enero 29, 2026

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Una visita al sobandero

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Mi nombre es Bárbara, tengo 20 años y aquí les comparto lo más bizarro que me ha pasado en la vida.

Siempre me ha gustado mantenerme en forma: voy al gym, corro casi todos los días… pero hace una semana, mientras corría, pisé una piedra mal y me doblé el pie. Esguince de tobillo. Fui al médico, me recetó desinflamatorios y reposo, pero seguía sin poder apoyar el pie sin que me doliera horrible.

Mi novio no paraba de insistirme: “Ve con el sobandero, yo siempre voy con él, es muy bueno”. La verdad, yo siempre he visto esas cosas como pura charlatanería, pero entre la insistencia de él y que no mejoraba nada, terminé cediendo.

Ese día mi novio no pudo acompañarme por trabajo. Llegué a la dirección que me dio, temprano, como a las 10 de la mañana. Ya había gente esperando afuera y, conforme pasaba el tiempo, seguía llegando más. Entré y me senté en una de las tres sillas que había frente a una cortina que hacía de puerta. Desde ahí se escuchaban los gritos de dolor de los que estaban adentro, las pláticas del sobandero, y cada vez que se movía la cortina con una ráfaga de aire o cuando alguien salía, se alcanzaba a ver un poco.

Cuando por fin fue mi turno, entré. Había una cama quiropráctica, un Cristo de la Columna enorme de como dos metros y el sobandero: un señor de unos 60 años, barba blanca toda desarreglada, ropa vieja y los ojos bien birolos. En mi cabeza pensé: “¿Qué chingados hago aquí?”.

Le expliqué lo del tobillo, me lo vio, me tocó y me dijo muy serio: “Solo tienes aire atrapado. Necesito que te quites la licra para poder tronar ese aire”. Yo ese día traía leggins y tanga de encaje (como siempre me gusta andar cómoda), así que le pregunté incrédula: “¿Es necesario quitarme todo el leggins?”. “Sí, como te digo, tienes aire y necesito que no traigas nada porque ese aire te lo voy a tronar en la rodilla. Mis manos son como imanes y la ropa estorba”.

Me dio una canastilla para guardar la ropa y, resignada, me quité los leggins. Quedé ahí parada frente a él solo con mi tanga de encaje negra. Me sentó en la cama, me agarró el tobillo, lo tronó fuerte y luego me dobló la rodilla hasta que también tronó. Me dijo: “Camina”. No lo podía creer: el dolor se había ido por completo. “Salta”. Salté y nada, cero dolor..

Después me explicó que tenía mucho estrés acumulado y que me vendría bien un masaje para soltar todo. Yo, todavía impresionada de que me había quitado el dolor así de fácil, le dije que sí sin pensarlo mucho. Me pidió que me quitara la camisa y el sostén. Quedé solo con la tanga puesta.

No podía creer la situación: yo encuerada frente a un señor panzón que me doblaba la edad. Empezó el masaje y… fue tan relajante, tan hipnótico, que me dejé llevar por completo. Mientras me masajeaba la espalda y los costados, sus dedos se colaban por debajo de la tanga, jalándola con fuerza hacia arriba para que la tela me partiera los labios de la panocha, apretando justo en el clítoris. Cada jalón me hacía soltar un gemidito que no podía contener.

Luego sacó una crema, me la untó en los pezones y empezó a frotarlos con los pulgares en círculos lentos y firmes. La sensación era eléctrica: los pezones se me pusieron duros al instante y cada roce me provocaba espasmos incontrolables por todo el cuerpo, como si me estuviera electrocutando de placer.

Me puso en cuatro y ahí fue cuando sentí cómo abría mis nalgas con las dos manos, separándolas despacio, exponiéndome por completo. Su dedo seguía rozando mi ano, ahora con más presión, más insistencia. Fue una sensación extraña, nueva, que me encendió de una forma que nunca había sentido. En mi cabeza solo pensaba “métemelo, por favor”. Terminó provocándome un orgasmo ahí mismo, intenso, inesperado, con todo el cuerpo temblando.

Me quedé con una mezcla de pena, vergüenza y una necesidad brutal de que me la metiera. Por suerte logré controlarme, porque si no… no sé cómo hubiera salido de ahí con la dignidad destrozada después de haberme dejado llevar así con un viejito. Por suerte no pasó del manoseo pero sin duda lo más random y bizarro que me ha pasado en la vida.

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