enero 20, 2021

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VISITA INESPERADA

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VISITA INESPERADA

 

Martes, 10 de la mañana. Suena el móvil, miro la pantalla: “Aurora”. Qué raro. Es la hija de mi sobrina. Contesto.

–Hola, tío, soy Aurora. ¿Estás en casa?, pregunta su vocecita.

–Sí, claro. Sigo sin trabajar.

–Estoy en la puerta de tu casa. ¿Puedo subir?

–Claro, claro…

Abro la puerta y la espero en el rellano. Llega corriendo y apenas dándome un beso me pide ir al baño.

–Es muy urgente, tío.

Me aparto para que entre y se va escopeteada al baño. No es necesario que le indique porque conoce la casa.

Aurora tiene catorce años y es la hija de mi sobrina Marta. Es una adolescente típica, con su acné y su móvil pegado a la mano. Delgadita y más alta que yo, tiene los rasgos de mi familia y el cabello rubio y las pecas de la de su padre.

Voy a la cocina a seguir preparando la comida y la oigo murmurar en el baño “joder, joder, joder…”

Le pregunto si todo va bien y me contesta que sí, que no me preocupe. Vale, pues sigo con lo mío.

Lleva unos minutos en el baño y la oigo llamarme:

–¿Tío, puedes entrar un momento…?

Toco la puerta y con su permiso, entro.

La encuentro de pie ante el lavabo con una toalla alrededor de la cintura, lavando algo en la pila.

–¿Qué pasa, Aurora?

Me mira y rompe a llorar. Me acerco y la abrazo.

–Mi vida es una mierda, tío, dice entre hipidos.

No sé a qué se refiere, claro, es una adolescente con las hormonas alteradas y hace años que dejé atrás esa etapa.

–Anda, vamos, salgamos de aquí y me cuentas qué te pasa.

Vamos al salón y nos sentamos juntos en el sofá sin dejar de abrazarla. Al hacerlo se le abre la toalla y se muestran sus largas piernas desnudas hasta mostrar el pubis juvenil. Pudoroso, le cierro la toalla y le pregunto de nuevo. Ha dejado de llorar y me pide un pañuelo. Al levantarme oigo que el agua sigue corriendo en el lavabo y me dirijo a cerrar el grifo. Allí están las braguitas de Aurora con un tono rojizo que me hace sospechar lo que ha ocurrido. Tras la puerta, colgados, los pantalones blancos que traía puestos, también con una sospechosa mancha roja en su parte central.

Le doy un paquete de pañuelos y le ofrezco algo para beber o comer mientras se decide a contarme su desventura. Un colacao con galletas y un café reposan en unos minutos delante de nosotros.

–¿Y bien…? ¿Qué serie de catastróficas desdichas te han ocurrido para que te presentes así en mi casa?, le pregunto con una sonrisa, haciendo alusión a la serie del mismo título.

–Jo, tío, qué vergüenza… dice bajando los ojos.

–Va, que me imagino lo que te ha pasado, no te preocupes. No es el fin del mundo.

–Es que vaya corte…

Va a comenzar a hablar cuando la toalla se le vuelve a abrir mostrando sus finos muslos y una pequeña sombra de vellos rubios en el monte de Venus. Esta vez tardo un poco en decirle que se tape porque quedo absorto en su contemplación. Sacudo la cabeza y trato de quitar de mi mente un sucio pensamiento. Es mi sobrina de catorce años y yo tengo ya sesenta. No soy un pervertido, por favor…

–Pues justo estaba entrando en tu calle cuando una señora me ha parado y me ha hecho notar que llevaba sangre en el pantalón. Me ha venido la regla y no me he enterado. De hecho, se me ha adelantado varios días y por eso no iba preparada. Por eso te he llamado, para poder arreglarme un poco antes de ir a casa, pero no sé cómo me voy a apañar con todo sucio…

De nuevo rompe a llorar y vuelvo a abrazarla. Un agradable perfume emana de ese cuerpo juvenil y me embriaga los sentidos.

–¿Sabes, Aurora, que tengo lavadora en casa…?, le pregunto en tono jocoso. –Es una máquina que sirve para quitar las manchas de la ropa sucia. Sin duda es un invento del demonio, pero creo que nos puede salvar del drama en que estamos envueltos.

Una carcajada sale de los labios de mi sobrina y se me abalanza para besar mi mejilla.

