Por
Una Puta en el Gimnasio
Bueno, no sé si esto es normal, la verdad. Pero a mí me recontra gusta. Lo voy a decir así de una vez: soy una puta en el gimnasio. Y me encanta.
Tengo 30 años, soy de acá, de Buenos Aires, y voy al mismo gym hace como tres años. Al principio iba como va todo el mundo, con leggings normales, una remera holgada, enfocada. Pero después… después empecé a notar las miradas. Y no me molestaron. Al contrario.
Ahora, mi ritual empieza antes de salir de casa. Me paro frente al espejo y me pruebo las licras. Tengo unas negras que son una segunda piel. Literal. No uso bombacha abajo. Nada. Me miro de costado y se me marcan los labios de la concha. Todos. Hasta el pliegue de arriba. Lo veo y se me humedece ahí mismo. A veces, si estoy con más ganas, me pongo un plug anal. Chiquito, de metal, pero que se siente. Y que se nota un poquito si miro bien en el espejo cuando me agacho.
Llego al gym con un buzo largo, pero abajo ya estoy lista. Voy directo al sector de piernas. Siempre. Porque ahí están todos los tipos, los que levantan pesado, los que tienen el culo duro de tanto entrenar. Me saco el buzo y quedo ahí, en licra negra y un top deportivo que es más corpiño que otra cosa. Se me marcan los pezones. Siempre. Son como dos puntitos duros apretando contra la tela.
Empiezo con sentadillas. Me paro frente al espejo grande, con la barra en la espalda, y me agacho. Lento. Siento como la licra se me estira y se mete entre las nalgas. Sé que se me marca todo. El culo, la concha, todo. Y miro a través del espejo. Hay un tipo, Martín, que siempre está por ahí. Tiene como 35, es pelado, con unos brazos enormes. Lo veo. Él no está mirando el espejo, está mirándome a mí, directamente. A mi culo.
Bajo más. Hasta abajo. Siento el plug que se ajusta adentro. Es una sensación rara, llena. Agarro aire y subo. Repito. A la tercera repetición, veo que Martín se ajusta el short. Se le está marcando algo. Me muevo para el lado de las prensas.
En la prensa, es todavía mejor. Me acuesto, pongo los pies en la plataforma y empujo. Desde ese ángulo, cualquiera que pase por delante puede verme todo. El hueco de las piernas, la licra oscura y pegada donde no llevo nada. Hoy pasó un pibe nuevo, joven, de esos que se creen mucho. Pasó, miró, y se le fue la vista derecho ahí. Se tropezó con una pesa rusa. Me reí por dentro.
Después de piernas, voy a las máquinas de espalda. Ahí tengo que inclinarme. Me encorvo para agarrar la polea baja y, de nuevo, se me marca el culo perfecto. Siento que estoy mojada. No un poco, mucho. La licra debe tener una mancha oscura. La idea me prende más.
Martín se acercó. Estaba sudando. Olía a hombre, a desodorante y a esfuerzo. Se paró a mi lado, como buscando una mancuerna.
“Buen trabajo”, dijo. No mirándome a los ojos. Mirándome las tetas.
“Gracias”, le dije. “Vos también le metés fuerte”.
“Se necesita para distraerse”, contestó. Su voz era grave. “A veces hay demasiadas… distracciones”.
“¿Como cuáles?”, pregunté, y me estiré, arqueando la espalda. Mi top se subió un poco. Le mostré un poco de piel.
“Como vos”, dijo, directo. No sonrió. Sus ojos me atravesaron.
No dije nada. Sonreí y me fui a tomar agua. En el bebedero, me agaché mucho. Sabía que él me seguía con la mirada. Sentí el aire en la espalda baja. Cuando me enderecé, me encontré con él ahí, a medio metro.
“Te gusta, ¿no?”, me dijo. Bajo, para que los demás no escuchen.
“¿El qué?”, dije, inocente.
“Que te miren. Que te vean. Te ponés eso a propósito”.
“¿Y si es a propósito?”, le devolví. Le tomé un sorbo a la botella. El agua se me resbaló por el cuello y me mojó el pecho. Él lo siguió con los ojos.
“Entonces sos una nena muy mala”, dijo.
“Podés decirme puta. No me ofendo”.
Él respiró hondo. Su pecho se infló. “Bueno. Sos una puta. Y tenés a todo el gimnasio con la pija dura”.
Esa frase me llegó directo a la entrepierna. Sentí un chorro de humedad. “¿Incluida la tuya?”, pregunté.
En vez de contestar, miró para los costados. El gimnasio estaba medio vacío, era la hora de la siesta. Solo un viejito en la cinta y el chico nuevo en el banco de pecho.
“Vení”, dijo.
“¿Adónde?”
“Al baño de hombres. Ahora”.
Mi corazón latió fuerte. Pero no dije que no. Dejé mi botella y lo seguí. Caminó directo al baño, que está al fondo, cerca del área de staff. Abrió la puerta, revisó que no hubiera nadie, y me jaló adentro.
