enero 27, 2026

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Soy profesora, y hoy no use brassier en una clase

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Bueno, pues eso. Hoy hice una de esas cosas que una piensa y al final no hace nunca. Pero estaba tan aburrida, con esta rutina de clases, de corregir exámenes, de ver las mismas caras de adolescentes aburridos… necesitaba un poco de emoción. Algo mío, secreto.

Así que después de ducharme esta mañana, me quedé mirando el sujetador en el cajón. Uno negro, con algo de relleno. Lo cogí y luego lo dejé caer otra vez. No. Hoy no.

Hacía un calor del demonio para ser primavera. Perfecto. Me puse una blusa blanca, de ese algodón fino que no es transparente del todo, pero que si te fijas bien… bueno, ya se vería. No llevaba nada debajo. Me miré al espejo. Se me veían las tetas, claro, la forma redonda, los pezones… pero no se transparentaban. No a simple vista. Solo si me los ponía duros. Y si alguien miraba con mucha, mucha atención.

Sonreí para mí sola. Iba a dar clase a segundo de bachillerato. Chicos de diecisiete, dieciocho años. Justo en esa edad en la que no saben dónde mirar. Me puse una falda lápiz, no muy corta, pero que me marcaba el culo. Tacones bajos. Lista.

El instituto estaba como un horno. La calefacción siempre la ponen demasiado alta. Caminé por el pasillo hacia el aula y noté las miradas. Los profes siempre miran, pero hoy noté que los chicos también. Algunos que iban corriendo hacia su clase se pararon un segundo. No mucho, solo un instante de más. Yo iba mirando al frente, pero por el rabillo del ojo lo vi.

Entré en clase. Había ese murmullo de siempre, ese olor a adolescente, a desodorante barato y a aburrimiento. Dejé mi cartera en la mesa.

«Buenos días», dije, sin levantar demasiado la voz.

Un coro de «buenos días, señorita» medio dormido. Empecé a pasar lista. Mientras leía los nombres, los miraba. A todos, uno por uno. Pablo, el listillo de la primera fila, siempre con una respuesta preparada. Hoy no miraba a la pizarra. Miraba a mis tetas. Se dio cuenta de que lo había pillado y desvió la vista rápido, colorado. Mi pecho se puso caliente. Un cosquilleo.

Saqué el libro. «Hoy vamos a repasar el subjuntivo». Un gemido colectivo. Yo sonreí.

«Abrid el libro por la página ochenta».

Mientras se movían, buscaban los libros, me acerqué a la ventana. Hacía sol. Me puse de perfil, apoyada en el marco, y crucé los brazos. Un error, o no. Al cruzar los brazos, aplasté mis tetas. Se me marcaron más. Y el roce de la tela fina contra los pezones… uf. Empezaron a ponerse duros al instante. Lo sentí claramente. Dos puntitas duras, rozando la tela. Miré hacia la clase disimuladamente.

Varios pares de ojos estaban clavados en mí. En mi pecho. Álvaro, el tímido que se sienta al fondo, tenía la boca un poco abierta. David, el deportista, no disimulaba nada. Me miraba fijamente, con una intensidad que casi se podía tocar. Y yo, en vez de soltar los brazos, apreté más. Mis pezones ahora eran dos bultos perfectos bajo la tela blanca. No transparentes, pero sí visibles. Muy visibles.

Me solté los brazos y me paseé por la clase, mientras explicaba los usos del subjuntivo. Caminaba lento, pasando entre las filas. Sentía todas las miradas en mi espalda, en mi culo, en mis tetas. El calor subía. No solo el de la clase. Uno mío, interno, que empezaba en el estómago y bajaba.

Me detuve al lado del escritorio de David. Estaba haciendo garabatos en su cuaderno.

«¿Me estás escuchando, David?», pregunté.

Él levantó la vista. Sus ojos iban directos a mis pechos, a mis pezones duros que estaban a la altura de su cara. Se le puso colorada la cara. «Sí, señorita. El subjuntivo».

«No se escribe con la boca, David. Demuéstramelo».

Él tragó saliva. «Es que… hace calor».

Yo me incliné un poco hacia él, para señalar algo en su libro. Mi escote se abrió un poco. No mucho, pero lo suficiente. Él pudo ver la sombra entre mis tetas. Su respiración se hizo más fuerte. Lo vi. Y también vi el bulto que empezaba a formarse en sus pantalones vaqueros. Un bulto grande, que se tensaba contra la tela.

Me enderecé, pero le pasé la mano por el hombro, como un gesto de ánimo. «Concentrate».

Caminé hacia la pizarra, pero mi mente ya no estaba en los verbos. Estaba en él. En su bulto. En el de Pablo, que ahora también se ajustaba incómodo en su silla. En el de Álvaro, que se había puesto a mirar fijamente su cuaderno, pero con las orejas rojas.