–Gracias, tío. Qué bueno eres…

–Vamos, recojamos tus cosas y pongo todo a lavar. Dame también esa toalla, que veo que se ha manchado un poco.

–Pero no tengo nada que ponerme, tío.

–Pues yo no tengo bragas para dejarte, ja, ja, ja… Espera, que esto lo soluciono en un momento.

Voy a mi habitación y del armario cojo un calzoncillo sin estrenar y un pijama de verano para que se vista mientras se lava la ropa. Se lo doy en la mano y antes de darme cuenta se ha quitado la toalla y se muestra ante mí en todo su esplendor. De nuevo contemplo una fina mata de vello rubio en su pubis mientras lucha con mi bóxer para colocarlo sobre su cuerpo.

–Oye, pues ya que vas a lavar, ¿te importa echar toda mi ropa a esa máquina infernal…?, dice, riendo.

Mientras habla, sin cortarse ni un pelo, se desprende de una camiseta blanca con una inscripción feminista y se quita el sujetador despreocupadamente, mostrándome unos pechos pequeños, firmes, de pezones y areola oscura.

–Qué gusto me da quitarme esto… A mamá no le gusta que vaya sin sostén, pero cada día me encuentro más incómoda con él. Además, para lo que tengo… ¿verdad, tío?

Todo esto lo dice mientras se masajea despreocupada, ajena a mi presencia.

–Tápate, niña, que uno no es de piedra…, bromeo.

Se pone el pijama y vamos a recoger la ropa sucia para ponerla en la lavadora. Aprovecho y pondré la mía también.

–Tío, ¿puedo ver la tele mientras se lava la ropa?, inquiere Aurora.

–Pues claro, pero antes llama a tu madre y dile que estás aquí y que te quedas a comer conmigo, porque habrá que esperar a que se seque tu ropa.

–¿En serio me invitas a comer? ¡¡¡Bieeeeen…!!! Su gracioso grito me hace reír y me vuelvo a la cocina a ampliar el menú.

–Iba a preparar arroz negro con calamares y unas costillas de cerdo asadas, ¿te parece bien?

–Claro que sí, tío, lo que quieras. Seguro que está muy bueno. Mamá dice que eres todo un chef, ja, ja, ja…

Vuelvo a mi tarea y oigo la televisión al fondo del salón. No pasan muchos minutos y Aurora se presenta en la cocina apoyada en el quicio de la puerta.

–No hay nada para ver en la tele, tío. Tengo que hacer una consulta en internet y no tengo datos en mi móvil, ¿puedo usar tu ordenador?

–Pues claro, ahora te lo saco y miras lo que quieras.

Voy a mi habitación y saco el portátil. Lo preparo en la mesa del salón y lo enciendo, dejando a Aurora enfrascada en sus búsquedas. Vuelvo a mis quehaceres y de nuevo se presenta Aurora en la cocina. Se queda en la puerta y me sonríe.

–Ya he terminado. ¿Te importa si me pongo algún vídeo en Youtube?

–Haz lo que te apetezca, nena. No lo voy a usar en todo el día.

Oigo música de fondo y continúo cocinando y fregando los cacharros que utilizo. Veo que la lavadora ya ha terminado su ciclo y voy al salón a pedirle a Aurora que me ayude a tender la ropa. Me acerco al salón y me quedo de piedra. Aurora está frente al ordenador mientras en la pantalla se ve a una rubia que le hace una tremenda mamada a un tío con un pollón enorme.

Me doy la vuelta sigiloso y, ya en la cocina, comienzo a hacer ruido y a llamar a Aurora para que me ayude. Tarda un minuto en llegar y trae la cara colorada como un tomate.

–Dime, tío.

–Nada, que la lavadora ya ha terminado y que la comida está lista. Ayúdame a tender y así reposa el arroz, y en cuanto acabemos, a comer.

–Vale, pues te apago el ordenador y vengo enseguida.

Voy sacando la ropa de la lavadora y la pongo en un cubo para salir a la terraza a tender.

Vuelve mi sobrina y nos ponemos a la tarea. Me va pasando las prendas y con las pinzas las cuelgo de la cuerda extendida en la amplia terraza del tejado que tengo para mi uso exclusivo. La última prenda en salir es su tanga, el cual observo para comprobar que las manchas de sangre han desaparecido. Aurora se ruboriza al comentarle lo diminuto del mismo y yo río por su ingenuidad.