El olor a cloro y a limpiapisos era fuerte. Estábamos en un cubículo de discapacitados, el más grande. Cerro la puerta con llave.
“Acá”, dijo, y me dio la espalda. Se sacó la remera. Tenía la espalda ancha, llena de músculos y de venas marcadas. Se dio vuelta. Tenía el torso duro, con pecho y abdomen marcado. Y el short deportivo… se le marcaba una cosa enorme. Un bulto que no podía esconder.
“Mirá lo que me hiciste”, dijo. “Todo el entrenamiento no pude pensar en otra cosa que no sea tu culo en esas licras”.
“¿Y qué vas a hacer ahora?”, pregunté. Mi voz sonaba rara, excitada.
“Esto”, dijo. Se acercó, me agarró de la cintura y me dio un beso. Fue bruto. Con dientes. Me apretó contra la pared fría de los azulejos. Yo le agarré la nuca y le devolví el beso. Su mano bajó, directo a mi culo. Apretó fuerte.
“No tenés nada abajo”, gruñó contra mi boca.
“Te dije que era puta”, jadeé.
Sus manos me agarraron de las nalgas y me levantaron. Yo le enganché las piernas en la cintura. Él me sostuvo como si nada. Con una mano, se bajó el short y la ropa interior. Sacó la pija. Era grande. Más de lo que pensé. Gruesa, con la cabeza bien roja. Me la frotó contra la licra, en mi concha.
“La querés”, dijo. No era una pregunta.
“Sí”, gemí.
“Pedimela”.
“Dámela. Metemela”.
Él no perdió tiempo. Con la otra mano, me acomodó la licra a un costado. La tela se estiró y se corrió. Sentí el aire en mi piel mojada. Y después, sentí la punta de su pija, caliente y dura, presionando.
Me metió de una. Hasta el fondo. Grité, pero él me tapó la boca con su mano. “Cállate, puta”, dijo, pero no enojado. Excitado.
Empezó a moverme arriba y abajo, usando su fuerza para levantarme y bajarme sobre su pija. Yo me aferré a sus hombros. Cada vez que bajaba, sentía que me abría, que me llenaba. Se la sentía toda. El sonido era húmedo, obsceno. Él respiraba fuerte, gimiendo bajito.
“Te gusta que te coja en el baño del gym, ¿eh? Después de andar mostrándote a todos”.
“Sí”, gemí. “Sí, me gusta”.
“¿Te gusta ser mi puta?”
“Tuya, de quien quieras”, dije, y era la verdad en ese momento.
Eso lo hizo enloquecer. Me dio más rápido, más duro. Yo tenía la cabeza contra los azulejos, mirando el techo, sintiendo como esa pija me destrozaba por dentro. El plug anal, todavía adentro, se movía con cada embestida, dándole otra sensación.
“Me voy a venir”, avisó, con la voz quebrada.
“Adentro”, le pedí. “Quiero sentir tu leche”.
Sacudió la cabeza. “No. Te la merecés en la cara. O en esas tetas que tanto mostrás”.
“Donde quieras”, repetí, y en ese momento yo también estaba por llegar.
Él me bajó de golpe. Me hizo arrodillar en el piso frío. Agarró su pija y se la empezó a jalar, rápido, apuntando a mi cara.
“Abrí la boca, puta”.
La abrí. Cerrando los ojos. El primer chorro me dio en la lengua. Caliente, espeso, salado. Tragué. El segundo me dio en el labio. El tercero me cayó en la barbilla y en el pecho. Me corrí yo también, en seco, sin tocarme, solo con el pensamiento de lo que estaba pasando.
Jadeamos los dos. Él se limpió con un papel. Yo me quedé ahí, arrodillada, con su leche en la boca y en la piel. Me pasó un papel.
“Acá termina esto”, dijo, poniéndose la ropa. “No quiero drama”.
“No hay drama”, dije, y me paré. Me acomodé la licra. Se sentía pegajosa por dentro. “Gracias por el buen entrenamiento”.
Él casi se ríe. “Loco”, murmuró. “Vos estás loca”.
Salí del baño primero. Cinco minutos después, salió él. Volví al sector de máquinas, como si nada. Terminé mi rutina de espalda. Él se fue a las pesas libres.
Nos cruzamos una vez más, cuando yo me iba. Me puse el buzo. Él estaba tomando agua.
“Hasta la próxima”, le dije.
“No va a haber próxima”, dijo, pero no me convenció.
“Sí la va a haber”, le contesté. “Porque vos también sos un pervertido. Y te gustó”.
No dijo nada. Pero cuando salí, sentí su mirada en mi culo hasta que dio vuelta la esquina.
Ahora, cada vez que voy al gym, me pongo las licras sin nada. Y miro a ver si él está. Y él siempre está. Y a veces, cuando el gimnasio está casi vacío, me manda un mensaje con los ojos. Y yo sé que en cualquier momento, me va a decir “vení” de nuevo. Y yo voy a ir. Porque soy una puta. Y me encanta.


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