Por
Un desastre en el gym
Hola mis amores! Ay, no tienen idea de lo que me acaba de pasar, estoy todavía temblando, y tengo que limpiar todo esto, pero primero les cuento que porque esto no me lo puedo guardar, ¡que ricooo!
Bueno, saben que yo trabajo en el gym, no? Ay, sí, soy la que administra y a veces limpia cuando hay desastre, y hoy… uff, hoy fue un desastre de los buenos.
Todo empezó como a las siete de la noche. Ya casi cerraba, había poca gente. Mi novio, el Bryan, el que tiene once años menos que yo, me había dicho que iba a venir a buscarme para salir a cenar. Pero se demoró, el muy… bueno, en fin.
Estaba yo en la recepción, viendo las redes, aburrida. Y entró él. Ay, Dios mío. Un chico, no me acuerdo el nombre, pero es nuevo. Viene hace como dos semanas. Es… ay, es delicioso. Tiene como veintipico, unos 25 quizás. Alto, moreno, con unos brazos que no te cuento, de tanto levantar pesas. Y esa mirada… esa mirada que te atraviesa.
Ese día estaba con un short cortito de esos de licra, negro, que se le marcaba todo. TODO. Y una camiseta sin mangas. Se me acercó a la recepción.
“Hola”, me dijo. Tenía una voz grave, ronca, como de tanto hacer ejercicio.
“Hola”, le dije yo, tratando de sonar normal. “¿Todo bien?”
“Sí, todo bien. Pero hay un problema con la máquina de pecho. La de inclinada. Está como… pegajosa”.
Me reí. “Pegajosa? Qué le echaste, gaseosa?”
“No”, dijo él, y me miró directo a los ojos. “Pero capaz que vos sabés qué es”.
Esa frase me paró el corazón. Lo miré. Él no sonreía. Era serio.
“No sé qué me decís”, dije, pero mi voz sonó rara.
“Vení a ver”, dijo, y se dio vuelta para ir a la sala de máquinas. Yo, como tonta, lo seguí. La sala estaba casi vacía. Solo un viejito en la caminadora al fondo, con audífonos.
Llegamos a la máquina de pecho inclinada. Él la señaló. El asiento, el respaldo… estaba manchado. Como con algo blanco, seco. Y húmedo en partes.
“Mirá”, dijo él. Y puso su dedo en una mancha blanca, la frotó. “No es gaseosa, ¿no?”
Yo me quedé ahí, mirando. Mi boca se secó. “No… no parece”.
“No”, dijo él. Y se acercó a mí. Ahora estábamos solos en ese rincón, el viejito no nos veía. “Parece otra cosa. Algo que sale de los hombres cuando se excitan”.
“Podría ser”, dije, casi en un susurro. Sentía un calor en todo el cuerpo.
“Vos me excitas”, dijo él, sin rodeos. “Desde que te vi la primera vez. Con ese short que te ponés a veces, ese rosado, que se te mete entre las nalgas… no puedo dejar de mirarte”.
Ay, no me lo dijo, no me lo dijo. Yo sentí que la entrepierna se me prendía fuego.
“Y qué pensás hacer?”, le pregunté, desafiante, aunque por dentro temblaba.
“Lo que vos me dejes”, dijo. Y alargó la mano. Me tocó el brazo. Su mano era grande, caliente. “Pero acá no da. Hay cámaras”.
“El baño de discapacitados”, dije yo, rápido, sin pensarlo. “No tiene cámara. Y casi nadie lo usa”.
Él sonrió. Por primera vez. Una sonrisa de lobo. “Vamos”.
Caminamos rápido, separados, como si nada. Yo iba delante, él atrás. Entré al baño, él entró detrás de mí y cerró la puerta con llave. El baño es chiquito, apenas cabe uno, pero con dos estábamos apretados.
Ni bien cerró, me empujó contra la pared. Me besó. Fue un beso salvaje, con hambre, con los dientes chocando. Yo le respondí igual, metiéndole la lengua, agarrandolo del pelo corto. Sus manos bajaron a mi culo, me apretaron con fuerza a través del short de entrenamiento que yo traía.
