Por
Cogiendo a la novia de mi primo
La semana pasada mi primo me dijo que fuéramos a echar unas chelas, y como no tenía nada que hacer, le dije que sí. Estuvimos en un bar de moda, tirando carrilla y recordando viejas veces, hasta que se nos hizo tarde. «La neta, no quiero que se acabe la peda», me dijo él, «vamos a mi casa, tengo más cervezas y ahí sigue la fiesta». Yo, ya bien puesto, no me puse necio.
Llegamos y ahí estaba Mia, su novia, tirada en el sofá viendo alguna serie. Se veía bien buena, como siempre, con esos leggings que se le pegan y una blusa corta. «¿Qué onda, güey? Pásenle», nos dijo, y en chinga nos acomodamos los tres. Siguieron los tragos y la plática, que empezó normal, de trabajo y de fútbol, pero luego, no sé cómo, se fue poniendo más picante. Hablamos de qué nos gusta en el cuarto, de fetiches raros, de esas cosas que solo sales cuando estás entre confianza y alcohol.
Y de la nada, mi primo suelta con un tono medio serio, medio borracho: «Oye, ¿tú qué piensas de los vatos a los que les gusta ver cómo otros se cogen a su novia?». Me quedé tieso un segundo, tragué saliva y le solté: «Nel, güey, a mí no me late esa onda, pero cada quien, ¿no? Si a ellos les vale, pues allá ellos». Se hizo un silencio incómodo, pero luego él se rio y me miró fijo. «Ah, ¿sí? Entonces, ¿te quieres coger a mi Mia o qué?». Se me fue la mirada a ella, que no dijo nada, solo bajó los ojos con una sonrisa pícara. No lo pensé dos veces. «Claro que sí, güey», le contesté.
Y así empezó todo. Esa noche, Mia y yo nos dimos hasta para llevar, con mi primo ahí al lado, viéndonos, alentándonos. Fue una locura, una mezcla de morbo, alcohol y calentura. Tan bien me la pasé, que en esta semana nomás falté tres días para ir a su casa. Ya van cuatro veces. Cada vez es lo mismo: llegamos, tomamos, hablamon y acabo follándomela mientras mi primo mira. La neta, no sé qué le pasa a él, pero a mí me vale verga. Ella está buenísima y yo no pienso decir que no.


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