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octubre 4, 2025

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Se la chupe a mis primos(gays)

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Bajo el sol inclemente del verano, mi juventud se desplegaba como un pergamino de ansiedades y deseos innombrables. La casa de mis tíos, una estructura de madera y nostalgia enclavada en la llanura, era el escenario de mi perpetuo desasosiego. Yo, un muchacho de facciones suaves y ademanes que delataban una sensibilidad que los demás, con crueldad infantil, tachaban de afeminada, era el blanco perfecto para las burlas de mis cinco primos, criaturas salvajes y doradas por el sol cuyo vigor me aterraba y me atraía con la fuerza de un abismo.

Sus bromas eran rituales de iniciación, un constante asedio cargado de una intención velada que entonces no alcanzaba a descifrar. «¿Por qué no te animás, che, y me la chupás un rato?», me susurraba el mayor, Lucas, su aliento caliente rozando mi oreja mientras los demás reían con una complicidad que me ruborizaba. Sus palabras, soeces y llenas de un retorcido cariño, eran como piedras que me lanzaban, y yo las recogía y las guardaba en el secreto de mi noche, donde se transformaban en fantasías húmedas y culpables. El olor a tierra seca, a sudor juvenil y a hierba machacada se me impregnaba en la ropa y en la memoria, un perfume primal que me perturbaba.

La transgresión, como todas las de verdadero calado, llegó sin estruendo. Fue detrás de la casa, donde la chatarra antigua se oxidaba bajo una enredadera implacable. Mateo, el segundo, me encontró allí, escondido como un animal asustado. No dijo nada. Su mirada, usualmente burlona, tenía una intensidad nueva, grave. Con un movimiento que no admitía discusión, desabrochó su pantalón y liberó su miembro, ya semierguido, palpitante y con una vena que latía bajo la piel morena. El mundo se redujo a aquel pedazo de carne viril, a la expectativa silenciosa que pendía entre nosotros. No fue un acto de sumisión, sino de voracidad. Me arrodillé en la tierra seca, y cuando mis labios tocaron la punta salada de su sexo, sentí que por fin mordía la manzana del conocimiento prohibido. Un estremecimiento me recorrió al recibir el primer goteo amargo de su pre-semilla, un sabor que se me volvió adictivo al instante. Sus manos se enredaron en mi cabello, no con violencia, sino con posesión, guiando el ritmo de mi boca que aprendía, con una avidez que me sorprendía a mí mismo, a amoldarse a su forma, a succionar la esencia de aquella masculinidad que tanto anhelaba.

Aquel primer acto clandestino abrió las compuertas de un infierno delicioso. Las noches se convirtieron en nuestro reino. En la pieza compartida, donde el aire era pesado por el aliento acompasado de mis otros primos durmiendo, la promesa del pecado flotaba como un incienso. Lucas, el de la voz ronca, era el más audaz. En la penumbra, su silueta se incorporaba. Un roce de sábanas, el tenue crujido del colchón, y entonces su mano, fría al principio, buscaba la mía para guiarla bajo las cobijas hacia la ardiente realidad de su erección. Él se acomodaba de espaldas, y yo, como un espectro, me deslizaba entre las sombras hasta quedar con el rostro enterrado en su entrepierna. La cobija, una pesada losa de lana, se convertía en nuestra cúpula de secretos, atrapando el olor almizclado, a testículos y a sueño, un aroma que me embriagaba. Yo me hundía en aquel éxtasis silencioso, saboreando cada centímetro de su piel tensa, sintiendo cómo se endurecía aún más contra mi paladar, cómo sus caderas iniciaban un leve y controlado bombeo. Su mano, siempre en mi nuca, era el único indicio de su placer, apretando con más fuerza cuando sentía que su climax se aproximaba, un gesto mudo de dominio y gratitud. La recompensa era el espasmo final, la repentina inundación caliente y espesa que llenaba mi boca, un licor salado y vital que yo tragaba con devoción, sintiendo cómo me quemaba por dentro, marcándome como suyo.

Con Tomás, el más cercano a mi edad, el ritual era diferente, más íntimo y prolongado. Él se ponía de lado, fingiendo dormir, y yo me acurrucaba a su espalda, mi cuerpo delgado pegado al suyo, más robusto. Mi mano, sigilosa, se colaba por el elástico de su ropa interior, encontrando esa misma carne familiar pero con una textura ligeramente distinta. Mientras mis dedos acariciaban su longitud, yo enterraba mi nariz en su espalda, bebiendo su olor a jabón rústico y a cama caliente. Él soltaba gemidos ahogados, casi imperceptibles, y su cuerpo se estremecía contra el mío, una confesión tácita de un placer que no se atrevía a nombrar. A veces, en un acto de osadía que me dejaba temblando, yo bajaba aún más mi mano y mis dedos encontraban no solo su miembro, sino la entrada oculta y fascinante de su cuerpo. Rozaba con la yema ese anillo nervioso, sintiéndolo contraerse bajo mi toque, y la respiración de Tomás se cortaba, su espalda se arqueaba, entregándose a una sensación que ninguno de los dos comprendía del todo, pero que anhelábamos con la misma fuerza con la que las raíces buscan el agua.

Eran tres, entonces. Tres demonios familiares que me ofrecían su fruto en el altar de la noche. Lucas, rudo y directo; Mateo, posesivo y silencioso; Tomás, tembloroso y receptivo. Yo era el nexo secreto, el fuego furtivo que los unía en la oscuridad, el receptáculo de sus jugos más íntimos. Cada orgasmo robado al sueño de los demás era un verso más en un poema sórdido y beautiful que solo nosotros podíamos leer. El placer era una telaraña en la que estábamos todos atrapados, y yo, en el centro, me alimentaba de cada vibración, de cada susurro, de cada gota de aquel néctar prohibido que sellaba un pacto de complicidad del que nunca hablaríamos a la luz del día.

Ahora, con la pesadez de los años sobre mis hombros, aquella época me parece un relato gótico escrito por otro. La casa de campo se vendió, y mis primos, convertidos en hombres de familia, en padres y maridos respetables, cargan con el peso de sus vidas convencionales. Cuando nos vemos en alguna boda o funeral, intercambiamos miradas fugaces, un destello de reconocimiento que atraviesa los años y las mentiras bien construidas. Sus manos, que ahora sostienen a sus hijos, una vez me sujetaron con ferocidad. Sus bocas, que pronuncian palabras de amor conyugal, una vez se contrajeron en un rictus de puro éxtasis por mi culpa. Y yo, el eterno escriba de lo oculto, guardo el sabor de su adolescencia en mi memoria, un fantasma dulce y amargo que merodea en los límites de mi propia cordura, preguntándome si aquel paraíso perdido entre las sombras fue mi condena o mi única y verdadera salvación.

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