octubre 4, 2025

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Semen = Deli

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Dios, no se por donde empezar con esto, la verdad es que soy una adicta y lo asumo. No al alcohol, no a las drogas, no. Soy una yonqui del semen. Suena fuerte, lo se, pero es la pura verdad. Desde la primera vez que lo probé, hace ya unos cuantos años en una aventura de universidad, supe que ese sabor salado, esa textura espesa y ese olor tan… propio, se me habían metido bajo la piel. O mejor dicho, bajo la lengua. Es mi debilidad, mi vicio secreto. No es algo que pueda comentar en la redacción, obvio, imaginate: «Oye, Verónica, ¿qué tal el almuerzo?» «Bien, Pedro, pero lo que de verdad me tiene mal es la leche de un tipo anónimo que me tragé en un glory hole la semana pasada». Me mandarían directo al psicólogo de la empresa.

Pero no puedo evitarlo. Después de un par de semanas con el mono subiéndome por la garganta, de recordar ese último sabor increíble que me dejó temblando, decidí que ya era hora. Me puse mi outfit de caza: una falda negra cortísima, que con un movimiento ligero ya enseña todo, unos leggins negros también (fáciles de bajar) y una camiseta ajustada sin mangas, con unas botas militares que quedan de muerte pero que, pensándolo bien, son un coñazo para arrodillarse. Me miré en el espejo antes de salir y sonreí. Iba a dar guerra.

El sitio es de esos que huelen a desinfectante barato y misterio. Un cine X caduco en el centro, de esos que ya ni películas porno pasan, solo es la fachada para lo que de verdad importa. Pagué mi entrada, pasé la cortina de cuentas de plástico y me adentré en la penumbra. El sonido era un zumbido bajo de respiraciones agitadas, algún gemido ahogado y el roce de cuerpos contra los tablones de madera. El aire era pesado, cargado de sudor, colonia rancia y el aroma inconfundible del sexo anónimo. A mi me encanta.

Fui directo a la sección de cabinas de oral, mi zona de confort. Elegí una al final del pasillo, más oscura y, por experiencia, con menos tráfico de principiantes. Me encerré, escuché el clic de la cerradura y por un momento solo hubo silencio, roto por el latido de mi propio corazón. Entonces, al otro lado de la pared, la rendija se iluminó ligeramente cuando alguien entró en el cubículo contiguo. Se abrió el orificio, ese círculo perfecto que lo cambia todo.

No vi nada, solo una sombra. Pero entonces, apareció. Una verga. No era especialmente grande, tampoco pequeña, era… perfecta. Bien afeitada, con una cabeza gruesa y un vientre con unas venas marcadas que prometían. Yo, que ya estaba mojándome solo de pensarlo, me arrodillé en el suelo frío y pegajoso. Ahí esta la rodilla, la que se ve en la foto, la pobre que siempre lleva la peor parte pero que aguanta como una campeona. Me acerqué y, antes de empezar, respiré hondo. Su olor me llegó directo, un aroma limpio, a jabón de hombre, con ese toque musculo único que me pone inmediatamente en modo fiera. No pude esperar más.

Empecé lamiendo la punta, con suavidad, saboreando esa primera gota de precum que ya asomaba. Era salada, deliciosa, justo lo que necesitaba. El tipo del otro lado emitió un gruñido bajo, ronco, y su pene se tensó aún más en mi boca. Eso me prende una barbaridad, saber que con mi boca puedo hacer eso. Me la metí entera, sintiendo como me abría la garganta, acariciando con la lengua todo el recorrido, cada centímetro de esa piel tan suave. Mis manos se aferraban a la pared, mis uñas raspando la madera barata mientras yo me ensalivaba esa verga como si fuera el último caramelo del mundo. Subía, bajaba, giraba la cabeza para darle diferentes ángulos, y cada gemido que escuchaba del otro lado era como un shot de adrenalina directo a mis venas.

Él empezó a moverse, a empujar con más fuerza, y yo lo dejé. Me encanta sentir que pierden el control, que mi boca es tan buena que les nubla el juicio. Podía saborear su deseo, su desesperación, mezclándose con mi propia saliva. Y entonces, lo sentí. Ese cambio de textura, esa tensión en sus músculos que se transmitía a través de su miembro. Iba a correrse. «No pares», gruñó desde el otro lado, con una voz que no esperaba, grave y con un deje de autoridad que me hizo derretirme aún más.

Y llegó. El primer chorro fue directo a mi garganta, caliente y espeso. Pero no era el sabor salado y amargo al que estaba acostumbrada. Esto era… diferente. Era dulce. Joder, era increíblemente dulce. Sabía exactamente a ese jarabe para licores, el de granadina o algo parecido, una explosión de azúcar y sabor que me dejó boquiabierta, literalmente. Los chorros siguieron, llenándome la boca, y yo tragaba ansiosa, sin dejar de chupar, queriendo más, queriendo extraer hasta la última gota de ese néctar. Era tan dulce que casi no podía creerlo. He oído eso de que la piña ayuda, pero esto era otra cosa, esto era de otro planeta. Se me escapó un poco, me corrió por la comisura de los labios y noté lo pegajoso y dulce que era incluso en mi piel.

Cuando terminó, me quedé allí arrodillada, con la frente apoyada en la pared, jadeando, con su verga todavía en mi boca, ahora ya flácida pero con el último regusto de ese semen de dioses. Él se retiró lentamente, y yo escuché como se arreglaba y salía del cubículo, sin una palabra. Yo me quedé ahí, en la oscuridad, saboreando ese recuerdo en mi paladar, con las piernas temblorosas y la falda manchada. Me limpié la boca con el dorso de la mano y no pude evitar reírme sola. Mil euros, un viaje a París, una cena en un restaurante de lujo… nada se compara con la recompensa de haber encontrado la mejor leche del mundo. Y lo mejor de todo es que no tengo ni idea de quien era. Esa es la belleza de esto. El anonimato, el misterio, y la promesa de que, la próxima vez, quizás vuelva a tener suerte. O quizás no. Esa es la emoción.

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