febrero 5, 2026

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Trío Salvaje en mi Apartamento

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Resulta que conocí a un tipo, Luis. Un cliente nuevo en el centro estético. Vino para un tratamiento, y desde el momento en que entró, el aire se puso pesado, sabes. Tenía esa mirada tranquila pero intensa, de esas que te recorren de arriba abajo sin disimular. Y yo, con mi bata de trabajo, sintiéndome como si estuviera en ropa interior bajo esa mirada.

Le hice el tratamiento, hablamos de vainas normales, pero la química ahí estaba, dando vueltas como un zumbido. Al final, cuando ya se iba, me soltó: «Oye, y qué haces cuando terminas aquí? Te gusta tomar algo?».

Yo me reí. «A veces. Depende de con quién».

«Conmigo te gustaría», dijo, y no era una pregunta. Era un hecho.

Y así fue. Esa misma noche quedamos en un bar tranquilo. Un par de cervezas, mucha risa, y una conversación que de pronto se puso caliente. Él hablaba claro, sin rodeos. Le gustaba el sexo fuerte, dominante, pero con inteligencia. No el bruto, sino el que sabe lo que hace.

«Yo tengo una fantasía», me dijo en un momento, acercándose por encima de la mesa. «Pero es medio heavy. No se la cuento a cualquiera».

«Cuéntamela a mí», le dije, y me tomé el último sorbo de mi cerveza. «A mí no me asusta nada».

«Me gustaría compartirte», dijo. Sus ojos no se apartaban de los míos. «Con un amigo. Los dos a la vez. Verte en el medio, usada, llena. Pero con tu permiso. Con tu gusto».

Marica, en ese momento sentí que la pepa me hacía click. Un calor instantáneo. No era la primera vez que pensaba en eso, pero nadie me lo había planteado así, tan directo, tan serio.

«¿Y tu amigo?», pregunté, tratando de sonar tranquila.

«Es como yo. Discreto. Sabe lo que hace. Y le gustaría conocerte».

Quedamos para el sábado siguiente. En mi apartamento. Yo estuve nerviosa toda la semana, no te voy a mentir. El viernes fui y me compré una lencería nueva. Un conjunto negro, de encaje, con un corpiño que me levantaba las tetas hasta el cielo y una tanga que era más hilo que tela. Me miré al espejo y hasta yo me dije: «Diablo, Cristina, tú sí estás buena».

El sábado llegó. Yo tenía la casa impecable, unas velas prendidas, y un trago fuerte para los nervios. Luis llegó primero. Con una botella de vino y esa sonrisa que me derretía.

«Lista?», me preguntó.

«Listísima», dije.

Su amigo, Gabriel, llegó diez minutos después. Cuando abrí la puerta, casi me da un patatús. El tipo era… bueno, era hermoso. Moreno como Luis, pero más alto, más ancho de espalda. Tenía una barba cuidada y unos ojos claros que me miraron como si ya me conocieran de toda la vida.

«Gabriel», dijo, y me dio la mano. Su mano era grande, caliente.

«Pasa», le dije, y noté que mi voz sonó un poco ronca.

Los tres nos sentamos en el sofá. El vino corrió. La conversación fue fácil, chistes, anécdotas. Pero la tensión sexual en la sala era tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo. Yo sentía las miradas de los dos en mí, en mis tetas, en mis piernas. Me había puesto un vestido corto, para la ocasión.

En un momento, Luis puso la mano en mi muslo. «¿Y, Cristina? ¿Sigue pareciéndote la idea?».

Miré a Gabriel. Él me sonreía, esperando. Su mirada no tenía prisa, solo deseo.

«Sí», dije. «Me parece».

«Entonces no hay que esperar más», dijo Gabriel. Y se levantó. Se acercó a mí, me tomó de la mano y me hizo levantar. «Quiero verte».

Luis se puso de pie también. Los dos me rodearon. Gabriel me tomó la cara y me besó. Fue un beso profundo, lento, explorador. Mientras, las manos de Luis desabrocharon la espalda de mi vestido. La tela cayó a mis pies. Quedé en la lencería nueva.

«Uff», dijo Gabriel, separándose del beso para mirarme. «Estás espectacular».

Luis me giró hacia él y me besó a mí ahora, mientras Gabriel, por detrás, empezó a desabrochar el corpiño. Sentí cómo se soltaba, y luego las manos de Gabriel en mis tetas, grandes y ásperas, apretándolas, tocando mis pezones que ya estaban duros como piedritas.

«En la cama», dijo Luis, y los dos me guiaron hacia mi habitación.

Ahí, bajo la luz tenue, todo fue más real. Me acostaron en el centro de la cama. Gabriel se subió sobre mí, besándome otra vez, mientras Luis empezó a bajar mi tanga. La quité con ayuda de mis pies.