Iba escribiendo en la pizarra, y cada vez que alzaba el brazo, la blusa se me subía un poco, enseñando un trozo de mi espalda, la cintura. Sabía que estaban mirando. Lo sentía en la nuca.

«Señorita», dijo una voz. Era Lucía, una chica. «Tiene una mancha en la blusa».

Me giré. «¿Una mancha?».

«Sí. Parece… sudor».

Miré hacia abajo. En efecto, justo alrededor de mis pezones, la tela blanca estaba un poco oscurecida. De sudor. O de la humedad de mis pezones. No lo sé. Pero se veía. Dos círculos perfectos alrededor de cada punta dura.

La clase se quedó en silencio. Todos miraban. David dejó caer su bolígrafo.

«Ah, es el calor», dije, y me sequé inconscientemente el pecho con la mano. Froté la tela contra el pezón. Fue un gesto involuntario, pero al hacerlo, un gemido casi me sale. Lo contuve. «Seguid con el ejercicio de la página ochenta y dos. En silencio».

Me senté en mi silla, detrás del escritorio. Desde ahí podía verlos a todos. Y ellos, si se giraban un poco, podían verme a mí. Abrí las piernas un poquito bajo la mesa. La falda se tensó. Tenía las piernas descubiertas. Empecé a rozar un muslo con el otro, muy suave. El roce del medias contra mi piel… otra vez el cosquilleo. Esta vez más abajo.

Mientras fingía corregir unos papeles, miré. Miré a todos. Pablo se había puesto una mochila sobre el regazo. David no se molestaba en disimular. Se había echado hacia atrás en la silla y tenía las manos en los bolsillos, como si se estuviera ajustando. Álvaro se mordía el labio, mirando fijamente sus propias manos.

Yo, bajo la mesa, deslicé una mano por mi muslo. Llegué hasta la rodilla, luego subí otra vez, por la parte interior. La piel estaba caliente. Me acerqué más al borde de la silla. Nadie podía ver. Con la punta de los dedos, toqué la tela de mis bragas. Estaban húmedas. Empapadas, de hecho. Las noté pegadas a mí.

Me quedé quieta un momento, conteniendo la respiración. Luego, con mucho cuidado, metí la mano bajo la cintura de la falda y las bragas. Toqué directamente. Estaba chorreando. De verdad. El calor, las miradas, la tensión… me tenía hecha un asco.

Mientras con la otra mano sostenía un bolígrafo sobre los papeles, con la mano escondida me toqué. Un roce suave, circular, alrededor del clítoris. Cerré los ojos un segundo. Al abrirlos, David me estaba mirando directo a los ojos. Él no podía ver mi mano, pero parecía que lo supiera. Su mirada era de puro fuego. Se mordió el labio inferior.

Yo, bajo la mesa, me metí un dedo. Solo uno. Dentro. Estaba tan caliente, tan apretado… Un suspiro se me escapó. Fingí toser.

«¿Se encuentra bien, señorita?», preguntó Pablo.

«Sí, sí. El polvo de la tiza», dije, con la voz un poco ronca.

Saqué el dedo, brillante. Lo puse en mi boca, rápido, cuando nadie miraba. Sabía a mí. A mi excitación. A pura sal.

David seguía mirándome. Ahora con una sonrisa pequeña, como si hubiera visto algo. Quizás el gesto. Quizás solo lo imaginaba.

El timbre para acabar la clase sonó como un disparo. Todos se levantaron de golpe, recogiendo sus cosas. Yo me quedé sentada, con la mano todavía bajo la falda.

«Deberes, ejercicios tres al ocho», dije, pero nadie escuchaba. Salían corriendo.

David fue el último. Se acercó a mi escritorio con su mochila. Tenía el bulto en los vaqueros aún muy evidente.

«Señorita Paola», dijo. Su voz era grave. «¿Va a estar mañana?»

«Claro, David. Siempre estoy», dije.

Él asintió. «Me alegro». Su mirada bajó a mi pecho otra vez, a los círculos de humedad que todavía se veían. Luego volvió a mis ojos. «Hoy la clase ha sido muy… instructiva».

Se dio la vuelta y se fue. Yo me quedé ahí, sola en el aula, con el olor a sudor adolescente y a mi propia humedad en los dedos. Me levanté, fui a cerrar la puerta. Me apoyé contra ella y me metí la mano otra vez en las bragas. Esta vez sin cuidado. Me toqué rápido, con urgencia, pensando en todas las miradas, en los bultos en los pantalones, en la cara de David cuando me vio saborear mi dedo.

Me vine en menos de un minuto, ahogando un grito contra mi propio brazo, temblando toda, con las piernas sin fuerza.

Después, me limpié con un pañuelo, me arreglé la falda y la blusa. Me miré al espejo pequeño que tengo en el cajón. Tenía la cara colorada, los ojos brillantes.

Salí del aula como si nada. Pero por dentro, ardía. Y ya estaba pensando en qué blusa ponerme mañana. Y si llevar o no bragas. Porque esto, hoy, solo ha sido el principio.

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