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Anónimo

diciembre 31, 2025

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Trío con mi amigo

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Esto pasó hace un tiempo, cuando el mundo todavía tenía un color distinto y mi cuerpo estaba aprendiendo a desear cosas para las que no tenía nombre. Yo estudiaba en otra ciudad, lejos del calor conocido de mi casa, y en ese universo nuevo, Andrés era mi único puerto seguro. Un amigo de la universidad, alto, con una sonrisa fácil y unos ojos que siempre parecían estar guardando un secreto.

La noche en cuestión empezó como tantas otras. Salimos a beber, Andrés, nuestra compañera María y yo. Andrés, con su astucia tranquila, había orquestado el encuentro, empujando suavemente a María y a mí hacia una conversación que pronto se llenó de chispas.

La cerveza y la complicidad hicieron lo suyo, y para la una de la mañana, María y yo ya nos estábamos besando con una urgencia que me sorprendió a mí mismo. Era ella quien llevaba la iniciativa, sus manos en mi nuca, su lengua buscando la mía, y yo, perdido en la novedad, me dejaba llevar.

Andrés, desde su sitio, miraba con una sonrisa de satisfacción. «Se está poniendo bueno el asunto», dijo, y propuso lo obvio: su departamento, que estaba a pocas cuadras. Compramos una botella de ron barato en el camino y, al llegar, la atmósfera cambió. La intimidad de su sala, con sus libros desordenados y el sofá grande, nos envolvió. María y yo caímos sobre los cojines, reanudando nuestros besos con más hambre. Yo ya tenía una erección que me dolía contra el pantalón, y ella, con una audacia que me electrizó, bajó la cremallera y me sacó la verga al aire.

«Qué linda la tienes», susurró, y sin más preámbulo, se la llevó a la boca. Fue una sensación brutal, el calor húmedo envolviéndome mientras yo miraba a Andrés, que se había levantado y anunció con voz ronca: «Voy a darme una ducha, para dejarlos solos un rato». Su mirada, sin embargo, se clavó en el trasero redondo de María, que se movía en el aire mientras me chupaba.

Los minutos que siguieron fueron un torbellino de sensaciones. Yo gemía, con las manos enterradas en el pelo de María, cuando el sonido del agua cesó. Andrés salió del baño envuelto solo en una toalla blanca, que ceñía a su cintura. Su pelo goteaba sobre los hombros, y su cuerpo, tonificado y pálido a la luz tenue, era una revelación. Se quedó parado en el marco de la puerta, y vi, con una claridad que me dejó sin aliento, cómo su mano se deslizaba por encima de la toalla, masajeando un bulto que se endurecía a pasos agigantados. Me estaba mirando a mí, no a ella. Me estaba mirando a mí mientras yo recibía una mamada.

El morbo fue instantáneo, un latigazo caliente que me recorrió la columna. «María», dije, con la voz más ronca de lo normal. «¿Y si… Andrés se une?».

Ella se separó de mi verga, brillante con su saliva, y lo miró. Andrés contuvo la respiración. Hubo un momento de duda en sus ojos, pero luego, una chispa de pura lujuria la encendió. «Sí», dijo María, con una sonrisa traviesa. «Pero no se pongan celosos».

Andrés no necesitó que le dijeran dos veces. Se acercó, y la toalla cayó al suelo.

No supe dónde mirar primero. Su cuerpo era esbelto, musculoso, y en el centro, su verga, erecta y palpitante, de un tamaño imponente, se erguía con una soberbia que me dejó boquiabierto. Era perfecta.

Se acercó a María y comenzó a acariciarle las nalgas por encima de la falda, mientras ella volvía a tomar mi miembro en su boca. Yo, hipnotizado, veía cómo sus manos, esas manos que había visto tomar apuntes, se deslizaban ahora con posesión sobre el cuerpo de nuestra amiga.

María se montó sobre mí, guiando mi verga dentro de ella con un gemido profundo que nos estremeció a los tres. Empezamos a movernos, y Andrés, como un espectador convertido en actor principal, se inclinó sobre ella. Primero se besaron, un beso húmedo y voraz, y luego Andrés bajó, tomando un pecho de María en su boca. Sus movimientos eran hábiles, precisos. Yo veía su espalda moverse, los músculos tensarse, mientras yo me hundía en el calor de María.

Pero entonces, Andrés bajó más. Pasó por el vientre de María, y yo sentí, antes de verlo, un contacto nuevo, suave y a la vez electrizante. Era su lengua. Andrés estaba lamiendo mis testículos mientras yo penetraba a María. Un jadeo escapó de mis labios. Era una sensación abrumadora, prohibida, que derrumbaba cualquier barrera que creía tener. Lo dejé hacer. Cerré los ojos y me abandoné a la doble estimulación, al calor de María alrededor de mi verga y a la lengua experta de Andrés en mis bolas.

Fue María quien dio el siguiente paso, empujada por una ola de puro deseo. Se bajó de mí, jadeando, y con una decisión que nos paralizó a Andrés y a mí, tomó mi verga empapada de sus jugos y la guió directamente a la boca de Andrés. «Chúpasela», le ordenó, con voz de sirena borracha.

Los ojos de Andrés se encontraron con los míos. En ellos no había duda, ni vergüenza. Solo hambre. Una hambre feroz que respondía a la mía. Abrió la boca y se tragó mi miembro hasta la base.

El mundo se detuvo. La sensación era completamente distinta. Su boca era más fuerte, más succionadora, su lengua se movía con una presión distinta, explorando cada centímetro. Gemí, una voz que no reconocí como propia. María, viéndonos, se excitó aún más. Se puso de rodillas frente a Andrés y comenzó a chuparle la verga, que palpitaba cerca de su cara. Era un circuito perfecto, obsceno y hermoso. Yo follaba la boca de Andrés, y él, a su vez, recibía placer de María.

La noche se deshilachó en un collage de poses, de gemidos entrecruzados, de piel sudorosa bajo la luz amarilla de la lámpara. María nos guiaba, nos ordenaba. En un momento, yo estaba de pie, y Andrés, de rodillas, me chupaba mientras María, detrás de él, le lamía el culo, preparándolo con una dedicación que me hizo enloquecer de morbo. Luego, María se tumbó y me pidió que la penetrara de nuevo, y Andrés, sin perder el ritmo, se colocó sobre ella, su verga rozando mi estómago, y besó a María profundamente mientras yo movía mis caderas.

No hubo penetración entre Andrés y yo esa noche. Pero lo que hubo fue más íntimo, más revelador. Fue la rendición total, el dejarse ver y tocar en todos los lugares prohibidos. Fue compartir la saliva, el precum, los gemidos, en un triángulo de deseo donde los géneros se diluyeron y solo quedó el puro, crudo, animal placer.

Al amanecer, exhaustos y entrelazados en el sofá, supe que algo había cambiado para siempre. Andrés y yo seguimos siendo los mejores amigos, pero ahora hay una corriente subterránea, un conocimiento tácito y eléctrico que nos une. Y con María… bueno, con María inicié una relación abierta, sí.

Pero la verdadera apertura, la que me desgarra y me reconstruye cada vez, es la que vivo a escondidas con Andrés.

Los videos y fotos que a veces hacemos los tres son ricos, es cierto. Pero los recuerdos más ardientes, aquellos que me hacen perder el aliento, son los de su boca en mi cuerpo, y la mirada de complicidad total que cruzamos sobre el cuerpo de María, sabiendo que habíamos cruzado, juntos, un umbral del que no había vuelta atrás.

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