Por

Anónimo

octubre 16, 2025

266 Vistas

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Trio

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Mi amiga y yo éramos muy unidas, éramos cómplices en todo. De hecho, ella fue la primera persona en penetrarme con sus dedos, abriendo un mundo de sensaciones nuevas para mí. Ya habíamos compartido la experiencia de chupar más de una verga juntas, creando un vínculo lleno de confianza y lujuria. Esa complicidad era nuestro secreto más preciado.

Pasado un tiempo, después de que mi profesor me rompiera el culito por primera vez, mi amiga comenzó a salir con un chico de sexto año. En un momento de confianza, ella le comentó que nosotras nos tocábamos y explorábamos juntas. Obviamente, cuando el chico se enteró, no tardó en empezar a insistirle para que armáramos un trío.

Yo, la verdad, no estaba muy segura al principio. Resulta que ese mismo pibe había sido pareja de mi hermana hacía solo unos meses, lo que añadía un punto de incomodidad y morbo al asunto. Sin embargo, había que reconocer que el chico no estaba nada mal físicamente. Para rematarla, mi amiga me había contado, con todo lujo de detalles, que cogía super bien, lo que sin duda despertaba mi curiosidad.

Así que, simplemente, un día que me quedé a dormir en casa de mi amiga, él vino. Siempre que me quedaba a dormir allí pasaban cosas; sus padres nunca estaban en casa por trabajo, así que teníamos la casa completamente sola para nosotras. Incluso podíamos invitar chicos y todo, mientras mis padres, ingenuamente, pensaban que había adultos responsables en esa casa. Esa noche en particular, la verdad es que estaba algo nerviosa. Si bien mi amiga y yo habíamos chupado verga juntas, nunca habíamos hecho algo con un chico presente, una dinámica tan explícitamente compartida.

La cosa empezó de una manera tranquila, casi tímida. Primero, nos besamos con mi amiga, recuperando la familiaridad de nuestra intimidad. Después, las dos nos volvimos hacia él y lo besamos, pasando la lengua y el deseo entre los tres. Al poco rato, ya estábamos las dos de rodillas, comiéndonos su verga con hambre. En un momento dado, yo estaba en el suelo, y mi amiga me empujaba la cabeza hacia la entrepierna de su novio mientras él me garchaba la boca con fuerza. No tenía absolutamente nada bajo mi control, y la sensación de sumisión me encantaba, era eléctrica. Después de eso, mi amiga me subió el top que llevaba y se puso a chupar y morder mis tetas con una ferocidad que no le conocía.

Y entonces vino el mejor momento de la noche, el punto de no retorno. Mi amiga, con una sonrisa pícara, agarró el cinturón que yo llevaba en el short y, con una destreza sorprendente, me ató las manos contra la espalda. Juntos, me pusieron contra el frío mármol de la mesa de la cocina. Mi amiga, con sus manos firmes en mi espalda, me tenía bien doblada, boca abajo, dejando mi culito completamente expuesto al aire y a sus miradas. El novio, por su parte, me desabotonó el short, bajó el cierre lentamente y metió su mano en mi entrepierna, masturbándome con dedos expertos que me hicieron gemir al instante. Luego, me bajó el short hasta las rodillas. El sentir el aire fresco pegando directamente en mi culo desnudo me excitó muchísimo. Además, por la posición forzada en la que estaba, no podía ver nada de lo que pasaba detrás de mí, y esa incertidumbre, ese no saber qué vendría después, me calentaba de una manera irracional.

Fue entonces cuando el novio empezó a azotar mis nalgas con lo que creo que era su propio cinturón. Cada latigazo era una mezcla de dolor agudo y placer profundo, una caricia violenta que me hacía estremecer y gritar. Era espectacular, cada golpe me llevaba más cerca del borde. Al rato, escuché la voz de mi amiga, ronca por la excitación, diciendo: «A la putita le gusta que le hagan el orto». Y entonces sucedió: el novio me corrió la tanga hacia un lado, escupió en su mano para lubricar un poco y, sin más preámbulos, me empezó a coger por el culo. Me lo rompió literalmente, cogiéndome como quiso, con una fuerza bruta que me dejaba sin aliento. En un momento, me tiró del pelo hacia atrás y, por fin, pude ver a mi amiga tocándose el clítoris mientras observaba cómo me hacían la cola. Aquella imagen fue la gota que colmó el vaso; no pude aguantar más y acabé con un orgasmo convulsivo. Él, sin embargo, me siguió dando un buen rato más, y pude sentir, con un escalofrío, cómo su leche caliente llenaba mi culito por dentro.

Después de recuperarnos un poco, y en un acto de pura reciprocidad y deseo, me acerqué a mi amiga y le chupé la concha con dedicación, saboreando sus jugos y sus gemidos durante un largo rato. Después de esperar un par de horas, descansando y riendo entre nosotras, volvimos a coger. Esta vez, los roles cambiaron un poco: yo era testigo y partícipe. Le separaba las nalgas a mi amiga con mis manos, observando cómo el novio se la metía por el culito con la misma intensidad con la que me había poseído a mí. Fue un trío hermoso, caótico y visceral, y terminamos las dos, mi amiga y yo, literalmente llenas de su leche, marcadas por una noche que supe que nunca olvidaría.

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