Nos sentamos a la mesa y con la comida en los platos la interrogo sobre su vida adolescente, el colegio, la familia, los amigos, los sueños…

Ella responde con aplomo a mis cuestiones: la veo muy madura para su edad.

Por su parte, ella me interroga por mis circunstancias actuales, sin trabajo por el momento, esperando que pase esta pandemia y recuperemos nuestro ritmo de vida actual. Se interesa por mi vida.

–Tío, ¿por qué no te has vuelto a casar? Aún eres joven y estás muy bien de aspecto.

Sus palabras me traen el doloroso recuerdo de la muerte de mi esposa hace ya diez años. Aurora no la recuerda apenas, pero saco un álbum de fotos y ahí esta ella con la pequeña sobrina en brazos.

–¡Qué guapa era, tío…!

–Sí, lo era. Nos queríamos mucho. Fuimos muy felices. Lástima de no tener hijos. Pero a quien Dios no le da hijos, el Diablo le da sobrinos…, le contesto jocosamente para romper el instante de tristeza que comenzaba a apoderarse de mi mente.

Aurora rio mi ocurrencia y me abrazó con dulzura.

–¿Y no tienes una “amiguita especial con derecho a roce” que te alegre las noches solitarias? Venga, que con tu planta todavía estás para romper corazones.

–Pues lo cierto es que no, contesto. –Llevo retirado del mundo exterior demasiado tiempo como para ponerme a pensar en una nueva relación. Cuando murió tu tía, los amigos hicieron un enorme esfuerzo para sacarme del agujero en que se metió mi cabeza, y se lo agradecí, pero mi mujer era irreemplazable y al final desistieron. La verdad es que no he echado de menos la vida social. Ni el sexo tampoco…, le digo guiñando un ojo.

Se ruboriza y me lanzo a comprometerla preguntando por sus novios y sus relaciones. Me imagino que con catorce años es aún un poco inocente, pero creo que me voy a divertir con su ingenuidad.

–No tengo novio, tío. Los chicos de mi curso son muy niños todavía y no me interesan nada, y a los mayores del instituto no les intereso yo. Si te preguntas si soy virgen, sí, lo soy. De hecho, no he tenido escarceos sexuales con ningún chico. Algún beso y algún magreo, pero nada más. Hemos recibido educación sexual en el cole y sé cómo funcionan los órganos genitales, pero pura teoría, dice bajando los ojos a la mesa.

Ya hemos terminado de comer y yo tengo un café delante cuando suelta la bomba…

–Tío, ¿te puedo pedir un favor?

–Claro, lo que quieras.

–No pienses mal de mí. No soy una guarrilla ni nada de eso.

–Claro, claro, ¿qué quieres?, digo, intrigado.

–¿Me enseñarías el pene?, dice con voz apenas audible.

¿Qué me ha pedido? ¿Qué le enseñe el pene? El café se me atraganta y lo tiro en el mantel mientras toso desesperado.

–¿QUÉ HAS DICHO…? ¿Qué te enseñe quéééé…?

–No tío, no pienses mal, te explico. He visto penes en educación sexual y también a algún chico del colegio, pero no me “emocionan”, por decir algo, son pequeños. También he visto algo de porno y me parecen irreales. Me gustaría ver uno de verdad, el de una persona normal y corriente, y ya que estamos hablando de estas cosas, pues pensé que no te importaría…

–Aurora, que tienes catorce años… Tú sabes el follón en el que me puedes meter…

–No, no, tío, que no quiero hacer nada, solo verlo en vivo. Lo siento por haberte importunado así, dijo bajando el rostro en el que unas lágrimas aparecían en sus mejillas coloradas como un tomate. –Mejor será que me vaya…

–Tendrás que esperar a que se seque tu ropa, Aurora. A no ser que quieras llevarte mis calzoncillos y mi pijama, ja, ja, ja…

Nuevamente se echó a reír y me dio un manotazo que me hizo tirar el poco café que quedaba en la taza, manchándome yo en esta ocasión.

–¿Ves? Ahora me tendré que poner yo tus braguitas.

El comentario le provocó otra carcajada y entonces me tomó de la mano y mirándome a los ojos habló:

–Te lo pido de verdad. Solo verlo. No lo sabrá nadie. Un secreto entre los dos.

