febrero 19, 2026

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Trío con los amigos de mi ex

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Pues miren, la cosa es que terminé con mi ex hace como mes y medio. Bueno, más bien como dos meses ya. En octubre del año pasado lo descubrí, el muy hijueputa me estaba siendo infiel. Dos años juntos pa’ que me salga con esa. Así que chao, ni lo pensé.

Yo trabajo en un Hooters, sí, de esas meseras con el shortcito naranja y las medias. La plata es buena y los tipos miran, pero uno ya se acostumbra. El caso es que mis ex, los mejores amigos de mi exnovio, siempre iban al local. Desde que estábamos juntos, ellos iban. Y después de la ruptura, pues yo pensé que no volverían. Pero no.

Hace una semana, justo el sábado, entraron. Los vi desde la barra y sentí un vuelco en el estómago. Pero no de nervios, sino de otra cosa. De cosquilleo. Se sentaron en mi área, la muy hijueputa casualidad.

Me acerqué con la libreta. «Muchachos, ¿qué van a pedir hoy?»

Uno, Andrés, el más alto, me miró con una sonrisa. «Melodi, ¿cómo has estado? Hace rato no te veíamos».

El otro, Felipe, el más callado, asintió. «Sí, pensamos que tal vez no querrías vernos».

Puse la libreta en la mesa. «Pues no es personal, ¿no? Ustedes no tienen la culpa de lo que hizo ese man».

Andrés pidió unas cervezas y alitas. Felipe también. Y nos pusimos a hablar. Me preguntaron cómo estaba, si me había recuperado, si necesitaba algo. Fue raro, pero chévere. Como volver a conectar con alguien después de un tiempo.

Entre plática y plática, Andrés soltó: «Oye, el viernes hacemos una fiesta en la casa. Van a ir varios amigos. ¿Te gustaría venir?»

Paré de escribir. «¿Y tu amigo? ¿Mi ex? ¿Va a ir?»

«No», dijo Felipe rápido. «No lo invitamos. Esto es aparte».

Los miré a los dos. Andrés tenía esos ojos verdes que siempre me parecieron bonitos. Felipe era más reservado, pero tenía una mirada intensa, de esas que te recorren sin que te des cuenta. Pensé en mi ex. En lo hijueputa que fue. Y pensé en él viéndome llegar a la fiesta de sus mejores amigos. Se iba a mamar la ira.

«Bueno», dije. «¿Qué horas?»

Andrés sonrió de oreja a oreja. «Temprano. Como a las nueve. Te paso la dirección».

El viernes llegué a la casa. Era un apartamento grande en el centro, de esos con terraza. Había música, harta gente. Andrés me recibió en la puerta, me dio un trago apenas entré. «Qué bueno que viniste, Melodi».

Felipe apareció detrás de él. «Pásale, hay comida también».

La noche fue rara. Yo tomaba, bailaba con unos y con otros, pero siempre sentía sus miradas. Andrés se me acercaba seguido, me preguntaba si necesitaba algo, si estaba bien. Felipe pasaba cerca y me rozaba el brazo, como sin querer. Pero no era incómodo. Era… caliente.

Como a la una de la mañana, la gente empezó a irse. Poco a poco, la casa se fue vaciando. Terminamos los tres solos en la sala. La música seguía, pero bajita. Andrés apagó las luces grandes y dejó unas de colores.

«Bueno, ¿y ahora qué hacemos?», preguntó Felipe, sentado en el sofá.

Andrés me miró. «¿Jugamos algo?»

«¿Cómo qué?», dije yo, aunque ya sabía.

«Verdad o reto», dijo Andrés. «Como cuando éramos más jóvenes».

Felipe se rió. «Eso siempre termina mal».

Me senté en el sillón individual. «Pues vamos».

Empezamos. Preguntas bobas al principio. «¿Cuál fue tu primer beso?» «¿Alguna vez te has robado algo?» Pero rápido subió la temperatura. Andrés le preguntó a Felipe: «¿Con quién de acá te has imaginado algo?»

Felipe me miró. Directo. «Con Melodi».

Sentí el calor subirme por las piernas. Me reí, nerviosa. «¿En serio?»

«Sí», dijo Felipe, sin más.

Andrés sonrió. «Bueno, ahora te toca a vos, Melodi. Verdad o reto».

Miré a Felipe, que no me quitaba los ojos de encima. «Reto».

Andrés se inclinó. «Acercate a Felipe y dale un beso. Pero de verdad, no de pico».

Mi corazón se aceleró. Miré a Felipe. Él no se movió, solo esperó. Me levanté, me acerqué, me incliné sobre él. Olía a cerveza y a colonia. Lo besé. Fue suave al principio, pero luego él me agarró la nuca y me devolvió el beso, con lengua, con ganas. Yo gemí bajito.

