabas de leer puedes hacerme comentarios, preguntas, consejos, críticas o recomendaciones de lo que te gustaría ver en siguientes capítulos mandándome un correo a [email protected]

Estaré encantado de leerte. Además, si como yo eres un aficionado a los pies femeninos y tienes algún relato, página web, video, foto o demás que quieras compartirme estaré más que agradecido.

Capítulo 2: La primera sesión de Rosita.

El camión avanzaba irregularmente por el pavimento caliente cuando finalmente paro y abrió sus puertas de donde Rosita bajó a aquella calle en la que había tantas casas grandes y lujosas. Caminó el mismo recorrido que había hecho ayer hasta que llegó a la casa indicada y tocó la puerta dos veces.

—Bienvenida, pase, doña Rosita, sígame —dijo tras abrir la puerta.

Rosita entró y lo siguió por el recibidor hasta la sala. Iba vestida igual que ayer, con su vestido floreado, su delantal a cuadros y sus viejos huaraches.

—No estaba segura de que ropa debía de traer así que me puse lo que normalmente uso para trabajar, espero que no le moleste.

—No se preocupe por eso, señora Rosita, usted puede venir vestida como guste. Además, creo que ese vestido le queda bastante bien —dijo Herman, obviando el hecho de que en lo que más se fijaba del atuendo de Rosita eran esos huaraches de piel que parecían haber sido usados por un buen tiempo. Esperaba que muy pronto pudiera tenerlos al alcance de su boca.

—Si gusta tome asiento en el sofá, ahorita vengo, voy a la cocina a traerle un vaso de agua helada.

El trayecto en camión y la caminata por la calle la había acalorado y había sudado un poco por lo que entrar a la sala con el aire acondicionado prendido había sido una pequeña bendición.

Herman llegó con el agua que coloco en la mesita central, Rosita le agradeció y él tomó asiento en un pequeño sofá para poder verla de frente.

—Sé que esto es nuevo para usted y debe de tener bastantes preguntas, pero tranquila, trataré de explicarle todo lo posible y haremos las cosas de poco a poco. Sobre todo, quiero que se sienta cómoda.

—Me parece bien.

—Para empezar, me gustaría acordar el tema del dinero. Me gustaría que cada sesión de dominación tuviera una duración de 1 hora, que es el estándar, por cada sesión le pagaría $10,000 pesos en efectivo, de ser posible en una frecuencia de 2 sesiones por semana, luego podemos acordar que días. —los ojos de Rosita se abrieron como platos al escuchar la cantidad de dinero.

—Estoy más que conforme con el sueldo que me ofrece —dijo mientras mostraba una clara sonrisa—. Sin embargo, aún me queda la duda: ¿Qué se supone que debo de hacer durante la sesión? Tengo que “dominarlo”, pero ¿en qué sentido?

—No se preocupe. Al principio yo le iré diciendo que debe hacer y de que tratará cada sesión, así irá agarrando experiencia hasta que usted pueda hacerlo por cuenta sola. Sé que suena un poco extraño esto de la “dominación femenina” pero le aseguro que se acostumbrará, e incluso puede que le agarre el gusto —explicó Herman tratando de ser lo más comprensivo y paciente posible.

—Bien, de ser así, creo que puedo ir aprendiendo poco a poco —dijo mientras tomaba un buen sorbo al agua fría que le había traído—. Entonces, ¿qué es lo que haremos la sesión de hoy?

Herman pensó un poco y preguntó con naturalidad.

—¿Qué le parecería que le diera un masaje de pies, doña Rosita?

Tanto Herman como Rosita fijaron sus ojos en los morenos pies de la mujer, calzados con esos viejos huaraches de cuero que había usado durante tantos años.

—Mmm… no lo sé. ¿Está seguro de que quiere darme un masaje? Es que hoy estuve en el camión y después tuve que caminar un rato por la calle, y con el calor del día he de traer los pies algo sudados —dijo la mujer con un poco de pena en el rostro.

—Tranquila, no se preocupe por eso. Le aseguro que no me molesta el sudor o el olor en absoluto. Es más, para mí sería un gran honor poderle dar un masaje de pies —dijo con su voz reconfortante—. Además, tomé un curso de masajes hace un tiempo, y le garantizo que mis manos son casi mágicas.

Rosita sonrió un poquito y se detuvo a pensar, finalmente dijo:

—Okey, okey, si es usted tan insistente aceptaré el masaje. Pero luego si no le gusta el olor no me eche la bronca —dijo con una leve risita.

—Perfecto, déjeme le acomodo un escabel para que tenga sus pies en una posición más cómoda.

