¿Un trío con otro hombre?
Esta es una de esas historias que solo comparto con mis panas más cercanas, porque la cosa tiene su tela. Imagínate, yo, Cristina, la que siempre tiene la palabra lista y el chiste a mano, quedarme muda como una tipa. Así me pasó hace unos días.
Todo viene de un viaje a la playa. Marico, tú sabes cómo son esas cosas. Sol, arena, ron barato y ese calor que te pone la piel sensible y la cabeza liviana. Mi novio, José Luis, un tipo buenísimo por donde se le mire, me llevó a un resort todo incluido para celebrar nuestros casi once meses. Once meses, ¿te das cuenta? Casi un año. Y en la cama, te juro, cero quejas. El tipo sabe lo que hace. Tiene unas manos que te derriten y una verga que… bueno, eso es para otro cuento.
Total, que esa noche terminamos en la habitación, con la ventana abierta para que entrara el sonido del mar. Estábamos borrachos, felices, y la cosa se puso caliente. Empezamos como siempre, con besos largos, esas caricias que te encienden desde los dedos de los pies. Yo ya le estaba bajando el short, ansiosa por sentir ese güevote que tanto me vuelve loca.
En un momento, me puso boca abajo, en la posición que a él le encanta, y empezó a darme por detrás. Y ahí, con el sonido de las olas de fondo y los dos jadeando, me soltó la bomba.
“Cris,” me dijo, con la voz ronca por el deseo y el ron. “¿Alguna vez has pensado en un trío?”
Yo, en medio del trance, con el placer subiéndome como la marea, no procesé bien.
“¿Un qué?” le contesté, medio gimiendo.
“Un trío. Con otro hombre. ¿Te gustaría?”
Marico, te juro que en ese segundo se me enfrió la pepa. Bueno, no del todo, porque él no había parado de moverse, pero la mente se me fue a otro lado. ¿Qué carajo estaba diciendo? ¿A él le gustaría verme con otro tipo? ¿En su presencia?
“No,” le solté, casi por reflejo. “Eso no.”
Él no insistió. Siguió moviéndose, terminó lo que había empezado, y los dos nos vinimos como siempre, abrazados y sudados. Pero la semilla ya estaba ahí, plantada en mi cabeza.
Desde ese día, no he parado de darle vueltas al asunto. Primero, la parte lógica: ¿por qué? ¿Será que no le gusto? ¿Que quiere algo más? Pero eso no tiene sentido. El tipo me mira como si fuera el mejor plato del bufé, me come a besos en público, me manda mensajes dulces. El sexo es espectacular. Entonces, ¿de dónde sale esa idea?
Después, empecé a pensar en la otra parte. La parte morbosa. Porque vamos a ser sinceras, a mí la idea de dos hombres a la vez… no es que no me haya pasado por la cabeza. ¿A qué mujer no, pana? En mis tiempos más salvajes, antes de conocer a José Luis, hasta me llegaron a proponer vainas así, pero nunca me atreví. Por miedo, por tabú, no sé.
Pero ahora, con él… es diferente. Él no es un random. Es mi hombre. Y si él me está diciendo que le gustaría verme… ¿qué quiere decir eso? ¿Que le excita compartirme? ¿Que tiene una fantasía bien específica ahí guardada?
Anoche, no aguanté más. Después de una cena tranquila en casa, con una botella de vino ya medio vacía, le solté el tema.
“Oye, José Luis. Esa vaina que me dijiste en la playa. Del trío. ¿En serio?”
Él se quedó mirándome, con ese aire calmado que siempre tiene. “Sí. En serio.”
“¿Y por qué? Explícamelo, porque me tiene la cabeza dando vueltas.”
Se acomodó en el sofá, me tomó de la mano. “Mira, Cris. No es que no me gustes. Al contrario. Es porque me gustas tanto, porque te veo tan hermosa, tan sexy, que a veces me imagino cómo te verías con alguien más. Cómo te entregarías. Y la idea de verte disfrutar, de verte en ese extremo… me prende. Pero solo si es con tu consentimiento, obvio. Y si a ti también te llama la atención.”
Yo me quedé callada, procesando. No era que me quisiera prestar como un objeto. Era… una admiración extrema. Un morbo compartido.
“¿Y no te daría celos?” le pregunté.
“Puede que sí, un poco. Pero también excitación. Sería como… ver la película más hot de tu vida, pero en vivo.”
Eso me hizo reír. “Marico, qué símil más arrecho.”
