Penetrada por mi suegro
Tenía 18 años, recién salida del cole, con un cuerpo que ya era la envidia de medio Lima. A los 15 ya tenía unas tetas de 90 y un culo que no paraba de crecer. Mi novio de entonces, Miguel, un pata flaquito pero con unos huevos bien puestos, vivía solo con su papá en una casa por Los Olivos.
La primera vez que fui a su casa, el viejo me miró como si fuera un plato de comida. Don Roberto, le decían. Un tipo de like 45 años, canoso, con unas manos grandes y una mirada que te desvestía. Miguel siempre fue un pendejo caliente, pero su papá era otro nivel.
Una tarde, después de coger con Miguel en su cuarto, el muy huevón me susurró: «¿Y si probamos algo más heavy?». Yo, que siempre he sido una zorra curiosa, le dije que sí. «Mi papá te tiene ganas,» me dijo, y en vez de darme asco, se me mojó la pepa al instante.
Me llevó a la sala, donde don Roberto estaba viendo tele. «Papá, te traje un regalo,» dijo Miguel, y me empujó hacia adelante. El viejo me miró de arriba abajo, con esa sonrisa de lobo que todavía me prende cuando me acuerdo. «¿Estás segura, hijita?» me preguntó, y yo, toda nerviosa pero exitada, asentí.
Miguel trajo una silla de la cocina, de esas de madera. Me hizo arrodillarme y me amarró las manos atrás con un cinturón. «Así no te vas a mover,» dijo, y me dejó ahí, con el culo al aire y la cara pegada al asiento. Don Roberto se acercó, desabrochándose el pantalón. «Vamos a ver qué tan zorra eres,» gruñó, y me metió la verga en la boca de una.
Era enorme, huevón. Más grande que la de Miguel, gruesa, con un olor a hombre que me mareó. Me la metió hasta la garganta, ahogándome, mientras yo gemía con la boca llena. Con una mano me agarraba del pelo y con la otra me manoseaba el culo. «Esta conchita es para mí,» le dijo a Miguel, y yo sentí cómo me bajaba los pantalones.
Cuando me la metió por atrás, grité. Duele, la primera vez, pero él no se detuvo. Me la clavó toda, sintiendo cómo se abría mi culo virgen. Miguel se sentó enfrente, jalándose la pija y mirándome. «Así, papá, dale duro a la puta esta,» decía, y eso me excitaba más.
Don Roberto me cogió como un animal. Me agarraba de las caderas y me empujaba contra él, metiéndosela hasta el fondo. Yo no podía hacer nada, solo gemir y sentir cómo me llenaba. Cuando se vino, fue adentro, caliente y espeso. «Una,» dijo Miguel, como contando.
Pero no pararon ahí. Don Roberto se sacó la verga, me desató y me llevó al sofá. «Ahora por delante,» ordenó, y me puso boca arriba. Miguel se acercó y me metió su pija en la boca otra vez, mientras su papá me penetraba. Estaba siendo usada por los dos, y me encantaba. Don Roberto era más lento, más profundo, buscando mi punto hasta que me hizo venir. «Dos,» contó Miguel.
La tercera vez fue la que más me marcó. Don Roberto me puso a cuatro patas en el piso. «Este culo necesita más,» dijo, y escupió en su mano para lubricarme otra vez. Esta vez fue más fácil, pero igual sentí cómo se abría. Me folló el culo con una rabia que me tenía loca, agarrándome de las tetas y mordiéndome la espalda. Miguel ya se había corrido y nos miraba desde el sillón, jadeando. Cuando don Roberto soltó su leche dentro de mi culo por segunda vez, perdí la cuenta. «Tres,» dijo Miguel, pero yo ya no podía pensar.
Siguieron cogiéndome por horas. A veces don Roberto solo, a veces los dos. Me usaron por todos lados, llenándome de leche hasta que me escurría. Cuando terminaron, me dejaron tirada en el piso, hecha un desastre, con el culo adolorido y la pepa hinchada. Don Roberto me ayudó a levantarme. «Eres una puta increíble,» me dijo, y me dio un beso en la frente.
Después de eso, volví varias veces. Siempre era lo mismo: Miguel me amarraba, don Roberto me cogía, y yo me dejaba, disfrutando cada segundo. Hasta que un día, la cagué.
Fue hace como tres meses. Mi hija, Valeria, tiene 5 años. Ese día, don Roberto había venido a mi casa porque Miguel estaba de viaje. Mi hija dormía en su cuarto, o eso pensaba. Nos encerramos en mi habitación, y como siempre, empezó fuerte. Don Roberto me tenía contra la pared, dándome por el culo, mientras yo gemía como loca. «Sí, papi, rómpeme el culo,» le decía, y él me daba más duro.
En un momento, miré hacia la puerta y la vi entreabierta. Un par de ojitos me miraban fijo. Valeria estaba ahí, en pijama, viendo cómo su abuelo me cogía. Me congelé, pero don Roberto, en su furia, no se dio cuenta. «¿Qué pasa?» preguntó, sin dejar de moverse. «Nada,» mentí, cerrando los ojos, tratando de ignorar que mi hija nos estaba viendo.
Ella se fue rápido, silenciosa como un ratón. Cuando don Roberto se corrió y se fue, me quedé tirada en la cama, sintiéndome la peor madre del mundo. Al día siguiente, Valeria no me miró a los ojos. Jugaba callada, y cuando le pregunté si estaba bien, solo asintió.
Ahora, huevón, no sé qué hacer. ¿Cómo le explico a mi hija de 5 años que su mamá es una zorra que se deja coger por su abuelo? ¿Cómo abordó esto sin traumatizarla más? Miguel no es mi pareja actual, mi novio ahora es otro pata que no sabe nada de esto, y don Roberto sigue viniendo cuando puede, porque no puedo negar que me encanta.
A veces pienso en sentarme con ella y hablarle, pero ¿qué le digo? «Mira, hija, a veces a las mamás les gusta que les den por el culo»? No jodas. Otra parte de mí quiere pretender que no pasó nada, pero sé que ella lo vio, y esa imagen se le quedó grabada.
Y mientras tanto, yo sigo viendo a don Roberto, porque ese viejo sabe cómo darme lo que necesito. La semana pasada, me cogió en el baño de un restaurante, rápido y sucio, y yo temblando de que alguien nos descubriera, pero excitada como nunca. Es un ciclo de mierda, lo sé, pero no puedo parar.
Así que aquí estoy, con mi hija que me evita y mi conciencia que me remuerde, pero con la pepa mojada cada vez que pienso en la verga de mi suegro. Qué vida tan jodida, huevón, pero qué rico me lo paso.



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