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enero 21, 2026

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Mis vecinos calientes

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Hola, este es mi segundo relato aquí.

La neta, vivo en un depa bien pequeño, de esos que escuchas hasta cuando el vecino de arriba se suena la nariz. Pero hace como dos semanas escuché algo que no era un estornudo.

Era como la una de la mañana. Yo estaba viendo una serie en la compu, con mis audífonos puestos, pero me dieron ganas de ir al baño. Me quité los audífonos y en ese silencio de repente… lo escuché.

No eran gemidos claros al principio. Era como un sonido rítmico, sordo. Tas… tas… tas…

Pensé: no mames, ¿es eso?

Me quedé ahí parada, junto a mi cama, conteniendo la respiración. El sonido venía de la pared de la izquierda. De mis vecinos. Ellos son una pareja como de cuarenta y tantos, tienen dos hijas chiquitas. Nunca los había escuchado. Pero esa noche las niñas no estaban, creo que las dejaron con los abuelos o algo.

El tas tas tas se hizo más rápido. Y entonces sí, ahí vino el gemido. De ella. Un “ay” largo, ahogado, como si se estuviera aguantando pero no podía. Y luego otro. Y otro.

Me fui directo a la pared. Pegué la oreja. No, no soy una enferma, pero… bueno, sí, en ese momento sí lo era. Se escuchaba perfecto. La cama chirriando a un ritmo constante, y sus gemidos cada vez más seguidos, más fuertes. Él no decía nada, solo se escuchaba su respiración fuerte, como un animal, y el ruido de los golpes.

“Sí… ahí… por favor,” dijo ella en un momento, con la voz toda quebrada.

Se me puso la piel chinita. No me lo podía creer. Mis vecinos, la señora que siempre me saluda con buenos días en el elevador, estaba ahí al lado, siendo cogida como si no hubiera un mañana.

Y a mí… a mí se me estaba mojando la tanga. En serio. Sentí ese calor ahí abajo, ese cosquilleo que empieza y no para. Sin pensarlo, me metí la mano bajo el short. Y sí, estaba empapada. Mis dedos se deslizaron solos sobre mi clítoris, que ya estaba duro y sensible.

Me recosté en la cama, lo más cerca que pude de la pared, con la mano en mi pepa y la oreja pegada al concreto. Cada gemido de ella, cada golpe de la cama, era como si me lo estuvieran haciendo a mí. Cerré los ojos y me imaginé todo. Que yo era ella. Que tenía a un hombre encima, metiéndomela así de duro, llenándome, haciéndome gemir de esa manera.

“Más duro,” gimió ella de repente, y yo apreté los dedos sobre mí misma, moviéndome al mismo ritmo que el tas tas de la cama.

Estaba tan prendida que saqué mi celular. No sé por qué. Para grabarlo, quizá. Para tener algo para después. Apoyé el celular contra la pared y grabé como treinta segundos. Pero cuando lo escuché después, la neta, solo se escuchaba un ruido medio lejano y… mis propios gemidos. Me estaba escuchando a mí jadeando y gimiendo más fuerte que a ellos. Me dio un poco de vergüenza, pero también risa. Qué pinche loca.

Ellos siguieron un buen rato. Como quince minutos, que se me hicieron una eternidad. Yo seguía tocándome, cada vez más rápido, imaginando que era su mano la que me tocaba, que era su verga la que me estaba metiendo. Hasta que los gemidos de ella se volvieron como unos gritos ahogados, desesperados, y el ritmo se puso frenético. Y después, un silencio. Solo se escuchaban respiraciones pesadas, jadeos.

Yo en ese momento ya no pude más. Con la imagen en mi cabeza de ellos acabando, yo también me vine. Fue un orgasmo tan intenso que tuve que morderme el brazo para no gritar. Mi cuerpo se estremeció todo y quedé tirada en la cama, sin aire, sintiendo cómo mis jugos me chorreaban por los muslos.

Después, cuando pude pensar otra vez, escuché que se levantaron. Los pasos yendo al baño, el agua de la regadera. Me sentí rara. Como una espía. Pero también… con una calentura que no se me quitaba.

Desde esa noche, todo cambió. Cada vez que veo a la vecina en el pasillo, no puedo evitar imaginármela en cuatro, con el culo en el aire, gimiendo. Me saluda con su “hola, Andrea” tan normal, y yo solo puedo sonreír y pensar en cómo suena cuando viene.

Ahora, todas las noches, cuando me voy a acostar, me quedo un rato en silencio, escuchando. Esperando que vuelva a pasar. A veces prendo la tele o música bajita, pero una parte de mi cerebro siempre está pendiente de la pared. De ese tas tas tas que me vuelve loca.

La otra pareja, la del lado derecho, solo los escuché una vez. Fue más leve, la cama sonaba más lejos, y ni siquiera hubo gemidos. Solo el ritmo, un buen rato, y luego se acabó. No fue lo mismo. No me prendió tanto. Quizá porque no los conozco, no los veo todos los días.

Pero con mis vecinos de la izquierda… es diferente. Los conozco. He visto a su hija chiquita de la mano con ella. He visto al señor sacando la basura con una playera vieja. Y saber que detrás de esa puerta tan normal, pasan esas cosas… me calienta y a la vez me da como cosa.

A veces me dan celos. Celos de que ella tenga a alguien que la coja así en las noches. Yo estoy soltera desde lo de Jesús, y aunque a veces salgo con alguien, nada es tan… constante. Nada suena tan real como eso.

Otras noches, cuando no pasa nada y el departamento está en silencio, me pongo yo misma. Me pongo la grabación que hice, la que casi no se escucha, y con eso me basta. Cierro los ojos y recreo todo en mi cabeza. Y siempre, siempre, termino con los dedos en mi pepa, gimiendo en mi almohada, imaginando que soy yo la que está del otro lado de la pared, siendo la que hace gemir a alguien más.

Es mi secreto sucio. Mi vicio raro. Y la neta, no sé si algún día dejará de excitarme. Por ahora, solo espero que las niñas se vayan otra vez de visita. Y que la cama de mis vecinos aguante otro buen round. Porque yo sí estoy lista para escuchar, y para tocarme, cada vez que ellos empiecen. Es lo más cercano que tengo al sexo real, últimamente. Y aunque suene triste, la verdad es que me prende un chingo.

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Una respuesta

  1. cristinar

    ¿Y si te unes?

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