febrero 14, 2026

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Que me vengan en las tetas

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Voy a contarles algo que a mí me encanta y pues a lo mejor hay más gente igual, no sé. Pero a mí, desde la primera vez que me pasó, quedé bien loca con esto.

Yo soy Verónica, tengo 31, soy de Guadalajara. Y sí, soy tetona, eso no es secreto. Uso mi 38D con mucho orgullo, me encanta traer escotes, que se me vean, que las traigan presentes. Pero más me gusta cuando al final del encuentro, en lugar de adentro, me lo dejan afuera. En mis tetas, en mi cara, en mi boca. Eso es lo mío.

La primera vez fue hace como tres años. Andaba con un chavo que conocí en el antro, bien alocado. Nos fuimos a su depa y la verdad sí estuvo rico, pero cuando iba a venirse, yo no sé, me salió del alma. Le dije: «Ahí no. En mis tetas, por favor». Él me miró raro pero igual hizo lo que le pedí. Se vino en mis tetas, bien caliente, bien espeso. Y yo me quedé viendo cómo escurría, cómo brillaban mis pezones con esa leche blanca, tibia. Se me hizo el orgasmo más fuerte del mundo. Desde ahí, ya no paré.

Ahora con mi novio, al principio le costó trabajo. Es más reservado, más de venirte adentro y ya. Una vez le dije: «Oye, ¿me puedes venir en las tetas?» y se puso bien rojo. «¿Por qué?», dijo. «Porque me gusta, porque te quiero ver, porque quiero sentir tu leche en mi piel». No supo ni qué contestar, pero lo hizo. Y ahora ya le gusta también. Hasta me pide: «¿Te las baño, mami?» y yo feliz.

Lo más rico fue hace como dos semanas. Llegué a su depa y estaba viendo la tele, todo tranquilo. Yo ya venía caliente desde antes, desde que me mandó un mensaje en la tarde diciendo que soñó conmigo. Me puse un vestido bien corto, negro, escotadísimo, mis tetas casi se salían. Y sin calzones, obvio. Ni bien abrió la puerta, lo agarré de la camisa y lo metí al cuarto.

Empezamos a besarnos bien feo, con dientes, con lengua, yo le bajaba el pantalón y él me subía el vestido. Pero cuando me iba a poner el condón, le dije: «No. Hoy no. Hoy quiero todo en mí». Él me miró con esos ojos. «¿Estás segura?». «Claro que estoy segura, pendejo, nada más hazlo bien».

Y así empezó. Me puso en cuatro y me la metió bien duro. Sentía cómo me llenaba, cómo me abría. Estaba tan mojada que se oía todo, ese sonido bien obsceno, como de agua. Yo gemía, gritaba, le decía que así, que más duro, que no parara. Él me agarraba de las caderas y me empujaba contra su verga una y otra vez. Estaba sudado, oliendo a hombre, a sexo.

Cuando ya sentí que se iba a venir, me salí de ahí y me puse boca arriba. Me levanté las tetas con las manos, se las ofrecí. «Aquí, mijo, aquí te quiero ver». Él se vino encima de mí. Un chorro largo, caliente, espeso. Me cayó en el pecho, en las tetas, en el cuello. Se veía hermoso. Brillaba bajo la luz. Yo me quedé quieta, sintiendo cómo escurría, cómo se enfriaba poquito en mi piel. Luego él siguió, otra embestida de su mano, y otro chorro, este más fuerte, me cayó hasta la cara. Cerré los ojos y lo sentía en los labios, en la barbilla.

Cuando terminó, se dejó caer a mi lado, jadeando. Y yo empecé a jugar. Pasé mis dedos por mi pecho, junté su semen, lo esparcí por mis pezones. Estaban duros, bien parados. Me los unté, lento, viéndolo fijo. Me metí los dedos a la boca, los chupé. Sabía a él, a sal, a pura testosterona. Un sabor que me vuelve loca.

«¿Te gusta?», me preguntó, todavía sin aire.

«Claro que me gusta, mira cómo me pones», le dije, mostrándole mis tetas brillosas, relucientes. Parecían de porcelana. «Soy tuya cuando me dejas así».

Esa noche ya no nos bañamos. Me quedé con su leche pegada en la piel, secándose, haciéndose una costrita. Me dormí oliéndolo, sintiéndolo aún en mí.

Otra vez, con un muchacho que conocí en el gimnasio, más joven, de 24. Estaba bien bueno, todo marcado, y yo con mis licras y mis tops. Un día salimos y terminamos en el estacionamiento, atrás de su camioneta. Me la chupó rico, me hizo venir con la boca. Luego yo se la empecé a chupar a él. La tenía bien grande, morena, con la cabeza bien definida. Me la metía en la boca y yo la sentía palpitar.

Cuando vi que ya no aguantaba, que respiraba fuerte y me apretaba el pelo, le dije: «En mi boca. Quiero que te vengas en mi boca». Él dudó, pero yo lo jalé. «No seas güey, hazlo». Y lo hizo. Sentí el chorro caliente en mi lengua, en mi garganta. No me lo tragué. Lo dejé ahí, en mi boca, y cuando se sacó, lo dejé escurrir. Lentamente, por mi mentón, por mi cuello, hasta mis tetas que tenía fuera del vestido. Él me vio hacerlo, con los ojos bien abiertos. «Eres otra cosa», dijo. Yo nomás me reí.

Una vez con un casado. Eso fue en un viaje de trabajo, en Monterrey. Nos conocimos en el bar del hotel. Bebimos, bailamos, y al final subimos a su habitación. Estaba nervioso, de los que piden permiso para todo. Le dije: «Mira, yo no te voy a pedir que dejes a tu esposa, ni nada. Solo quiero que me cojas bien y que al final me bañes con tu leche». Casi se muere. Pero lo hizo. Y bien. Me puso en el borde de la cama, con las piernas abiertas, y me cogió viéndome fijo. Cuando se vino, fue en mis tetas, como le pedí. Me dejó toda blanca. Me vio y dijo: «Es la primera vez que hago esto». «Ya ves», le dije, «nunca es tarde para aprender cosas nuevas».

La verdad, no sé por qué me gusta tanto. Será la sensación de posesión. De que ese hombre, en ese momento, me está marcando. Que su semen en mi piel es como una firma. O será el morbo, lo sucio, lo prohibido. El olor que se queda, que es inconfundible. O quizás es que me siento más puta, más libre, más yo.

Y sí, después me baño, obvio. Pero a veces no inmediatamente. A veces me quedo un rato más en la cama, pasando mis dedos por mi piel, oliéndome, recordando. Es como un secreto que solo yo sé. Hasta que el agua se lo lleva.

Pero el recuerdo no. Ese se queda. Pegajoso, tibio, caliente. Como a mí me gusta.

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