octubre 16, 2025

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Mis tíos se roban mis bragas y su gusto por mis fluidos.

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Ay, por Dios, esto es tan surreal que ni yo me lo creo a veces. O sea, literal, mi vida es una mezcla entre telenovela de las viejas y un reality show bien extraño. Soy Yessika, tengo 21 años, estudio Odontología porque, o sea, mis papás siempre soñaron con una hija profesional, y la verdad es que a mí me encanta, es mi pasión. Pero, equis, también tengo mis cositas. Sueño con encontrar al hombre perfecto, casarme de blanco, virgen y toda la cosa, pero se me hace cada vez más difícil porque, para ser honesta, soy bien calenturienta. Es un conflicto interno total, nada que ver con la imagen de niña bien que proyecto.

Bueno, el punto es que en mi casa, a lo largo del mes, siempre llegan visitas. Familia, obvio. Tíos, primos, sobrinos… y la verdad no son mis días favoritos porque, o sea, interrumpen mi rutina. Yo debo estudiar y ayudar en unas cositas del consultorio de mis papás, así que no me queda de otra que estar ahí, cumpliendo con mis deberes como siempre. Pero hay algo que empezó a pasar y que, al principio, me daba como muchísima vergüenza, pero ahora… ahora es otra cosa.

Siempre, después de ducharme, dejo mi ropa sucia en el cestito que está afuera del baño. Es de mimbre, bien bonito, nada sospechoso. Pero empecé a notar que mis bragas, específicamente, desaparecían. No todas, solo algunas. Al principio pensé que era yo, que se me olvidaban o algo, pero no. Era muy raro. Hasta que, en dos ocasiones, los atrapé en el acto. Fue… impactante.

La primera vez fue mi tío Ricardo, el hermano de mi papá. Lo vi agachado junto al cesto, con una de mis bragas de encaje negras(de esas que me compro para sentirme sexy bajo el uniforme de la uni)apretada contra su nariz. Inhalaba con una fuerza que se le marcaban las venas del cuello, con los ojos cerrados, como en trance. Luego, la pasó por su boca, lamiendo la parte del forro, justo donde… bueno, donde más se marcan mis fluidos. Sentí un calor horrible en la cara y me escondí rapidísimo. Fue una mezcla de vergüenza brutal y… ¿excitación? No lo podía creer.

La segunda vez fue con mi primo segundo, Andrés. Este es más joven, como de 30 y pico. Estaba en el lavadero, con una de mis bragas deportivas(las que uso para el gimnasio) enrollada en su mano, oliéndola como si fuera el aroma más delicioso del mundo. También la lamía, con una devoción que me dejó paralizada. Nuevamente, esa sensación contradictoria: quería gritar y, al mismo tiempo, mi cuerpo respondió con un calor húmedo entre las piernas que no pude controlar. Fue ahí cuando supe que esto no era un accidente aislado.

Pero las cosas se pusieron realmente intensas cuando mi tío Ricardo(sí, el mismo) me abordó directamente. Un día, después de una cena familiar, me esperó en el jardín. “Yessikita,” me dijo, con una voz más baja de lo normal, “necesito hablar contigo.” Yo, por supuesto, ya sospechaba. Me confesó, con una vergüenza que casi lo hacía titubear, que no podía evitar sentirse atraído por… mi esencia. Fue tan gráfico que me ruboricé hasta las orejas. Luego, me hizo una propuesta que me dejó sin palabras: me pagaría por mi ropa usada. Pero no cualquier ropa. Tenía una condición especial: debía ser justo después del gimnasio, impregnada de mi sudor y con todos los rastros posibles. Mi sostén, mis mallas deportivas y, por supuesto, mis bragas.

Al principio, puse mi cara más de ofendida, o sea, ni se te ocurra. Pero por dentro, mi corazón latía a mil. La siguiente vez que fui al gym, no podía concentrarme. Mientras hacía sentadillas, sentía cómo las mallas se me pegaban a las nalgas, cómo la tela se empapaba justo en medio de mi rajita. Cada vez que me agachaba en la prensa de piernas, era consciente de que estaba produciendo exactamente lo que él deseaba. Trataba de enfocarme en mi rutina, pero mi mente no paraba: “Le estarás entregando tus fluidos, Yessika. Tu sudor. Tu… olor.” Para colmo, sentía cómo mis bragas se mojaban más de la cuenta, no solo de sudor, sino de esa excitación culposa que me recorría. Terminé con una sesión de cardio intensa, solo para llegar a casa lo suficientemente “calientita”, como él quería.

Entré al baño con el corazón en la garganta. Me desvestí con movimientos lentos, casi ritualísticos. Doblé mi conjunto deportivo las mallas, el top y la braga y lo dejé en el cesto, en la parte de arriba, como un paquete entregado a su destino. Me metí a la ducha y dejé que el agua caliente me calmara los nervios, aunque no mucho, porque sabía que él actuaría rápido. Cuando salí, envuelta en mi toalla, lo primero que vi fue un sobre pequeño, discreto, colocado sobre la lavadora. Lo abrí con dedos temblorosos. Ahí estaba el dinero, en efectivo, tal como lo habíamos pactado. Fue una transacción silenciosa y sórdida.

Minutos después, mi teléfono vibró. Era un mensaje de él. “Yessikita, no tienes idea. El aroma es… celestial. No pude evitar olerla una y otra vez, y pasar mi lengua sobre la tela, saboreando cada partícula tuya. Eres una tentación.” Leí el mensaje una, dos, tres veces. Y allí, en la privacidad de mi habitación, me tocó. Fue rápido, culpable, pero increíblemente intenso. Me vine en segundos, mordiendo mi labio para no hacer ruido.

Pero no terminó ahí. Al poco rato, me escribió de nuevo. La oferta había subido. Me ofreció casi el triple de dinero para la siguiente vez, pero con una condición que me dejó sin aliento: quería que fuera directamente de mi cuerpo. Me dijo, con palabras que me quemaban la pantalla, que necesitaba hundir su rostro y su nariz en mi culo sudado, olfatearme como si fuera un perro, lamer mis ingles, chupar mi clítoris, lengüetear mi ano, drogarse con todos mis olores, incluyendo el contorno de mis tetas y mis axilas. Su preferencia era que fuera después del gimnasio, o que hiciera todo mi día normal(universidad, consultorio, lo que fuera) pero que no se me ocurriera bañarme hasta que él llegara.

Es muy arriesgado, lo sé. Alguien podría descubrirlo. Pero cada vez que pienso en su propuesta, en el dinero(que, equis, me ayuda con mis gastos de la uni)y en esa excitación prohibida que me recorre el cuerpo… me tiemblan las piernas. No va a dejar de insistirme, y la verdad, tal vez… solo tal vez… me guste. ¿Será que mi sueño de pureza se está yendo por el desagüe junto con mi moral? Ay, Dios, ni yo misma lo sé.

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