“Quiero verte”, jadeó él, separándose. “Quiero verte toda”.
Yo, sin dudar, me bajé el short y la tanga de una. Él se bajó ese short de licra y… ay, Dios santo. Lo que tenía ahí. Era… no, no puedo. Era enorme. Largo, grueso, con las venas marcadas. Parado, palpitando. Hermoso.
“Qué te parece?”, preguntó él, orgulloso.
“Delicioso”, dije yo, y me arrodillé ahí mismo, en el piso del baño que no estaba muy limpio, pero qué importaba. Lo agarré con las dos manos y me lo metí a la boca entero. Él gimió. “Así, así, chupamela toda”.
Y yo lo hice. Me la tragué hasta la garganta, ahogándome, sintiendo su sabor a sal, a hombre, a pura testosterona. Mis manos le acariciaban los huevos, que eran peludos y apretados. Él se movía, metiéndosela más adentro, y yo la sentía golpear en mi garganta.
“Pará, pará”, dijo él, y me levantó. “Yo te quiero dar a vos ahora”.
Me dio la vuelta y me puso contra el lavatorio. Me abrió las piernas con sus manos. “Apoyate”, ordenó. Yo me incliné sobre el lavatorio, viendo mi cara en el espejo, colorada, los labios hinchados. Él se puso detrás y, sin avisar, me la metió.
Grité. Fue un solo empujón, seco, duro. Me llenó toda. “Dios, qué grande”, gemí.
“Callate y gozala”, dijo él, y empezó a cogerme. Fuerte, rápido, cada embestida hacía que el lavatorio se moviera y golpeara contra la pared. El sonido era bestial. Los gemidos míos, los suyos, el chasquido húmedo. Yo miraba en el espejo cómo su cuerpo, sudado, se movía detrás de mí, cómo me agarraba de las caderas y me empujaba contra él.
“Decime que sos una puta”, me dijo al oído.
“Soy una puta”, gemí.
“Decime que tu novio no te da así”.
“No… no me da así”.
“Esta leche es para vos, ¿sabés? Me vine pensando en vos en la máquina. Por eso está sucia”.
Eso me volvió loca. Pensar que se había corrido por mí, pensando en mí… “Dámela ahora, dámela toda adentro”, le rogué.
Él apretó el ritmo. Ya no podía hablar, solo gruñía. Yo sentía que me estaba por venir, la sensación se acumulaba en el estómago.
“Voy a…”, avisó él.
“Sí, sí, adentro!”
Y con un gruñido largo, profundo, lo sentí. Sentí cómo su verga se ponía aún más dura, y luego los espasmos, y el chorro caliente de su leche dentro de mí. Eso me hizo venir a mí también, un orgasmo que me sacudió todo el cuerpo, temblando, gritando contra el espejo.
Nos quedamos ahí, pegados, jadeando. Él todavía dentro de mí. Después de un rato, se sacó. Yo me di vuelta y lo miré. Los dos estábamos hechos un desastre.
“Hay que limpiar”, dije yo, riéndome nerviosa.
“Sí”, dijo él. “Y no solo el baño”.
Salimos del baño, separados otra vez. Él se fue a la ducha. Yo fui a la recepción a buscar trapos y limpiavidrios. Cuando volví a la sala de máquinas, él ya se había ido.
Pero ahí estaban las máquinas. No solo la de pecho. Vi la de piernas, el banco plano… varias tenían manchas. Blancas, secas. Él no había sido el único. Quizás otros, viéndonos, escuchándonos… ay, no quiero ni pensarlo.
Ahora tengo que limpiar todo esto. Y mi novio me está escribiendo que ya viene. Y yo… yo todavía siento su leche chorreándome por las piernas, debajo del short. Y sonrío. Porque fue delicioso. Porque mi novio, el pobrecito, no tiene idea de la cornuda que tiene.
Y porque… quién sabe. Quizás mañana el chico nuevo vuelva al gym. Y quizás haya otra máquina “pegajosa” que revisar. ¡Ay, que ricooo!


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