noviembre 1, 2025

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Sigo bien caliente

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Son las 3:17 de la madrugada y no puedo dormir. No es insomnio, es otra cosa. Es una comezón interna, un calor que me recorre desde la panza hasta la entrepierna. Hace rato que no tengo sexo, bueno, una semana para ser exacta, pero esta noche es diferente. Es como si mi cuerpo se hubiera vuelto loco, como si todas mis hormonas se hubieran puesto de acuerdo para torturarme.

Me levanto de la cama, sudorosa, y camino hacia la ventana. La calle está vacía, silenciosa. Cierro los ojos y me imagino bajando, en pijama, parando el primer taxi que pase. «Lléveme donde haya hombres», le diría. «Donde haya vergas duras y disponibles». Me estremezco solo de pensarlo. Apoyo la frente en el vidrio frío y un suspiro me sale del alma. Esta necesidad es física, visceral. Quiero sentir piel, sudor, sexo crudo.

Abró el refrigerador y tomo un trago de agua fría, pero no calma el fuego que tengo dentro. Mis pechos están sensibles, los pezones rozan la tela de mi camisón y siento un latido constante en mi clítoris, como si me estuviera llamando, exigiendo atención. Camino hacia el baño y me miro en el espejo. Mis ojos brillan con una luz que no es normal, mis labios están hinchados, como si ya hubiera estado besando a alguien. Me paso los dedos por el cuello y bajo hasta mis tetas. Están pesadas, llenas. Una mano se desliza bajo el camisón y encuentra mi pepa, empapada, caliente. Gimo en voz baja. No, esto no es suficiente. No quiero solo mis dedos. Quiero vergas de verdad, varias, de diferentes tamaños y formas.

Regreso a la cama y tomo mi teléfono. Abro una app de citas, scrolleo rápido. Hombres, todos queriendo sexo, pero es demasiado lento, demasiado planeado. Yo no quiero citas, no quiero conversación. Quiero acción. Ahora. Cierro la app frustrada. Me pongo a pensar en mis exes. Carlos, con su verga gruesa y curva que siempre me golpeaba el punto G. Luis, que era más delgado pero sabía usar la lengua como nadie. Hasta Jorge, que era rápido pero tenía una resistencia en la cama que me volvía loca. Pero llamar a un ex es complicado, viene con equipaje emocional que esta noche no quiero cargar.

Entonces la fantasía se apodera de mí. Cierro los ojos fuerte y me visualizo en un bar oscuro, de esos que quedan por el centro. Llego sola, con un vestido negro corto, sin ropa interior. Me siento en la barra y pido un trago. No tardo mucho en sentir miradas. Un hombre se acerca, mayor, con manos grandes. Otro, más joven, musculoso. Un tercero, callado, con una sonrisa pícara. Nos miramos y no hace falta hablar. Salimos juntos a un callejón cercano.

En mi mente, es ahí donde empieza lo bueno. El mayor me empuja contra la pared y me besa con lengua, sus manos agarran mis tetas con fuerza. El joven se arrodilla y empieza a chuparme la pepa, justo ahí, en el callejón, mientras el tercero se frota contra mi trasero. Grito, pero el sonido se pierde en la ciudad. Cambiamos de posiciones. Ahora estoy de rodillas, con el mayor frente a mí. Su verga es gruesa, venosa. Huele a limpio y a hombre. Abro la boca y me la trago entera. Él gime y se agarra de mi pelo. Mientras, el joven me penetra por detrás, cada embestida me hace gritar con la boca llena. El tercero se pone a un lado y yo, con la mano libre, empiezo a masturbarlo, sintiendo cómo late en mi palma.

Luego me dan vuelta y me ponen a cuatro patas en el pavimento. Ahí es cuando siento que se turnan. Uno en mi boca, otro en mi pepa, otro frotándose en mi culo. Los sonidos son obscenos, jadeos, gemidos, el ruido húmedo de la penetración. Me llenan la boca de saliva y de precum, mi pepa gotea, mi culo se estira para recibirlos. En un momento, todos están listos para venirse. «En la cara», les digo, y obedecen. El primero me llena la boca, caliente y espeso, y yo trago con ganas. El segundo viene en mis tetas, pintándolas de blanco. El tercero apunta a mi frente y pelo. Quedo empapada, marcada, usada.

La fantasía es tan vívida que me toco sin darme cuenta y gimo, con los dedos hundidos en mi pepa, moviéndolos rápido, buscando ese alivio. Pero no llega. Un orgasmo solo mía no es suficiente. Necesito más.

