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Obsesionado con mi suegra
Llevo ya tres años con Laura, mi novia, y la verdad es que está buenísima. Tiene un culazo que no te cabe en las manos y unas tetas que son una auténtica maravilla. Pero hay una cosa que me tiene más loco que ella, y es su puta madre.
Elena, que así se llama, tiene sesenta años recién cumplidos, pero joder, parece que el tiempo se ha olvidado de pasar por ella. Está gordita, sí, pero de esas que dan morbo. Unas tetas que deben ser 36D, redondas, pesadas, que se le mueven con cada paso. Y un culo… hostia, un culo enorme, gordo, de esos que piden a gritos que los agarres con fuerza y los aprietes hasta dejarles los dedos marcados. Todavía está muy bien conservada, con una cara dulce que es pura mentira, porque en sus ojos se ve una malicia que me dice que por dentro es una puta tan cerda como me gusta a mí.
Salimos mucho con ella. A comer, al cine, de compras. Y cada vez es una tortura y un placer al mismo tiempo. Voy detrás de las dos, viendo cómo se les mueven esos culos, uno joven y firme, el otro maduro y carnoso. Pero mi mirada siempre se va a Elena. A cómo se le marca la tanga bajo el vestido, a cómo se le escapa un poco la carne del sostén por los lados, blanquísima, suave, que pide a gritos que la muerda.
Ya he empezado a probar suerte. Pequeños roces, disimulados. En el cine, al pasar, le apoyo la mano en la cadera y bajo un poco, rozándole la curva del culo. Ella no se aparta. Al contrario, a veces se empina un poco, y ahí lo tengo, todo ese montón de carne en la palma de mi mano, aunque sea solo un segundo. Me deja, la muy zorra. Sabe lo que hago y le gusta.
Otra vez, en un restaurante, me senté a su lado. Ella se inclinó para coger la sal y su brazo rozó mi brazo. Su pecho, ese pecho que me vuelve loco, presionó contra mi costado. Fue un segundo, pero sentí la calidez, la suavidad, el peso. Se me puso la polla dura al instante, y tuve que quedarme sentado un rato hasta que se me bajara. Ella se rió de algo, con esa risa de niña que tiene, y me miró de reojo. Me estaba provocando.
Mi novia, Laura, a veces se da cuenta. «¿Qué, te gusta mi madre?» me dice, riendo, como si fuera una broma. Y yo me río también, pero por dentro estoy pensando: «Si supieras, hija de puta, si supieras las ganas que tengo de follarme a tu madre y llenarle ese coño de leche».
Me obsesiona pensar en sus tetas. Las de Laura son perfectas, con unos pezones rosaditos, pequeños, que me encantan. Pero las de Elena… las imagino más grandes, más oscuras, con areolas grandes y pezones largos, de tanto que los habrán chupado. A veces, cuando estoy follándome a Laura, cierro los ojos y me imagino que es su madre. Que son esas tetas maduras las que rebotan sobre mí, que es ese culo ancho el que estoy agarrando.
El otro día, en su casa, pasó algo que me dejó seco. Fuimos a cenar, y Elena llevaba un vestido escotado, de esos que enseñan bien la mitad de las tetas. Se inclinó delante de mí para recoger algo del suelo, y joder, vi todo. No llevaba sostén. Se le veían las tetas colgando, pesadas, y en el centro, unos pezones morenos, grandes, exactamente como me los había imaginado. Se me secó la boca. La polla, dura como una piedra, me latía dentro del pantalón. Tardó en levantarse, disfrutando de mostrarme lo que no podía tocar. Cuando se enderezó, me sonrió, con una sonrisa que decía: «Esto es para ti, y no lo olvides».
Desde entonces, no puedo quitármela de la cabeza. En el trabajo, en el coche, me la imagino desnuda, con esas tetas enormes colgando, ese vientre blandito, ese culo gigante. Me imagino chupándole las tetas, mordisqueándole esos pezones oscuros, escuchando cómo gime. Me imagino bajando, besando esa tripa, y luego abriéndole las piernas para encontrar su coño, ya canoso, empapado, esperándome.
He empezado a planear cómo hacerlo. La próxima vez que Laura se vaya de viaje con sus amigas, voy a inventar una excusa para ir a casa de Elena. «Se me ha roto el agua, ¿puedo pasar a ducharme?» o «he venido a traerle esto que se le olvidó a Laura». Una vez dentro, no me voy a poder contener. La voy a empujar contra la pared, voy a agarrarle esas tetas que tanto deseo y voy a besarla como un animal. Le voy a arrancar la ropa y voy a chuparle todo, como me gusta. Esas tetas, esa tripa, ese coño.
Me la imagino gimiendo, diciéndome que pare, que no podemos, pero sus manos agarrando mis pelos, sus piernas abriéndose. «Esto está mal», me dirá, pero su cuerpo me pedirá más. La voy a poner a cuatro patas, en el mismo sofá donde se sienta con sus amigas a tomar el té, y le voy a dar por el culo. Ese culo enorme, que se va a poner rojo de mis nalgadas. Voy a follarla como no la follan desde hace años, sintiendo cómo me aprieta, cómo se estremece.
Y cuando esté a punto de correrme, se lo voy a pedir. «Abre la boca, puta», le voy a decir, y ella, obediente, abrirá esa boquita y me tragará toda mi leche, caliente y espesa. Luego, se la voy a sacar por encima, marcándola como mía.
Sé que es una fantasía jodida. Que si Laura se entera, me mata. Que es su madre, joder. Pero el morbo es demasiado grande. Ver a esa señora respetable, la madre de mi novia, convertida en mi puta sumisa. Que me pida más, que me ruegue que se la meta otra vez.
A veces, cuando estamos los tres juntos, la miro y ella me sostiene la mirada un segundo de más. Sus ojos bajan a mi boca, luego a mi entrepierna, y vuelven a subir. Hay algo ahí. Una complicidad sucia. Ella sabe lo que quiero, y yo sé que ella también lo quiere.
No sé cómo ni cuándo, pero va a pasar. Lo siento en los huesos. La próxima vez que Laura no esté, voy a ir a su casa y voy a tocarla de verdad. No un roce, no una mirada. Voy a agarrarle las tetas y voy a apretarlas. Y si no me para, si me deja, entonces será el principio del fin. O el principio de algo mucho mejor.
Mientras tanto, me conformo con verla, con imaginármela, con follarme a su hija pensando en ella. Pero pronto, muy pronto, esa fantasía va a dejar de serlo. Y esa señora de sesenta años, con sus tetas gigantes y su culo enorme, va a gritar mi nombre mientras le lleno el coño de mi leche. Y entonces, sabré que el pecado, a veces, sabe a gloria.


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