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Anónimo

septiembre 17, 2025

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Quiero venirme adentro de mi hermana mayor

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Mi hermana es una diosa caminante. Con sus 27 años, tiene ese cuerpo esbelto y delgado que parece esculpido a mano: piel blanca como la porcelana, curvas suaves que se insinúan bajo cada vestido ajustado que usa, y una elegancia natural que hace que todos volteen a verla cuando entra a una habitación. Pero lo mejor de todo es que no es como esas mujeres hermosas que se creen la última Coca-Cola del desierto. Es humilde, amable, y siempre tiene una palabra dulce para mí, su hermano menor de 21 años. Nuestra relación ha sido siempre cercana, de complices, de esos hermanos que se cuidan mutuamente… pero en la intimidad de mi cuarto, yo he cultivado un deseo prohibido que cada día me consume más.

Todo comenzó hace años, cuando accidentalmente la vi salir de la ducha. Su cuerpo desnudo, goteando agua, con las gotas resbalando por su espalda hasta perderse en la entrepierna, se me quedó grabado a fuego. Desde entonces, he encontrado excusas para espiarla. Sé que está mal, pero no puedo evitarlo. Cuando escucho el agua correr, me deslizo hasta el baño contiguo y miro por la rendija de la puerta. Ver cómo el jabón recorre sus pechos pequeños pero perfectos, cómo sus manos se deslizan por su abdomen plano y hacia ese coñito depilado que siempre luce impecable… eso me vuelve loco. En más de una ocasión, he terminado jalándomela tan fuerte que me duele la mano después, imaginando que son sus dedos los que me masturban en lugar de los míos.

Pero el punto de no retorno llegó hace un mes. Ella me pidió que le ayudara a recuperar unas fotos de su teléfono, y mientras lo hacía, me topé con una carpeta oculta. Con dedos temblorosos, la abrí… y ahí estaban. Fotos de ella completamente desnuda, posando con una sensualidad que ni siquiera en mis fantasías más húmedas me había atrevido a imaginar. En una, estaba recostada en su cama, con las piernas abiertas, mostrando su coño rosado y hinchado. En otra, se veía su trasero perfecto, redondo y firme, mientras miraba a la cámara con una sonrisa pícara. No lo dudé: en menos de un minuto, las tenía en mi propio celular. Desde entonces, son mi material favorito para masturbarme.

Mi obsesión por el creampie no ayuda. Me encanta ver pornografía donde los hombres vacían sus bolas dentro de las mujeres, llenándolas de semen caliente hasta que les escurre por las piernas. Y siempre, siempre, imagino que es mi hermana la que recibe esa leche. Quiero ser yo quien la llene, quien la posea tan profundamente que sienta cómo mi verga pulsa dentro de ella mientras me corro. Quiero ver su cara de placer y sorpresa cuando sienta mi semen inundando su útero, marcándola por dentro como mía.

Hace una semana, casi se me cumple el deseo. Estábamos solos en casa, y ella se quedó dormida en el sofá después de una larga jornada de trabajo. Me acerqué sigilosamente y me senté a su lado. Su respiración era tranquila, y su blusa se había levantado un poco, mostrando un poco de su abdomen. Sin poder contenerme, deslicé mi mano bajo su falda y toqué su tanga. Estaba húmeda. Mi corazón latía con fuerza mientras mis dedos buscaban su clítoris a través de la tela. Ella murmuró algo en sueños y arqueó ligeramente las caderas, como si estuviera disfrutando. Estuve a punto de bajarle la tanga y metérsela ahí mismo, pero el sonido de un auto afuera me hizo retroceder.

Desde entonces, mi fantasía se ha vuelto más intensa. Ya no solo quiero venirme dentro de ella; quiero dominarla. Quiero amarrarla a su cama, abrirle las piernas y comerla hasta que grite mi nombre. Quiero que me ruegue que se la meta, que le dé duro, que la llene. Quiero ver cómo sus ojos se vuelven vidriosos mientras mi semen caliente sale de su coño y gotea sobre las sábanas. Sé que es enfermo, pero no puedo parar. Cada vez que la veo reírse o tocarme el hombro cariñosamente, me pregunto si ella también lo desea… o si algún día, finalmente, me dejará hacer realidad esta fantasía que me tiene al borde de la locura.

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