Cuando nos separamos, Andrés aplaudió. «Bien jugado». Luego se puso serio. «Ahora, otra ronda. Felipe, verdad o reto».

Felipe, mirándome aún, dijo: «Reto».

Andrés se paró, fue hacia él y le susurró algo al oído. Felipe sonrió. Luego se paró y me extendió la mano. «Ven».

Lo seguí al cuarto. Andrés detrás. Entramos los tres. Felipe cerró la puerta con seguro.

Y ahí, en esa habitación, pasó lo que pasó. No hubo muchas palabras. Solo acciones. Felipe me besó otra vez, profundo. Andrés se puso detrás de mí y empezó a besarme el cuello, a bajarme el cierre del vestido. Sentí sus manos en mi espalda, en mis tetas, en mi culo. Eran manos grandes, calientes, ansiosas.

«Quítate eso», dijo Felipe, señalando mi vestido. Yo lo hice. Quedé en tanga y brasier. Ellos se miraron. Andrés se quitó la camisa. Felipe también.

Felipe se acercó, me desabrochó el brasier. Mis tetas, al aire. Las miró, las tocó, se inclinó y chupó un pezón. Ay, Dios. Gemí. Andrés, detrás, me bajó la tanga. Me puso de espaldas a él, me abrió las nalgas. «Qué culo tan perfecto», dijo. Y sentí su lengua ahí, en mi huequito. Lamía, abría, mojaba.

Felipe seguía en mis tetas, chupando, mordiendo suave. Yo no sabía dónde poner las manos. Agarré la cabeza de Felipe, la de Andrés. Los tres éramos un enredo de manos y bocas.

«Ponete en cuatro», dijo Andrés. Me arrodillé en la cama, en cuatro. Sentí a Felipe detrás de mí también. Discutieron algo en voz baja, luego Felipe se puso detrás y Andrés se acercó a mi cara.

«Abrí», dijo. Y abrí. Me metió la verga en la boca. Era grande, sabía a hombre, a sal. Empecé a chupar mientras sentía a Felipe, detrás, poner la punta de la suya en mi entrada. Empujó. Entró despacio, llenándome toda. Yo gemía alrededor de la verga de Andrés.

Felipe empezó a moverse. Lento al principio, luego más rápido. Cada embestida me hacía apretar la boca en Andrés. Andrés gemía. «Así, así, no pares».

Cambiaron. En un momento, Felipe se quitó y Andrés se puso detrás. Me cogió más fuerte, más duro. Yo gritaba. Felipe se puso al frente, me agarró la cara. «Chúpamela mientras él te da». Y lo hice. Tenía la boca llena, la pepa llena, no podía más. Era demasiado. Demasiado rico.

Así estuvimos un rato largo. Cambiando posiciones. A veces uno detrás, otro adelante. A veces los dos detrás, turnándose. A veces yo arriba de uno, mientras el otro miraba y se tocaba. En un momento, Andrés me puso boca arriba, me levantó las piernas y me la metió así, mirándome a los ojos, mientras Felipe, detrás de él, me miraba y gemía.

«Me voy a venir», dijo Andrés en un momento.

«Adentro, dámela adentro», le supliqué. Y se vino. Lo sentí caliente, llenándome.

Pero Felipe no había acabado. Me puso de lado, me levantó una pierna y se la metió también. Me cogió así, de lado, hasta que él también se vino. Adentro también. Los dos, llenos de los dos.

Después, los tres nos desplomamos en la cama. Sudados, jadeando, sin poder hablar. La cama era un desastre. Sábanas revueltas, almohadas en el suelo.

No dijimos nada. Solo respiramos. Al rato, me levanté. Fui al baño, me limpié. Me vestí. Ellos estaban dormidos, o casi. No los desperté. Salí del apartamento como a las cinco de la mañana, cuando ya empezaba a aclarar.

Al otro día, en la tarde, me llegó un mensaje. Era de Andrés. «Oye, anoche estuvo increíble. ¿Podemos hablar?»

No respondí. Luego Felipe me escribió: «Melodi, queremos verte otra vez. ¿Cuándo?»

Tampoco respondí. Pero les digo una cosa. Todavía tengo el mensaje sin responder. Y cada vez que lo veo, me acuerdo de esa noche. De sus manos, de sus vergas, de sus gemidos. Y me mojo otra vez. No sé si volveré a hablarles. Pero esa noche fue mía. De ellos también, pero sobre todo mía. Una venganza bien rica contra ese hijueputa de mi ex.

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