Herman tomó el pequeño mueble forrado con un cómodo cojín rojo y lo colocó frente al sofá justo donde estaba sentada Rosita. Se arrodilló frente a ella, tomó delicadamente ambos pies y los colocó por sobre el reposapiés. Tener los pies y las piernas ligeramente elevadas del suelo ayudó a la mujer a liberar la presión que sentía en la zona por la caminata que dio.

—¿Puedo? —preguntó Herman mientras tomaba el huarache derecho.

Rosita asintió y el hombre comenzó a descalzarla con suavidad y esmero, para luego colocar el calzado en el piso junto al escabel. En cuanto el pie derecho fue liberado de aquel huarache en el que había estado resguardado todo el día el fuerte olor del sudor comenzó a esparcirse.

Realizó lo mismo con el huarache izquierdo y el olor agrio se magnificó en la habitación. El hedor del sudor era notablemente agrio, pesado y penetrante, similar al del queso fuerte, al vinagre viejo o al de una cebolla húmeda.

Para la gran mayoría de las personas este hedor a sudor de pies habría resultado desagradable, sin embargo, para Herman, quien tenía un firme fetiche por los pies femeninos, el sentir este hedor era como estar en el cielo. Para él el solo hecho de que su nariz pudiera sentir la esencia de los pies de dicha mujer era todo un privilegio y una fantasía cumplida.

—Ve, doña Rosita, justo como le había dicho, el olor no es una molestia en absoluto­. ¿Puedo comenzar con el masaje?

—Claro que sí.

Herman tomó el pie derecho con ambas manos y comenzó a hacer círculos firmes con los pulgares en la rugosa piel de los arcos de Rosita. En cuanto toco su piel, notó claramente que sus plantas estaban completamente húmedas de sudor, el cual se estaba embarrando en las palmas del hombre poco a poco cada que masajeaba.

Ver de primera mano estos pies morenos, rugosos, anchos y carnosos y poder estar tocándolos y masajeándolos activó una fuerte señal de placer en el cerebro de Herman, que incontrolablemente provocó una vigorosa erección en su pene; afortunadamente el pantalón y la posición en la que estaba arrodillando ocultaría este hecho a Rosita.

—¡Ay, ay, diosito! Que bien se siente, mmh… —exclamó Rosita mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar por la emoción. Sentía como toda la tensión del día acumulada en sus maduras plantas se liberaba con cada movimiento de los dedos de Herman.

—Te dije que mis manos eran mágicas.

Herman cambiaba continuamente entre el pie derecho y el izquierdo, tratando de darle a cada uno el debido trabajo y dedicación que merecían. Pasaba de masajear el arco a los dedos, luego al empeine, la bola de las plantas y los talones. Usaba las distintas técnicas que había aprendido en su curso y se esmeraba en darle el mayor placer y relajación a Rosita, quien seguía cómodamente recostada en el sillón con los ojos aún cerrados.

Tocar esas plantas morenas y maduras era todo un privilegio a los ojos de Herman. Con la cara a tan cerca de los pies de Rosita era capaz de admirar en toda su gloria sus detalles, incluso los más mínimos. Pasaban los minutos mientras masajeaba y el hombre se estaba quedando hipnotizado por esas plantas: morenas, húmedas, maduras, rugosas, con los talones agrietados y resecos, propios de la edad de la mujer. Tal vez algún día podría darle una pedicura para mejorar su aspecto, pero por el momento esos pies eran todo lo que necesitaba.

Después de un rato de masajear Herman paso a mirar a Rosita, descansaba tranquila con los ojos cerrados. Masajear estaba muy bien, pero él necesitaba tener un poco más de contacto con esos pies que le estaban volviendo loco, así que de la forma más discreta posible acerco su cara a tan solo unos centímetros de las plantas. El hedor que salían de ellas era increíble, con lo cerca que estaba casi podía sentir la esencia del sudor evaporándose en su rostro.

Finalmente, se aventuró y restregó su nariz contra el arco del pie derecho, inhaló profundamente y sintió como ese hedor a queso viejo se metió por todo su sistema respiratorio y lleno sus pulmones por completo. Su corazón latía al mil y su erección se apretaba contra su pantalón abultado. Estaba a punto de llegar al clímax.

Movió su nariz y la pegó contra los dedos del pie izquierdo, volvió a inhalar profundo y se volvió a encontrar con ese olor tan característico del sudor de sus pies. Como un sabueso fue oliendo cada rincón de esos pies tan maravillosos, fascinándose más con cada nueva inhalación que hacía.

