agosto 24, 2025

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Viaje para reconectar con la naturaleza, y terminamos conectando nosotros

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El viaje empezó como cualquier otro, con la promesa de aire fresco y una escapada de la monotonía de la oficina. Mis amigos, una pareja a la que adoro, me invitaron a un fin de semana en las afueras. Él, con sus 36 años y una sonrisa que siempre parece esconder un secreto, y ella, con sus curvas generosas y una risa que llena cualquier habitación. Los quiero como a la familia, de verdad. Pero algo en el aire ese día era diferente, cargado con una electricidad que no supe descifrar hasta mucho después.

El camino fue largo, lleno de canciones a todo volumen y paradas improvisadas para comer en puestitos de carretera donde la comida grasienta sabe a gloria. Nos alojamos en un hotelito modesto, de esos que huelen a lejía y tienen las sábanas con ese tacto áspero de algodón barato, pero a nadie le importó. Compartimos una habitación con dos camas dobles, para ahorrar, y después de dejar las maletas, salimos a explorar.

La tarde se nos fue entre senderos polvorientos y selfies absurdos. Pero al caer la noche, de vuelta en la habitación, el ambiente comenzó a cambiar. Habíamos comprado una botella de vino tinto y la estábamos compartiendo, sentados en la alfombra gastada, riéndonos de tonterías. Él se recostó contra la cama y ella se acomodó entre sus piernas, con la espalda contra su pecho. Yo estaba frente a ellos, cruzada de piernas, y recuerdo que mi pie rozó accidentalmente el muslo de ella. En lugar de apartarlo, ella lo sostuvo con su mano, caliente y suave. «Qué pie más pequeño», murmuró, y su mirada se encontró con la mía. No era la mirada de siempre. Había una intensidad allí, un desafío silencioso.

El vino nos había relajado, soltando lenguas y inhibiciones. Él comenzó a masajearle los hombros a ella, y sus dedos se deslizaron hacia adelante, acariciando levemente la parte superior de sus pechos por encima del escote del vestido. Ella cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. «¿Te gusta?», le preguntó él, pero su mirada estaba fija en mí. Asentí, sin poder articular palabra, la garganta seca. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

Fue ella quien rompió el hechizo final. Se levantó con una fluidez sorprendente y se plantó frente a mí. «Siempre he querido saber cómo se siente tu piel», dijo, y sus dedos me tocaron la mejilla. Era una caricia tan íntima, tan fuera de lugar, que contuvo la respiración. Detrás de ella, él observaba, con los ojos oscuros y una sonrisa tranquila, como si todo estuviera sucediendo exactamente como lo había planeado.

Ella se inclinó y me besó. No fue un beso de amiga. Fue lento, profundo, explorador. Sabía a vino tinto y a la barra de labios que siempre usaba. Sus manos se enredaron en mi cabello mientras la mía, casi por voluntad propia, se aferraron a sus caderas amplias y generosas. Cuando nos separamos, jadeantes, él estaba justo detrás de nosotros. «Me estoy perdiendo lo mejor», murmuró contra mi nuca, y sus manos rodearon mi cintura, tirando de mí hacia atrás, contra su cuerpo. Podía sentir su erección, dura e inconfundible, a través de sus pantalones.

Fue un torbellino después de eso. Las manos por todas partes, la ropa volando por la habitación. Me tumbaron en la cama más cercana, las sábanas ásperas rozando mi espalda desnuda. Él se concentró en mi boca, besándome con una urgencia que me mareaba, mientras sus manos recorrían mis pechos pequeños, pellizcando mis pezones hasta hacerme gemir. Ella, por su parte, se dedicó a explorar mi cuerpo con su boca, bajando por mi estómago hasta llegar a mis muslos. Me abrió las piernas sin prisas y se hundió entre ellas, su lengua encontrando mi clítoris con una precisión devastadora. Era experta, sabía exactamente cómo mover la lengua, cómo succionar, cómo hacer que mis caderas se alzaran del colchón buscando más contacto.

Mientras ella me comía, él se colocó a un lado, y con una mano me guió la cabeza hacia su entrepierna. «Chúpamela, Val», ordenó, y su voz era áspera por el deseo. Lo hice, tomando su verga en mi boca. No era enorme, pero era gruesa, perfecta, y sabía a sal y a piel. Mientras yo me movía arriba y abajo, él gemía y sus dedos se enterraban en mi cabello. Ella no se detenía, y la sensación dual de su lengua en mi sexo y su verga en mi boca me estaba llevando al borde rápidamente.

Pero no me dejaron venirme. Él se retiró bruscamente y me dio la vuelta, poniéndome a cuatro patas sobre la cama. Ella se colocó frente a mí, ofreciéndome su sexo. «Ahora tú», jadeó, y me sumergí en ella, saboreando sus jugos, mientras sentía cómo él se posicionaba detrás de mí. La entrada fue un poco brusca, un golpe de calor y estiramiento que me hizo gritar contra el sexo de ella. Él comenzó a moverse, con embestidas profundas y regulares que hacían crujir la cama. Cada empujón me empujaba contra la cara de ella, y yo, atrapada entre los dos, era solo un torrente de sensaciones.

Cambiamos de posiciones como en un baile sucio y perfecto. En un momento, ella estaba debajo de mí, y yo le lamía los pechos operados, grandes y firmes, mientras él me penetraba por detrás, agarrándome de las caderas con fuerza. En otro, yo estaba montada sobre él, cabalgándolo mientras miraba cómo ella se masturbaba a un lado, con los ojos fijos en cómo su verga entraba y salía de mí. El sonido de nuestros cuerpos sudorosos chocando, nuestros gemidos y jadeos, llenaban la habitación barata, transformándola en el lugar más lujurioso del mundo.

Finalmente, él me tumbó de espaldas y abrió mis piernas. «Quiero verte venir», gruñó, y comenzó a follarme con una intensidad feroz, mientras ella se inclinaba para besarme y masajeaba mis pechos. Yo estaba tan cerca, tan increíblemente cerca. «Dame tu leche», le supliqué, y eso lo empujó por el precipicio. Con un gruñido ronco, se vino dentro de mí, caliente y profundo, y ese sentimiento, combinado con los dedos de ella trabajando mi clítoris, me hizo estallar. Mi orgasmo fue violento, un terremoto que me sacudió hasta los dedos de los pies, gritando su nombre y el de ella en un delirio.

Nos derrumbamos, los tres, en un montón de extremidades entrelazadas y aliento entrecortado. El silencio solo era roto por nuestros jadeos. La habitación olía a sexo, a sudor y a nosotros. Nos miramos, sin saber muy bien qué decir, pero con una sonrisa tonta y cómplice en nuestros labios. La amistad ya nunca sería la misma, pero en ese momento, exhaustos y satisfechos, eso parecía un precio justo a pagar.

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