La petición era sincera, pero mi moral me estaba reconcomiendo por dentro. Por Dios, que son catorce años. Que si esto se sabe acabo en la cárcel. Que no he mirado a otra mujer en diez años y esta muñeca me está poniendo en un brete.

–Por favor…

Me levanto y voy a la cocina a por más café. Me sigue y mientras me preparo otra taza me abraza por detrás. Ufff…, no me he sentido así en años. La verdad es que estoy ligeramente excitado, y sentir los pechos de mi sobrina contra mi espalda no mejora la situación. Me vuelvo y la aparto un poco, y mirándola de frente, me rindo.

–Vale, te lo enseño. Pero solo mirar. Solo una vez. Y esto no ha de salir de aquí, por el futuro de nuestras vidas.

–Gracias, tío, me dice abrazándome. –Te quiero un montón. Será nuestro secreto.

Aún no las tengo todas conmigo, pero tomo su mano, la llevo al salón y la hago sentar en el sofá. De pie, frente a ella, resoplo.

–Has dicho que has visto penes antes. El mío es normal. Debido a tu petición me he excitado un poco, así que esta no es su medida habitual, ¿de acuerdo?

–Que sí, que sé cómo funcionáis los hombres. No creo que me vaya a asustar por verlo, dijo entre risas.

–Bueno, pues allá voy.

Comencé a bajar el pantalón de chándal que vestía y enseguida apareció el calzoncillo marcando el pene en estado de semierección. Los ojos de Aurora no perdían detalle y la vi morderse los labios. No había vuelta atrás. Calzoncillo abajo…

–¡¡¡Joder…!!! ¿Esto dices que es normal, tío?, dijo, asombrada.

La verdad es que mi pene es normal. No lo he medido nunca, pero tendrá unos quince centímetros de largo y un grosor normal. Es verdad que nunca se ha quejado ninguna mujer con las que estuve antes de casarme, pero he visto algo de porno y veo cómo la gastan las estrellas, y no puedo compararme, desde luego.

Bajé los ojos y observé mi polla morcillona que se mostraba a escasos centímetros del rostro de Aurora. Mi excitación creció, así como el pene, que parecía cobrar vida propia ante los bonitos ojos de mi sobrina.

–Bueno, pues así es un pene, dije con intención de poner fin al espectáculo del que ya me estaba arrepintiendo.

–No, tío, porfa. Quiero verlo totalmente tieso, porfa… hala, venga, sé bueno, porfa, porfa, porfa…

–Aurora, ese no era el trato.

–Va, que no te cuesta nada, si casi ya está…

La verdad es que me apetecía continuar, pero me daba miedo.

–Es que para ponerla tiesa me la tengo que tocar.

–Pues hazlo, porfa, porfa, porfa…

Me iba a matar esa forma de hablarme. Esa criatura del demonio me estaba provocando como nadie en mi vida.

–Nadie ha de saber esto nunca. Y no se ha de repetir.

–Nadie. Nunca. Lo prometo.

Resignado, tomé mi polla con mi mano y comencé un suave masaje hasta darle su consistencia máxima. La solté y se mantuvo enhiesta frente a Aurora, que miraba extasiada el órgano que se balanceaba orgulloso ante ella.

–Tío, ¿te quieres masturbar? ¿Quieres hacerlo por mí?

Pero bueno, es que esta criatura quería que me diera un infarto.

–No me pidas eso, por favor.

–Hazlo. Es mi última petición. Si quieres te ayudo. Será un honor para mí que me enseñes.

–No, no, puedo hacerlo solo. Pero sí me ayudaría un estímulo visual. ¿Puedes quitarte la camiseta?

–Lo que necesites para que te sientas mejor.

Lentamente se fue despojando del pijama y ante mí se mostraron los pequeños montículos coronados por unos pezones claramente excitados. Dejó caer el pantalón y tomó asiento frente a mi polla. Tomé de nuevo posesión de mi pene y le di un suave masaje para que alcanzase de nuevo su nivel de dureza.

Aurora no perdía detalle de mis movimientos, y en un momento se recostó en el sofá levantando los pies hasta el asiento y abriendo las rodillas, vistiendo solamente el calzoncillo prestado.

La excitación se reflejaba en sus ojos, y en el instante en que comencé el sube y baja de mi mano por mi polla dirigió su mano derecha a la entrepierna, masajeando suavemente por encima de la ropa, mientras la izquierda acariciaba sus pezones que se adivinaban duros como el diamante.

