Por
Anónimo
Sexo caliente en la ducha
¡Ay, parce! Le voy a contar esta vaina que me pasó y que me tiene todavía con el corazón a mil. Resulta que últimamente me he quedado en la casa de mi novia, dándole una mano con unas cositas del hogar. Todo normal, ¿ve? Pero ayer, la cosa se puso buena.
Mis suegros tenían que llevar al aeropuerto a mi cuñado, el menor de la familia. Y el aeropuerto queda lejísimos, marico. Como a dos horas de ida y otras dos de vuelta. O sea, teníamos como cuatro horas solos mi jeva y yo. ¡Cuatro horas! Uno ya sabe que cuando hay tanto tiempo a solas, las cosas se pueden poner interesantes.
Al principio, todo tranquilo. Nos tiramos en el sofá a ver una de esas series que a ella le encantan. Yo con un brazo alrededor de sus hombros, ella recostada en mi pecho. Cenamos unas arepitas con queso que preparó ella, y todo seguía normal, normal. Pero por dentro, yo ya sentía ese calorcito que me recorre el cuerpo cuando sé que vamos a tener rato a solas.
Llegó la hora del baño. Ella siempre se baña primero y después yo, así es la rutina. Pero hoy, marico, hoy se me ocurrió una idea que me sacó lo mosquetero. Esperé a que estuviera enjabonándose y, sin hacer ruido, abrí la puerta del baño.
Cuando me vio, se le salieron los ojos. «¿Qué haces?» me dijo, toda nerviosa, pensando que iba al baño. Pero yo, sin decir ni pío, me empecé a quitar la ropa ahí mismito. La camiseta voló, el pantalón cayó al piso, y en dos segundos estaba en pelotas frente a ella.
«¿Estás loco?» me dijo, pero ya se le veía una sonrisita en los labios. «Mis papás pueden llegar en cualquier momento». Pero yo ya estaba dentro de la ducha, con el agua caliente cayendo sobre los dos.
La agarré y la besé. No un besito suave, no. Un beso de esos que le quitan el aire a una, con lengua y todo. Mientras la besaba, agarré el jabón y empecé a tallarle las tetas. ¡Uy, marico! Esas tetas que me vuelven loco. Con el jabón se le veían más redonditas, más firmes. Y sus pezones, que se pusieron duros como piedritas bajo mis dedos.
Ella no se quedó atrás. Agarró mi verga, que ya estaba más dura que un palo de escoba, y empezó a jalármela con esa mano enjabonada. El agua caía sobre nosotros, el vapor llenaba el baño, y los dos jadeábamos como si nos fuéramos a morir.
La di la vuelta, la recosté contra la pared y, sin soltarla, le metí la verga por detrás. ¡Uy, no joda! El gemido que soltó me erizó los pelos. «Sí, papi, así… dame más duro», me decía, mientras yo le agarraba las tetas y las apretaba con fuerza.
Pero eso era solo el comienzo, parce. La voltié de nuevo para que quedáramos frente a frente y le levanté una pierna con mi brazo. Así, bien profundo, se la seguí metiendo. La tenía contra la pared, con el agua chorreando por nuestros cuerpos, y ella no paraba de gemir.
«¿Te gusta, mi amor?» le pregunté, y ella solo podía asentir, con los ojos cerrados y la boca abierta. Entonces hice lo que cualquier hombre haría: le levanté la otra pierna y la cargué completamente. ¡Sí, marico! Con ella en mis brazos, sus piernas alrededor de mi cintura, seguí dándole duro contra la pared.
El sonido era lo mejor: el agua cayendo, nuestros cuerpos chocando, sus gemidos que se mezclaban con mis gruñidos. «¡Más fuerte, papi!» me pedía, y yo le daba con toda mi alma. Sentía como se me iba a salir el corazón del pecho.
En un momento, la bajé y la puse de rodillas. «Chúpamela, mi vida» le dije, y ella, obediente, se tragó toda mi verga. Con esa boquita que tiene, me la chupaba como si fuera el último helado del mundo. Yo le agarraba el pelo y le metía la cara contra mi pelvis, sintiendo cómo se ahogaba con mi tamaño.
Luego la puse de pie otra vez, la voltié y se la volví a meter por detrás. Pero esta vez, le aparté las nalgas con las manos y se la metí más hondo. «¡Ay, Dios mío!» gritó, y su cuerpo empezó a temblar. Sabía que estaba a punto de correrse.
Yo tampoco aguantaba más. La recosté contra la pared otra vez, le levanté las piernas y, mirándola a los ojos, le di lo último que me quedaba. «Me voy a venir, mi amor» le avisé, y ella me dijo «Sí, papi, adentro, quiero sentirte todo».
Y así fue, marico. Con un gemido que me salió del alma, le solté toda mi leche adentro. Fue tan fuerte que hasta me temblaron las piernas. Nos quedamos ahí, jadeando, abrazados bajo el agua, sin poder creer lo que acababa de pasar.
Cuando por fin salimos del baño, nos miramos y nos reímos. «Estás loco» me dijo ella, pero con una sonrisa que me decía que le había encantado. Y yo, ¿qué podía decir? Solo que cuando se trata de ella, cualquier locura vale la pena.
Eso sí, salimos rapidito del baño y limpiamos todo, no fuera a ser que llegaran los suegros y se dieran cuenta de nuestra travesura. Pero por dentro, los dos sabíamos que valió cada segundo. ¡Uy, sí, marico! ¡Así es la vida!


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