Mi primera vez cogiendo en un trío y uff... ya quiero repetir
Nunca pensé que instalar cerramientos me iba a llevar a vivir una de las noches más calientes de mis 40 años. Todo empezó con ese matrimonio joven – vamos a llamarles los Martínez – que me contrataron para ponerles unos vidrios templados en el balcón de su ático. Ella, una rubia explosiva de 28 años con un par de tetas que parecían desafiar la gravedad. Él, un tipo musculoso de mirada intensa que no dejaba de mirarme mientras yo trabajaba.
El tercer día de trabajo, cuando ya casi terminaba, la cosa se puso interesante.
«Oye, Exe… ¿te gustaría tomar algo con nosotros?» me preguntó ella, mordiendo un cubito de hielo de una manera que me hizo sudar más que el sol de agosto en Madrid.
Yo, que nunca rechazo una cerveza, acepté. Pero lo que no sabía era que la invitación incluía mucho más que alcohol.
Nos sentamos en su sofá blanco (pensé ‘qué jodido debe ser limpiar eso después’) y empezamos a hablar de la vida. A los diez minutos, ella se levantó con cualquier excusa y volvió con un short tan corto que casi le salían las nalgas por debajo.
«¿Te molesta si me pongo cómoda?» dijo mientras se acomodaba las tetas en mi dirección.
El marido, en vez de ponerse celoso, se rió y me pasó otra cerveza. «A mi mujer le encanta ser el centro de atención», comentó como si hablara del clima.
La cosa se puso seria cuando ella, sin previo aviso, se sentó en mis piernas. «Ay, perdón, es que este sillón es tan incómodo…» mentira descarada, porque el sofá era más cómodo que la cama de un hotel cinco estrellas.
Sentí cómo mi verga empezaba a despertar cuando ella se movió disimuladamente sobre mi bulto. El marido lo notó y, en vez de enfadarse, se acercó y me dijo al oído: «Nos gustaría que fueras nuestro invitado especial esta noche».
Mi cerebro tardó tres segundos en procesar la indirecta. Cuando lo hizo, la verga me iba a explotar.
«¿En serio?» fue todo lo que atiné a decir.
La rubia se giró y me besó con una lengua que sabía a menta y peligro. «Sí, bebé. Queremos probarte», susurró mientras su mano ya me desabrochaba el cinturón.
El marido no perdió tiempo. Se quitó la camisa y reveló un torso que daba vergüenza ajena (en el buen sentido). Mientras su mujer me mamaba la verga como si fuera el último chupetín del mundo, él se puso detrás de mí y empezó a masajearme los hombros.
«Relájate, disfruta… hoy eres el rey», me dijo mientras su mujer me devoraba la polla.
Me invitaron a pasar a la habitación principal, donde una cama king ocupaba casi todo el espacio. La rubia se quitó el short (finalmente) y mostró un coño depilado que brillaba bajo la luz tenue.
«¿Alguna vez has hecho un trío?» preguntó el marido mientras sacaba de un cajón un tubo de lubricante.
«Primera vez para todo», contesté, aunque mi verga ya estaba tan dura que podrían haberla usado para clavar cuadros.
Lo que siguió fue una de las experiencias más intensas de mi vida. La rubia, está bien reputa, se puso en cuatro mientras yo me colocaba detrás. El marido se puso frente a ella con un consolador y empezó a prepararla mientras yo le daba nalgadas que resonaban en toda la habitación.
«Ahora», gruñó el tipo, y en sincronización perfecta, entramos los dos al mismo tiempo.
La sensación fue indescriptible. Sentir su coño apretado alrededor de mi verga mientras al lado el consolador de su marido hacía presión… la rubia gritó como si la estuvieran matando, pero del buen modo.
«¡Dios, qué verga ta grande!» gemía mientras nos empujaba contra ella.
El ritmo lo marcaba el marido, que resultó ser un director de orquesta en la cama. «Más despacio… ahora más rápido… tú por aquí, yo por allá».
Duré más de lo que pensaba, probablemente por los nervios y la novedad. Pero cuando llegó mi momento, exploté dentro de ella como un adolescente. El marido no se vino, pero me dio una palmada en la espalda como si hubiéramos ganado el mundial.
«Bien jugado, campeón», dijo mientras su mujer, exhausta, se derretía en la cama con un hilo de mi leche saliéndole del coño.
Nos duchamos los tres juntos (donde la rubia insistió en lavarme la verga personalmente) y terminamos la noche comiendo pizza completamente desnudos en su sala.
Al día siguiente, terminé el cerramiento con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando les entregué la factura, ella me susurró: «Creo que abriré una línea de crédito».
Y así fue como aprendí que a veces, los mejores pagos no vienen en efectivo.
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