Pero la cosa no quedó ahí. Él se acercó más, me puso una mano en la rodilla. “Piénsalo. Sin presión. Si alguna vez te pica la curiosidad… ya sabes.”
Y esa noche, en la cama, las cosas fueron distintas. No hicimos el amor como siempre. Fue más lento, más intenso. Sus manos me recorrían como si fuera la primera vez, y sus besos tenían una pregunta nueva. Yo, por mi parte, me dejé llevar, pero con la mente en otra parte. Me imaginé, por un segundo, que había otra persona en el cuarto. Otro par de manos en mi cuerpo. Otra boca en mis pechos. Otra verga…
Ay, no joda, se me mojó la pepa solo pensarlo.
Le di la espalda, en la oscuridad, y me quedé mirando la pared. José Luis ya roncaba suavemente. Y yo, con los ojos abiertos, me puse a fantasear en serio.
Imaginé que el tipo era alguien que no conocemos. Un extranjero, quizás. Alto, musculoso, con una sonrisa peligrosa. José Luis estaría ahí, observando al principio, tal vez tocándose. Yo estaría nerviosa, pero excitada. El desconocido se acercaría, me besaría, y yo miraría a José Luis para ver su reacción. Él me sonreiría, asintiendo, dándome permiso.
Las manos del extraño me bajarían el vestido. Mis tetas quedarían al aire, y él se lanzaría a chuparlas, mientras José Luis veía todo, con los ojos brillando. Luego, el tipo me pondría de rodillas y me daría su verga para que se la chupara. Yo la miraría, grande y gruesa, y abriría la boca. Sentiría el sabor a hombre, diferente al de José Luis. Escucharía la respiración de mi novio, cada vez más pesada.
Después, me pondría a cuatro patas. El desconocido se pondría detrás de mí y me la metería. Yo gritaría, porque sería grande, y sentiría cómo me llenaba de una manera distinta. Pero al mismo tiempo, vería a José Luis acercarse, frente a mí, y poner su verga en mi boca. Yo la tomaría, familiar, querida, y los dos empezarían a moverse al mismo ritmo, usándome, llenándome por los dos lados.
En mi fantasía, los gemidos eran de los tres, una mezcla de voces y jadeos. Los cuerpos brillaban de sudor. Yo, en el medio, volaba, sintiendo un placer que nunca había experimentado. Sería como ser el centro del universo, la diosa de su deseo combinado.
Y al final, los dos se vendrían. Quizás los dos en mi boca, o uno adentro y el otro afuera. Yo me correría también, por supuesto, un orgasmo brutal que me dejaría temblando por horas.
Cuando salí de mi fantasía, estaba jadeando en silencio, la tanga empapada. José Luis seguía dormido. Me di la vuelta y lo abracé, sintiendo su calor. Él gruñó dormido y me apretó contra su pecho.
Al día siguiente, en el trabajo, mientras le hacía las cejas a una clienta, la cosa no se me iba de la cabeza. ¿Era normal? ¿Había parejas que hacían eso y seguían felices? Por un lado, me daba miedo. Podría cambiar todo. Podría despertar celos terribles, o herir nuestros sentimientos. Pero por otro lado… la curiosidad me estaba matando. La posibilidad de vivir algo tan intenso, tan prohibido, con el hombre que amo de testigo y partícipe… marico, qué tentación.
Así que aquí estoy, contándote esto. Porque necesito sacármelo del pecho. José Luis me dio el espacio para pensarlo, sin presiones. Y yo, la verdad, no sé qué voy a hacer. Una parte de mí, la Cristina segura y callejera, dice: “¡Hazlo, mujer! ¡Es una experiencia única!”. La otra parte, la que se ha encariñado con esta relación tan chévere, dice: “No arriesgues lo bueno por un rato de locura.”
Pero te confieso algo. Anoche, mientras veíamos una película, le agarré la mano y se la puse en mi muslo. Le miré a los ojos y le dije: “Sigue contándome de esa fantasía tuya. Quiero saber todos los detalles.”
Él sonrió, una sonrisa lenta y picara. Y empezó a hablar. Y mientras hablaba, su mano subía por mi muslo, bajo mi falda. Y yo, marica, no lo detuve.
Así que quién sabe. Quizás en la próxima conversación, ya no estemos hablando. Quizás estemos buscando un candidato en alguna app rara. O quizás todo quede en fantasía y morbo, que también es rico.
Lo que sí te digo es que esta pepa ya está tomando la decisión por mí. Porque cada vez que pienso en eso, se moja sola. Y eso, mi amor, casi siempre es una señal.


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