Por
Anónimo
Navidad en la azotea
Me llamo Damián, tengo 27 años. Mi esposa Alicia tiene 25. Tenemos dos hijos y, desde hace tres años, nos metimos de lleno al ambiente swinger. No hay secretos entre nosotros, ni tabúes. Nos contamos todo, absolutamente todo.
Hace tiempo Alicia me confesó algo que siempre me quedó dando vueltas: su primera vez no fue con un noviecito , sino con su tío David. Yo nunca lo había conocido porque él llevaba siete años viviendo en Estados Unidos. Pero esta Navidad, me dijo, iba a venir a la reunión familiar.
Llegó el día. David apareció en la casa de mi suegra con su esposa y sus hijos. 44 años, barba cerrada, voz gruesa y profunda… exactamente el tipo que vuelve loca a Alicia. Ese día ella se puso un pantalón de látex negro que se le pegaba como segunda piel, marcándole el culote de una forma imposible de ignorar. La tira de la tanga marcada perfectamente por detrás y, arriba, una blusa blanca escotada que dejaba poco a la imaginación. Estaba para comérsela con los ojos.
La noche avanzaba. Unos en la fogata, otros cantando en el karaoke, yo con una cerveza en la mano tratando de disimular lo caliente que ya me tenía verla coquetear descaradamente con él. Se les notaba: risas bajas, miradas largas, roces “accidentales”. En un momento Alicia se me acercó, me dio un beso rápido en la mejilla y me susurró:
—Ahorita vengo, voy a la azotea.
No hizo falta que dijera más. Yo me quedé abajo, corazón a mil, sabiendo perfectamente qué iba a pasar. Y sí… como buen cornudo, me ponía durísimo imaginarlo.
Eran las 11:40 cuando desaparecieron. A las 12 en punto todos gritando “¡Feliz Navidad!”, abrazos, besos… La esposa de David preguntando por él con cara de extrañeza. Mi suegra, preocupada, empezaba a preguntar por su hija: “¿Y Alicia dónde se metió? Ya debería estar aquí con nosotros”. Mi suegro también la buscaba con la mirada. Yo, muy serio, inventando que “fueron a comprar más hielos porque se acabó”. Nadie sospechó nada.
El morbo me comía vivo. Subí despacio las escaleras, conteniendo la respiración. Al llegar a la puerta entreabierta de la azotea escuché lo que esperaba: gemidos ahogados de Alicia, el golpeteo rítmico y húmedo de sus nalgas chocando contra él, el jadeo grave de David, Solo se veían sombras, siluetas moviéndose con urgencia bajo la luz . No entré. Me bastó con eso para ponerme al borde.
Bajé temblando de excitación. Quince minutos después ella apareció. Cabello revuelto, labios hinchados, la blusa un poco torcida, el maquillaje corrido y ese olor inconfundible a sexo fresco que me volvía loco. Caminaba un poco raro, como adolorida, y cuando se acercó a mí me dijo bajito al oído, con una sonrisa pícara:
—me la metió por el culo…
Me lo soltó así, sin anestesia, y sentí cómo se me ponía aún más dura. Pero no terminó ahí. Pasó una hora más o menos en la fiesta, fingiendo normalidad, charlando con la familia, riéndose de las bromas. De repente me dijo que necesitaba ir al baño y se metió a bañar en la casa de mis suegros. Me explicó después que le estaban escurriendo los espermas por las piernas, que sentía cómo se le escapaban gota a gota y no aguantaba más.
Una hora después de todo eso, ya cerca de la 1:30, nos despedimos y nos regresamos a casa. En el coche no hablamos casi nada al principio… solo se escuchaba su respiración agitada y la mía. Cuando llegamos, cerramos la puerta y nos devoramos como animales.
Esa noche fue brutal. Pero el karma, o la casualidad, no tardó en llegar: al día siguiente Alicia amaneció con fiebre altísima, gripe fuerte, cuerpo cortado… y hasta hoy sigue en cama con calentura, tapada hasta el cuello, tosiendo y riéndose cada vez que le recuerdo la azotea.
Ella dice que valió la pena.


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