Esclava por una noche
El aire en el lounge de aquel día olía a whisky caro y a ambición. Barrí la mirada como gacela a ver que encontraba. Y entonces lo vi. ¡Santiago!. No lo veía desde hacía casi una década, cuando nuestros encuentros sexuales terminaron porque su intensidad me asustó; era un fuego que yo, en mi juventud, no estaba preparada para contener.
El tiempo, sin embargo, le había sentado con una elegancia brutal. Las facciones toscas de sus veinte años se habían refinado en una masculinidad tallada y segura. Su traje se adaptaba a sus hombros anchos y a sus muslos poderosos con una precisión que hablaba de poder, no de vanidad. Nuestras miradas se enlazaron a través de la habitación, y en lugar del reconocimiento cálido que esperaba, recibí una fría evaluación, un destello de posesividad que me hizo contener la respiración. Yo, acostumbrada a dominar every interacción, me sentí de repente desnuda y medida.
Para mi sorpresa, no se acercó. No sucumbió. Jugó su juego, hablando con otros, ignorándome deliberadamente hasta que la tensión fue una cuerda tirante que solo nosotros sentíamos. Finalmente, se acercó. Su saludo fue cortés, pero su mano al tomar la mía fue una promesa de fuerza. «Lucía, igual de bella como siempre». Su voz era más grave, un susurro de terciopelo y acero. «Y sigues mirando como si el mundo te debiera algo». La provocación era clara. Lo invité a mi casa. No era una pregunta.
Al cruzar el umbral, la fachada se desvaneció. No hubo preámbulos, ni juegos de seducción. Me giró bruscamente y me apretó contra la puerta, su cuerpo un muro de calor y fuerza against mi espalda. «Esta vez», murmuró contra mi nuca, su aliento caliente en mi piel, «jugarás a mis reglas». Su mano se enredó en mi moño perfecto, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponer mi garganta. Un gemito escapó de mis labios, no de dolor, sino de pura y cruda excitación. La rendición nunca me había sabido tan dulce.
Me arrastró hasta el centro de la habitación y con un empujón que no admitía discusión, me arrodilló sobre la alfombra. El frío del piso fue un shock. Me miró desde arriba, sus ojos oscuros eran pozos de dominio absoluto. «Abre la boca», ordenó. Y yo, que nunca obedezco a nadie, lo hice. Su desenfreno fue brutal, casi obsceno. No fue una felación; fue una posesión. Mis manos, usually tan activas, permanecieron inertes sobre mis muslos mientras él gobernaba el ritmo, profundizando cada empuje hasta que las lágrimas rodaban por mis mejillas y las arcadas se mezclaban con mis gemidos ahogados. Fue grotesco. Fue humillante. Fue la cosa más erótica que he experimentado.
La noche se convirtió en un torbellino de sumisión. Me folló contra la pared, marcando mi piel con sus dedos. Me azotó con una palma abierta que dejó su mano impresa en mis nalgas, un estigma que anhelé al instante. Cada orgasmo que me arrancó fue un castigo y una recompensa, una ola de placer tan intensa que rayaba en el dolor. me vine seis veces. Seis. Mi cuerpo, usually bajo mi control absoluto, se convirtió en un instrumento que él tocaba con maestría cruel.
Cuando el amanecer filtró sus primeros rayos, él todavía estaba viril, incansable. Su climax final fue una explosión primitiva sobre mi estómago, marcándome, claimándome como suya por esa noche. Me dejó allí, temblorosa y exhausta sobre las sábanas revueltas, sintiendo el eco de cada golpe, cada mordisco, cada orden susurrada. No me había sentido tan viva en años.
Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.