Uffff… ¡¡¡qué espectáculo…!!!

La polla me palpitaba con cada sacudida y me sentía próximo a correrme. La visión de una niña frente a mí masturbándose era algo que jamás había imaginado, pero estaba ocurriendo y no había vuelta atrás.

Llegaba el instante final y la advertí:

–Me corro, me corro, me corro, Aurora…

Se incorporó rápidamente y se puso frente a mí, que con los ojos cerrados eyaculé numerosos chorros de semen que fueron a parar a sus pechos, cara y pelo.

Las piernas me flaquearon del esfuerzo y casi caigo al suelo, y al abrir los ojos pude ver a Aurora llorando en silencio cubierta de mi corrida, de rodillas en la alfombra.

Me quería morir, viéndola tan desvalida frente a mí, arrepintiéndome por haber cedido a la estrafalaria petición de una niña. La quería abrazar, para consolarla, pero no me atrevía a tocarla para que no malinterpretara mis intenciones. Fue ella quien se abalanzó sobre mí echando los brazos al cuello.

–Gracias, gracias, gracias… qué bonito esto que has hecho, tío. Ha sido lo más excitante que he visto en mi vida.

Sus labios llenaron de besos mis mejillas a la vez que transferían parte de mi propio semen por mi rostro. Sus pechos hacían lo propio en mi camiseta llena de sudor.

–No creía que un día que parecía de mierda pudiera resultar tan espectacular, tío. Este día va a ser inolvidable en mi vida, y, aunque sabes que te quiero mucho, desde hoy seguro, seguro, que vas a ser mi tío favorito para siempre jamás.

Se separó de mí y tomó conciencia de que estaba llena de mi corrida y se echó a reír.

–¡Cómo me has puesto, cochino…!, decía entre risas. –Tenías que haberte visto la cara cuando te corrías. Parecías un pez boqueando fuera del agua, ja, ja, ja…

–Pues tú parecías disfrutar tocándote, a juzgar por tu cara y tus pezones…, contraataqué.

–Pues sí, la verdad. Ha sido muy excitante. Alguna vez me he masturbado en casa pero esto ha sido muchísimo mejor, sin comparación.

Me abrazó de nuevo y al sentir sus pechos apoyados en mí noté cómo mi pene se excitaba de nuevo. Ella lo sintió también y no dudó en frotarse un poco.

–Tío, esto vuelve a cobrar vida… ¿Me dejas…?

Dejó la pregunta en el aire mirando fijamente mis ojos, al tiempo que su mano tentaba mi polla.

–Déjame que tu polla sea la primera que toco… déjame que mi primera paja te la haga a ti.

Con la boca seca, incapaz de articular palabra, solo podía dejarla actuar. Me quité la camiseta y el pijama y calzoncillo que todavía estaban a mis pies y me dispuse a lo que parecía irremediable.

Se sentó de nuevo en el sofá y, tomándome de la mano, me hizo acercar.

–Es mi primera vez, así que tendrás que enseñarme a hacértelo bien. Dime cómo cogerte la polla y cómo llevar el ritmo…

Su mano se apropió de mi pene y con un movimiento de vaivén empezó una de las pajas más excitantes de mi vida. El ritmo era perfecto; la presión, exacta.

La visión de la niña semidesnuda con los ojos fijos en mi aparato me excitaba sobremanera. Por momentos levantaba el rostro y me sonreía, preguntando si lo hacía bien. “Perfecto”, le decía. Y era verdad. En cada movimiento, mi glande aparecía y desaparecía de su vista, lubricado por el líquido preseminal que emanaba de mi polla próxima al desenlace. Llegaba el éxtasis y la avisé. Alzó la cara y aceleró el pajeo, y con tres o cuatro sacudidas sentí que me mareaba, y una explosión de placer inundó mi cerebro al tiempo que el semen brotaba a borbotones cubriendo de nuevo a mi sobrina, que reía ante el espectáculo de mi polla salpicando todo su cuerpo.

Cuando todo terminó la hice parar porque seguía subiendo y bajando su mano provocándome tal placer que me veía incapaz de seguir en pie.

Se miró la mano con la que me había masturbado y la vio chorreando de semen, y la acercó a su nariz, olisqueando el olor y sacando la punta de la lengua para probarlo. Un gracioso mohín me hizo ver que no le había agradado mucho, pero volvió a acercar su boca y esta vez fue más decidida y tomó parte del semen en sus labios y lo aspiró al interior, jugando con él en la lengua y tragándolo finalmente.