«Quiero probarte», dijo Luis, y se bajó entre mis piernas. Separó mis muslos y sin más, me metió la lengua. Ay, Dios, cómo lamía ese hombre. Con precisión, encontrando mi clítoris al instante. Yo gemí y arqueé la espalda.

Mientras, Gabriel seguía besándome, mordiéndome los labios, el cuello. Sus manos no paraban de masajear mis tetas. «Qué tetas tan perfectas», dijo, y se bajó para chupar una. Sentía su boca caliente, su lengua en mi pezón, y la de Luis en mi pepa. Era una sensación abrumadora. Demasiados estímulos. No sabía dónde poner mi atención.

Luis se levantó después de un rato. «Quiero meterla», dijo. Se bajó el pantalón y los boxers. Tenía la verga parada, grande, morena, con las venas marcadas. Gabriel se hizo a un lado, pero no se fue. Se quedó a mi lado, mirando, mientras Luis se ponía un condón.

«¿Lista?», preguntó Luis.

«Así no», dije, jadeando. «Pónganme a cuatro».

Me di la vuelta. De rodillas, con el culo en el aire. Luis se puso detrás de mí y me la metió de una. Fue un golpe seco, hondo. Grité. Gabriel se puso frente a mí, también con la verga fuera. Era igual de impresionante, quizás un poco más gruesa.

«Mírame», dijo Gabriel. «Abre la boca».

Yo lo hice. Empezó a meterme su verga en la boca, lentamente, mientras Luis me cogía por detrás con embestidas firmes y profundas. Marica, la sensación era… indescriptible. Sentía llena la boca, llena la pepa, llena por todos lados. Los gemidos me salían ahogados alrededor de la verga de Gabriel.

Luis cambiaba el ritmo, a veces rápido, a veces lento. Gabriel se movía en mi boca, metiéndosela hasta la garganta, haciéndome babear. Yo tenía las manos agarradas a las sábanas, pero en un momento, Gabriel las tomó y las puso en su culo. «Apriétame», dijo. Y yo lo hice.

«Quiero cambiar», dijo Luis en un momento. Se sacó. Gabriel se sacó de mi boca. En un movimiento fluido, cambiaron lugares. Ahora Gabriel estaba detrás, y Luis enfrente.

Gabriel me la metió por detrás, y esta vez fue aún más intenso. Era más grande, y se tomó su tiempo, abriéndome con cada embestida. Luis, enfrente, me tomó la cara. «Chúpamela, nena. Chúpamela mientras él te da».

Y así fue. Tenía la verga de Luis en la boca, chupándola, lamiéndola, mientras Gabriel me penetraba a fondo por detrás. Los sonidos en la habitación eran brutales. Los gemidos, los jadeos, el sonido húmedo del sexo.

No sé cuánto tiempo pasó así. Cambiaron de posición otra vez. Me pusieron boca arriba, con las piernas en el aire. Luis se metió en mi boca otra vez, y Gabriel en mi pepa. Luego, en un momento de locura, Luis dijo: «El culo. Quiero el culo».

Gabriel me puso boca abajo otra vez. Luis se puso lubricante en los dedos y me lo masajeó ahí, mientras Gabriel me cogía por delante. Cuando sentí que estaba listo, Luis acercó su verga. «Relájate», dijo.

Y entró. Fue una sensación de ardor, de plenitud extrema. Ahora sí que estaba llena por los dos lados. Gabriel en mi pepa, Luis en mi culo. Los dos moviéndose al mismo ritmo. Yo ya no podía gemir, solo emitía sonidos guturales, animales. Estaba en otro planeta.

«Me voy a correr», dijo Gabriel, con la voz tensa.

«Yo también», dijo Luis.

«Adentro», les supliqué, sin saber de quién hablaba. «Los dos, adentro».

Y así fue. Con dos gemidos casi al unísono, sentí cómo los dos se venían. Gabriel dentro de mi pepa, Luis dentro de mi culo. Fue una oleada de calor, de posesión total. Yo me vine también, en una explosión que me hizo ver estrellas, temblando entre los dos cuerpos.

Se desplomaron a mi lado, los dos jadeando. Yo quedé en el medio, destruida, sudada, llena de ellos.

Después, los tres nos duchamos. Fue chévere, riéndonos, tocándonos todavía. Se fueron como a las tres de la mañana.

Y yo me quedé en la cama, sin poder creer lo que había pasado. No fue solo sexo. Fue una experiencia. De esas que te marcan. Al día siguiente, me dolió todo el cuerpo, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Así que ya saben, mis panas. A veces hay que decir que sí a las locuras. Porque las locuras, a veces, son las que te hacen sentir más viva.

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