Me levanto otra vez y camino por el apartamento, sin rumbo. Reviso mi teléfono otra vez, buscando algún contacto que pueda estar despierto y dispuesto. Encuentro a Miguel, un tipo con el que salí un par de veces. Es directo, sin compromisos. Le escribo: «Despierto?». Responde a los dos minutos: «Sí. ¿Todo bien?». «Necesito verga. Ahora», tecleo, sin rodeos. Él responde: «Dirección».

Le doy mi dirección y empiezo a prepararme. No me baño, no quiero perder este olor a excitación que tengo. Solo me pongo un abrigo largo sobre el camisón y unos zapatos. Bajo a la calle y espero. Hace frío, pero yo ardo por dentro. Cuando llega, ni siquiera hablamos. Subimos en silencio al apartamento.

Apenas cerramos la puerta, lo empujo contra ella y le bajo el cierre del pantalón. Su verga sale, dura, lista. Es más pequeña de lo que recordaba, pero no importa. Me arrodillo y me la meto a la boca. Huele a ducha reciente, pero por debajo, a testosterona. Chupo con hambre, profundo, haciendo sonidos guturales. Él gime y se agarra de mi cabeza. «Coño, Cristina, qué te pasó». No respondo, solo me concentro en mi tarea.

Después de un rato, me levanto y me doy vuelta, apoyándome en la pared. «Métemela por detrás», le ordeno. Él obedece, escupe en su mano y unta mi entrada. La penetración es seca, un poco dolorosa, pero justo lo que necesito. Empieza a moverse, rápido, fuerte. Sus manos agarran mis caderas y sus gemidos llenan la habitación. Yo cierro los ojos y me imagino que no es uno, son dos. Que hay otro hombre frente a mí, cuya verga estoy chupando. Grito, animándolo. «Más duro, papi, dame más».

Cambiamos a la cama. Me pongo boca arriba y él se sube encima. En esta posición, puedo ver su cara, contraída por el placer. No es la persona más guapa, pero en este momento, es el instrumento de mi liberación. Le rodeo la cintura con las piernas y lo atraigo más profundo. «Vas a venirte?», le pregunto, y él asiente, jadeando. «Dónde quieres que sea?». «En mi boca», digo, y en un movimiento rápido, lo empujo, me coloco sobre él y me trago su verga de nuevo.

Esta vez, no dura mucho. Unos segundos de succión profunda y siento que se pone rígido. Un gruñido, y luego el chorro caliente y salado en mi garganta. Trago, una, dos, tres veces, hasta que no queda nada. Él se desploma, exhausto.

Pero yo sigo prendida. Mi pepa todavía palpita, vacía. Lo miro y sé que no va a poder darme una segunda ronda. «Puedes usar tus dedos», le digo, y me acuesto a su lado, abriendo las piernas. Él, algo confundido pero obediente, empieza a frotar mi clítoris mientras mete dos dedos en mi interior. Es bueno, pero no es suficiente. Cierro los ojos y vuelvo a mi fantasía. Ahora hay otro hombre, con una verga más grande, usándome la boca mientras este me dedica los dedos. Y otro, masajeando mis pechos. La combinación de la realidad y la fantasía hace que el orgasmo se acerque, un tsunami que crece en mi vientre.

Grito, un grito largo y gutural, y mi cuerpo se convulsiona. Es un orgasmo intenso, que me sacude de pies a cabeza. Contracciones una tras otra, mientras los dedos de Miguel siguen trabajando en mi interior. Cuando termino, estoy jadeando, cubierta de sudor, con las sábanas empapadas debajo de mí.

Miguel se va poco después, con una palmadita en mi trasero y una sonrisa de «qué loca estás». Yo me quedo en la cama, mirando el techo. El fuego se ha apagado, por ahora. Mi cuerpo está satisfecho, cansado. Me levanto, me limpio un poco con una toalla y me acurruco en la cama. Huele a sexo, a sudor, a Miguel. Y aunque no fue exactamente como lo soñé, fue real. Fue necesario.

Mañana volveré a ser Cristina la esteticista, profesional, divertida. Pero ahora, mientras me duermo, sonrío sabiendo que esa parte de mí, la salvaje, la necesitada, la que quiere ser usada por varios hombres a la vez, sigue ahí, latiendo. Y tal vez, solo tal vez, la próxima vez sea más de uno. O tal vez no. Pero por ahora, con el olor a verga en mis sábanas y el sabor a semen en mi boca, puedo dormir en paz.

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