–No está mal…, dijo entre risas. –Leche calentita para tu sobrina.

Yo alucinaba con la escena. Había transformado a una niña en una pervertida.

Se levantó del sofá y me abrazó transfiriendo mi propio semen por mi pecho.

–Se está haciendo tarde, tío, y me tendré que marchar, pero primero me daré una ducha. Y tú también deberías. Te he puesto perdido de tu corrida, ja, ja, ja… ¿Lo hacemos juntos…?, dijo en un tono tan sensual que me iba a hacer perder la cabeza.

–No, dúchate tú mientras limpio el estropicio que hemos dejado por aquí.

No quería que un contacto estrecho en la ducha nos llevara a algo irreparable, no me lo perdonaría.

La acompañé al baño con una toalla limpia y me dispuse a recoger su ropa limpia del tendedor y a limpiar los restos de semen que llenaban el suelo y el sofá que había sido testigo de una de las sesiones de sexo más raras de mi vida.

En ello estaba cuando escuché que Aurora me llamaba desde el baño. Acudí con su ropa pensando que era lo que quería y me recibió desnuda en la ducha.

–¿Puedes ayudarme a lavar el pelo, por favor? No puedo quitar los pegotes de semen de tu corrida, ja, ja, ja…

No sabía si lo decía en serio o en broma, pero su risa me encantaba y estaba dispuesto a hacer lo que me pidiera. Me había puesto una camiseta limpia y el pantalón para salir a la terraza y me acerqué a ayudarla. Tomé la manguera de la ducha y mojé todo su cabello dejando que el agua escurriera por su cuerpo desnudo y esparciendo champú para lavar el rubio pelo de Aurora.

Desde que falleció mi esposa no había tocado a una mujer, y el contacto con el suave pelo de mi sobrina me hizo recordarla y una lágrima saltó de mis ojos. Aurora la vio y preguntó:

–¿Pasa algo, tío? No estés triste. No hemos hecho nada malo. Lo he pedido yo. No has forzado nada.

–No, cariño. Es que me he acordado de tu tía y ha sido solo eso.

–No tienes que atormentarte por lo que hemos hecho. No lo sabrá nunca nadie. Va a ser mi mayor secreto. Y el más bonito. Eres la mejor persona que he conocido en mi vida. Por las cosas que veo y escucho, cualquiera se hubiera aprovechado de la situación, y tú ni me has puesto un dedo encima. Te quiero, tío.

Las últimas palabras las pronunció entre sollozos, con gruesos lagrimones mezclándose con el agua de la ducha sobre su cara pecosa. Terminé de aclarar su cabello y se alzó dentro de la ducha mostrando su desnudo cuerpo empapado. Le acerqué la toalla y la cubrí con ella, abrazándola fuertemente al tiempo que la frotaba para secarle la espalda. Me separé y la dejé sola en el  baño. Al minuto salió totalmente desnuda con la ropa en la mano. Yo estaba en el sofá y se plantó delante de mí.

–Tío, ¿estoy buena?

–Aurora, tienes catorce años, eres una niña. Tienes que crecer y desarrollarte todavía. Pero sí, estás buena. Y lo vas a estar muchísimo más. Vas a ser un auténtico bombón.

–¿No lo dices por quedar bien?

–Es la verdad, cariño. Vas a romper los corazones que quieras.

–Pues muy mal, porque yo ahora solo quiero romper un corazón.

–Pues no me cabe duda de que lo conseguirás. Afortunado será el hombre que te consiga. Y te lo deseo con toda mi alma.

–Gracias, tío, te quiero.

–Y yo, preciosa.

Terminó de secarse el cabello y comenzó a vestirse. El tanga le tapaba lo justito para ocultar el rubio vello de su pubis. Dejó el sujetador metido en el bolso y ahora los pezones se marcaban en la camiseta. Pantalón y deportivas completaron el atuendo de adolescente que parecía no haber roto un plato en su vida.

La acompañé a la puerta y al despedirnos me dio un último abrazo, dos besos en las mejillas y un piquito que me pilló de sorpresa.

–Gracias otra vez. Eres el mejor.

Se dirigió al ascensor y antes de llegar giró la cara y dijo, guiñando un ojo:

–En cuanto se me pase la regla te hago otra visita…

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2 respuestas

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