Además del olor, Herman disfrutaba enormemente del contacto que hacía su nariz y parte de sus labios contra la planta rugosa de Rosita, cada que se movía y se frotaba contra ella podía sentir suavemente la textura de la piel morena de esa mujer madura. Tener el rostro pegado a los pies sudorosos de tan magnífica mujer eran como estar en el cielo mismo.

El placer de oler esos pies era tanto para Herman que por un momento se disoció y olvidó por completo que se supone que debería estar haciéndole un masaje a Rosita, cuando recobró la conciencia de sí mismo levantó la mira hacia Rosita, aún con la nariz pegada al arco izquierdo y lo primero que vio fue la cara de sorpresa de la mujer, con los ojos bien abiertos, recostada en el sofá.

—Ehhh… una disculpa, señora Rosita. Me dejé llevar por el momento. No estuvo bien, debí a haber pedido permiso antes … —dijo nerviosamente Herman, mientras quitaba la nariz del pie de la mujer y recomponía su postura arrodillada frente al escabel.

—Wow, parece que realmente lo estaba disfrutando, jaja —respondió Rosita mientras dejaba escapar una risita, lo extraño de la situación le causaba algo de gracia—. No se preocupe, Herman. Después de todo usted está pagando esta sesión, por lo menos debería disfrutarlo —dijo con una sonrisa sincera, tratando de reconfortar al hombre—. Además, el masaje estaba siendo realmente relajando, así que ambos estábamos pasando un buen momento.

—Sí así es, jaja. Gracias por ser tan comprensiva —dijo Herman, más tranquilo y con menos vergüenza.

—Parece ser que aquello que mencionó sobre que el olor de mis pies no le resultaba ninguna molestia era realmente cierto después de todo. No quiero sonar grosera, pero nunca había conocido a un hombre como usted, Herman. Tiene unos gustos algo peculiares … —trataba de arreglar las palabras lo mejor posible para sonar empática.

—No me ofende en absoluto. Sé que esto puede parecer un poco bizarro: un hombre al que le gusta el hedor de unos pies sudorosos, pero le aseguro que para nosotros los fetichistas de pies es todo lo contrario. Para mí este hedor es algo único en el mundo, esta mezcla agria entre queso maduro y vinagre viejo que emana de sus plantas es como estar oliendo una copa de un buen vino italiano.

—¡Jajaja! “Como una copa de vino”. Le creeré si usted lo dice —la sola comparación le parecía hilarante—. En ese caso le permite oler mis pies todo lo que guste mientras dure la sesión.

—Gracias, señora Rosita. Es realmente un privilegio —respondió Herman con una clara sonrisa en el rostro.

Ahora sí con el permiso de la señora Herman regresó su nariz a esas plantas maduras que tanto anhelaba, inhaló con fuerza una y otra vez para ahogarse en ese maravilloso hedor que apenas había conocido el día de hoy, pero del que ya sentía que se había vuelto adicto.

Se propuso a oler todos y cada uno de los rincones de las plantas de aquella mujer, paso su nariz desde los dedos pequeños hasta los arcos rugosos de ambos pies y en cada uno de esos espacios húmedos inhaló profundo todo lo que pudo para experimentar al máximo ese hermoso hedor a sudor de pies.

Mientras tanto, su corazón no paraba de bombear sangre hacía su pene, lo que le provocaba una robusta erección incontrolable que se apretaba contra el pantalón, podía sentir como el líquido preseminal que salía de su miembro humedecía poco a poco su ropa interior, estaba casi a punto de llegar al clímax sexual.

Herman pensó en que quería probar algo nuevo, así que con sus manos tomó ambos pies y los juntó, de forma que ambas plantas estuvieran una al lado de la otra. Luego metió la cara entera en esas plantas morenas y rugosas, de forma que todo su rostro estuviera cubierto por la sudorosa piel de la señora Rosita. No había un solo centímetro que no estuviera en contacto directo: su frente contra los dedos, sus ojos completamente cerrados contra el antepié, su nariz y labios suaves y rosados se apretaban contra los surcados arcos, y su barbilla contra los ásperos talones.

Con el rostro metido entre los pies de la señora Herman era incapaz de ver nada, pero eso no era lo importante, lo importante era el olor, y el olor era agrio y magnífico. El espacio entre la nariz y los arcos era estrecho por lo que respirar era más difícil, así que Herman tenía que poner todo su esfuerzo en inhalar profundo y así hacer que ese fuerte hedor a sudor recubriera sus pulmones.

Herman estaba en el paraíso de los fetichistas de pies, perdido en el olor de los pies de esa increíble mujer.

Sin previo aviso una suave alarma comenzó a sonar, Herman quitó el rostro de las plantas de Rosita y se fijó en el elegante reloj de plata que llevaba en la muñeca izquierda, se dio cuenta de que era la alarma que había puesto al iniciar la sesión.

