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Anónimo

diciembre 30, 2025

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SOLO EN CASA ... CON MI PAPÁ (II)

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Entré cine «Avenida» adelante como una putilla sobre la alfombra roja: maquillado como una fulana, peluca rubia a lo Marilyn, falda corta ajustada, sostén sujetando mis tetas postizas, piernas depiladas, un litro de perfume Dior y contoneándome sobre unos tacones de una cuarta. Era todo lo que le había podido aprovechar del vestuario y maquillaje de mi madre y, en verdad, me quedaba muy bien, hasta el extremo que el portero de la sala me piropeó creyendo que yo era una mujer de pies a cabeza.

Traté de localizar a mi padre en medio de la oscuridad de la sala. El cine no estaba muy concurrido, además la película era para adultos. Cuando adapté la vista a la negrura comprobé cómo las pajilleras y pajilleros buscaban a sus clientes, hombres solitarios que, a cambio de poco dinero, gozaban con una buena mamada o una manuela. Por fin localicé a mi padre, que estaba bien atento a lo que se proyectaba en la pantalla: la turbadora historia de dos amantes japoneses, que en su desenfreno lúbrico iban más allá de lo imaginable en sus experiencias sexuales. Me senté en su misma fila pero separada por tres o cuatros asientos. No tardó papi en recalentarse con alguna de aquellas escenas subidas de tono, en concreto cuando el hombre folla a una gheisa anciana pero de coño infantil y esta infarta con el orgasmo. «¡Qué placer, es como si acabara de chingar con mi propia madre!», dijo el japonés exhausto después del polvazo. Fue cuando mi padre miró a un lado y a otro como buscando algo. Claro que buscaba: alguien que le aliviase de aquel calentón que le había producido aquella escena incestuosa. Y fue entonces cuando se fijó en mí y vino a mi caza. Se sentó a mi lado y llevó su mano a mi entrepierna. Empezó a magrearme el muslo. Yo temblaba con que sus dedos tropezasen con mi polla y mis huevos y descubriese que lo que creía una mujer era en realidad un macho, así que en un momento determinado le frené la mano. Entonces, él bajó la cremallera de su pantalón y sacó fuera una poronga erecta y dura como una piedra, cogió mi mano y me la llevó allí, iniciándome en la masturbación. Yo ya conocía de sobra aquella polla maravillosa, siempre presta para gozar y lanzar ráfagas de semen, pero yo también le liberé los huevos que tanto me gustaba lamer. Así que comencé una gran mamada mientras mi padre se reclinaba en la butaca y se despatarraba para facilitar las cosas. Intentó tocarme los pechos pero yo de inmediato le retiré la mano, no fuera a descubrir que eran más falsas que una moneda de plástico. El hombre estaba superexcitado. En la pantalla aparecía ahora el protagonista sodomizando a otra gheisa regordeta (con cierto parecido con mi madre), que recibía las embestidas con cierto dolor mezclado con placer. Mi padre no lo dudó: me separó la cabeza de su polla para que cesase en la felación, me empujó a un lateral de la fila y me puso cara a la pared, me bajó las bragas, me puso el culo en pompa y me penetró por el ano. Era la primera vez que alguien profanaba mi orto y por circunstancias de la vida era mi propio padre el que lo hacía … sin saber que se lo hacía a su propio hijo. Noté aquel miembro dentro de mí; al dolor siguió un placer indescriptible, y bombeó y bombeó mientras me decía lindezas como «eres la zorra más zorra del mundo, nunca he gozado tanto con una mujer». Y al cabo de un rato se corrió dentro de mí en medio de gemidos que se confundían con los diálogos del filme. Sentí su leche caliente y abundante dentro de mi recto, y sin que él se percatara me pajeé durante ese momento que orgasmó, dejando un chorro de mi lechada sobre la pared de la sala. Al rato, papá se desplomó sobre la butaca más próxima jadeante y extenuado por el placer experimentado con aquella «desconocida». Me recompuse como pude y me largué pitando para casa. En el pasillo oscuro de la sala quedaban las bragas que le había sustraído a mi madre pringadas de los fluidos seminales de padre e hijo.

Cuando llegué a casa entré rápido en el cuarto de mis papás. Dejé ordenadas en el armario todas las prendas que le había cogido a mi madre, peluca y tacones incluidos, y me fui a dar una ducha para retirar todo el maquillaje y potingues que me había colocado en la cara, antes de que llegase mi padre. En esas estaba, cuando sonó el timbre de la puerta. Mi padre no podía ser pues él tiene llave de la casa. Envuelto en la toalla fui a abrir la puerta.
– ¿Es aquí donde solicitan una asistenta? – me preguntó una muchacha con aspecto oriental.
– Sí, aquí es – interrumpió mi padre, que en aquel momento llegaba al domicilio.
– ¿Desde cuándo solicitamos una criada, papi? – le susurré al oído a mi padre.
– Tú calla, Monchito – respondió -. Son cosas de tu madre y mías. Y tú vete a acabar de secarte, que no sé cómo estás bañándote tan tarde.
Y un poco perplejo, obedecí.

Pero la curiosidad pudo conmigo. Descalzo y semidesnudo como estaba, me encaminé sin apenas hacer ruido hasta donde escuchaba la conversación. Esta procedía del dormitorio de mis padres.
– Así que eres filipina – preguntó mi padre -. Eres muy jovencita para trabajar…
La muchacha hablaba lo justo pero se mostraba complaciente, con una sonrisa siempre en los labios.
– Que sepas que yo soy enfermero – mintió mi padre -. Y es costumbre de esta familia garantizar el buen estado sanitario y físico de los empleados de la casa. Así que debes desnudarte para hacerte un reconocimiento.
La chica filipina, de piel clara, melena lacia, hermosas facciones y ojos rasgados obedeció y se fue desnudando hasta quedar completamente desnuda. A mi padre le excitó sobremanera ver su pubis lampiño y sus tetas de pequeño tamaño. El hijoputa no tardó ni un minuto en tumbarla sobre la cama matrimonial, quedarse él también completamente desnudo y arrojarse sobre la bonita asiática. Un chochito así era muy apetecible: hinchado, pequeño, carnoso, sonrosado y sin ningún pelito. Y dirigió allí su lengua en busca del pequeño clit para estimularlo y lubricar los fluidos dentro de su útero y vagina. La chica que dejaba hacer, incluso presionaba la cabeza de mi padre para que penetrase todavía más con su hábil lengua en su cuquita. Cuando entendió papá que todo estaba preparado, enarbolando su verga la penetró de tal manera que la filipina se estremeció y emitió un grito. Y empezó un mete-saca sin piedad. Al sátiro de mi padre no le había sido suficiente mi sodomización, aún le quedaba leche en sus cojones para cualquier asiática que le rememorara los polvos de la película. Y ambos gozaron como animales en celo. Y yo, desde mi escondite, con ellos. Retrasé mi orgasmo al momento que en medio de convulsiones y alaridos los dos circunstanciales amantes alcanzaron el clímax, corriéndonos los tres casi al tiempo.

– No reúnes las condiciones para el trabajo – dijo cínicamente mi padre a la filipina mientras ambos se vestían. – Eres demasiado joven para un trabajo tan pesado en esta casa. Busca suerte en otro lugar.

Y la muchacha, aun con el chocho reventado y los pezoncitos doloridos, asintió y se despidió con una sonrisa del cabronazo de mi padre.

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