—Parece que ya ha pasado una hora. La sesión terminó. ¿Qué le ha parecido su primera sesión de dominación femenina, doña Rosita? —preguntó Herman mientras se acomodaba de rodillas—. ¿Le ha gustado?

—¿Realmente ya ha pasado una hora entera? Ni noté el paso del tiempo, se me hizo superrápido —respondió Rosita sorprendida de lo fácil que había resultado terminar su primera sesión—. De verdad me la he pasado bien, el masaje fue increíble, realmente tiene unas manos mágicas.

—Gracias, para mí fue un privilegio haber tenido la oportunidad de masajear sus bellos pies… y olerlos también —dijo Herman— Para ser su primera sesión lo ha hecho excelente, le aseguro que con la práctica se irá haciendo cada vez más experimentada. Creo que tiene un don para la dominación.

Rosita se sonrojó un poco al escuchar sus palabras.

—Una última cosa antes de terminar, doña Rosita —dijo Herman— ¿Me daría permiso para besar sus pies en señal de agradecimiento?

Rosita rio poquito, y sintió un poco de vergüenza, pero luego recordó cuál era su papel como dominante durante la sesión, así que respondió:

—Claro. Te doy permiso de besar mis pies —dijo tratando lo mejor que pudo de dejar la vergüenza de lado.

Los ojos de Herman se abrieron de golpe y se pusieron brillosos ante las palabras de la señora. Sin esperar un solo segundo abalanzó su cara hacia esas plantas morenas y comenzó a besarlas lenta y apasionadamente. Quería que Rosita sintiera al máximo aquellos besos que con tanto fervor estaba poniendo sobre sus pies. Colocaba sus suaves labios rosados sobre la rugosa piel de las plantas y daba besos devotos, tanto que incluso dejaba un poco de su propia saliva sobre la planta con cada caricia de su boca.

Herman besaba las suelas de los pies de Rosita de la misma forma y ternura en que un joven adolescente besa a su amada novia.

Se empeñó en no dejar un solo centímetro sin besar, besó los arcos rugosos, los pequeños y gorditos dedos, y los resecos talones agrietados.

—Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, gracias, grac… —repetía una y otra vez por cada beso que daba.

Finalmente, dio el último beso de agradecimiento sobre el arco derecho y con algo de nostalgia quitó el rostro de los pies de doña Rosita. Tomó ambos huaraches del suelo y comenzó a calzarla un pie a la vez, con delicadeza y cortesía, cuando terminó dio un beso de despedida sobre la tira del huarache izquierdo y luego del derecho.

Movió los pies ya calzados desde el escabel hasta el piso y se levantó de su posición en rodillas en la que había estado durante la última hora. Saco de su bolsillo del pantalón el sobre amarillo con dinero que había preparado de antemano y se lo ofreció a la señora.

—Tome, doña Rosita. Se lo ha ganado. Muchas gracias por darme permiso de oler y besar sus maravillosos pies, ha sido una sesión increíble —dijo Herman con una sonrisa de felicidad, mientras se acomodaba el cabello y se secaba el sudor de la frente con la mano.

—El gusto es mío. Yo también creo que lo he disfrutado. Al principio no estaba segura de si podía realmente hacer esto, pero usted ha sido muy respetuoso y me he acostumbrado muy rápido —dijo Rosita después de tomar el sobre y guardarlo en su bolso bordado.

—En ese caso, ¿estaría de acuerdo en tener una segunda sesión esta semana?

—Claro, me encantaría, ¿le parecería bien este sábado a la misma hora?

—Me parece bien —respondió Herman con una sonrisa en el rostro.

Herman abrió la puerta principal y se despidió de doña Rosita, quien caminó por la calle hasta llegar a la parada del camión que la llevaría a casa, alegre de haber vuelto a ganar otros $10,000 pesos tan fácilmente y aparte de haber recibido un relajante masajes de pies.

Esta historia continuará…

— oOo —

Gracias por leerme. Esta historia fue escrita por un aficionado más a los relatos eróticos (sobre todo con temáticas de femdom y fetichismo de pies). No utilicé ningún tipo de modelo de IA para escribir este relato, cada palabra fue tecleada por mí mismo en LibreOffice Writer. Todos los sucesos del relato son ficción.

Si te gustó lo que acabas de leer puedes hacerme comentarios, preguntas, consejos, críticas o recomendaciones de lo que te gustaría ver en siguientes capítulos mandándome un correo a [email protected]

Estaré encantado de leerte. Además, si como yo eres un aficionado a los pies femeninos y tienes algún relato, página web, video, foto o demás que quieras compartirme estaré más que agradecido.

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