agosto 4, 2022

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Mis odiosas hijastras (7)

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No había manera de saber en ese momento quién había sido. No solo por el hecho de que me habían asaltado en la absoluta oscuridad, sino porque el único contacto que sentí había sido el de su boca y su lengua estimulando mi verga. Creo Recordar haber sentido una mano apoyada en mi pierna, pero ni siquiera estaba seguro de ello, y de todas formas, con ese dato no podía sacar ninguna conclusión.

Salí de la habitación, para ir detrás de la misteriosa visitante, pero yo no contaba ni con mi celular, ni con la vela, ya que esta última se había consumido por completo. Así que en lo que tardé en espabilarme y subirme la ropa interior, fue tiempo más que suficiente como para que ella ya estuviera subiendo las escaleras. Escuché el ruido de una puerta abrirse y cerrarse rápidamente en el primer piso, pero desde donde estaba, me era imposible determinar de qué habitación se trataba. De todas formas, se suponía que las tres estaban en la habitación de Agostina. ¿Sería que la misteriosa petera se había escabullido de la carpa con el riesgo que eso implicaba? O quizás simplemente ya habían vuelto a sus respectivos dormitorios. Como de costumbre, parecía ser que lo que desconocía de mi situación era mucho mayor a lo que sabía con certeza.

Estaba molesto y eufórico al mismo tiempo. Una de ellas me había hecho una mamada. Pero no solo no me había permitido disfrutarla en todo su esplendor, pues la mayor parte había sucedido mientras dormía, sino que no me había dejado ver de quién se trataba. ¿Por qué había decidido eso?

Volví a mi cuarto, fastidiado, pero con la persistente satisfacción de quien acaba de recibir una mamada de una hermosa adolescente. Ni siquiera sabía qué hora era.

La primera en la que pensé que había ido a mi habitación fue Valentina. Supongo que el hecho de asociarla con la que me había manoseado a la salida de la sala de luces, me hizo pensar que ahora se trataba de ella de nuevo. El modus operandis era el mismo. Un atraco en medio de la absoluta penumbra, para luego huir despavorida, aprovechando la ventaja que tenía en la oscuridad debido a su agilidad y a que contaba con alguna linterna. Pero luego reparé en un detalle para nada insignificante. Quien me había peteado, no lo estaba haciendo muy bien que digamos (o eso me pareció), lo que evidenciaba su falta de experiencia. Tanto así que sentí cómo me mordía. Valentina, sin lugar a dudas, habría de tener mucha experiencia chupando vergas. Eso no me lo quitaría nadie de la cabeza. Otra cosa a tener en cuenta era que a ella también se le había acabado la batería del teléfono, por lo que no contaba con una linterna para desplazarse libremente por la oscuridad. Dudaba de que usara lo que le quedaba de la vela para ir a mi cuarto, considerando lo riesgoso que eso era si tenía que salir corriendo como lo hizo.

Entonces todo hacía suponer que la responsable había sido Agostina. Pero si fue ella ¿Por qué ocultar su identidad? Ya habíamos tenido tanto manoseo mutuo, que coger era el paso obvio a seguir. ¿Por qué ocultarse ahora? Eso no tenía sentido. Era cierto que por lo reprimida que parecía ser, cuadraba a la perfección el hecho de que no fuera muy hábil mamadora. Pero había otra cosa. Si daba por sentado que la visitante nocturna era la misma que la que me había manoseado durante la tarde, entonces se suponía que Agos había sido en ambas ocasiones. Pero ella me había asegurado que no había sido ¿Cierto? Y ahí volvía a pensar en Valentina.

Me di cuenta de que había sido muy iluso al dar por sentado que todo lo que me decían era cierto. Sami y Agos me habían asegurado que no habían sido las que se cruzaron conmigo a la salida de la sala de luces, y por descarte había concluido que había sido la zorra de Valentina, pero ahora ya no podía estar seguro de ello.

Y por otra parte estaba Sami… Si Agos me había mentido, ella también podría haberlo hecho. ¿Qué indicios tenía de que pudiera ser ella quien me había “atacado” en esas dos ocasiones? Recordé que la más pequeña de la casa no estaba en la sala de estar cuando sucedió lo del corte de luz. Era la que más cerca estaba de mí, pues aún estaba en su cuarto, por lo que, en lo que respectaba a la proximidad, era la más sospechosa. Además del detalle no menor de que durante toda la tarde había estado pegada a mí, al punto de que, por breves momentos, me sentía algo irritado por eso, pues no podía estar a solas con Agos como pretendía estarlo. Sami… Una chica sin experiencia, que muy probablemente jamás en su vida había practicado una felación. Sami, la chica que más me apreciaba dentro de esa casa, cosa demostrada con creces en esas últimas horas. Si alguna vez había dudado de su afecto, solo había sido por su extrema timidez y hermetismo, pero ahora que se había abierto más a mí, estaba claro que cualquier sospecha que tenía hacia ella era infundada.

Pero resultaba difícil imaginar que una chica con su personalidad diera un salto tan brusco en sus actitudes. Una cosa era abrazarse a mí cariñosamente, como una verdadera hijastra lo haría. Pero otra muy distinta era ir a hacerle un pete a su padrastro en medio de la noche. Eso cuadraba más con Valentina y con Agos. Con la primera porque su personalidad desinhibida le permitiría hacer ese tipo de cosas y otras incluso mucho más audaces. Y la mayor de las hermanas porque, si bien no era tan zorra como la otra, el estrecho y erótico contacto que habíamos tenido durante las horas precedentes hacían que una actitud como esa fuera totalmente coherente en ese contexto.

Me estaba volviendo loco. Cada vez que parecía convencerme de que se trataba de una, no tardaba en desestimar la teoría, para inclinarme más por otra, cosa que tenía el mismo resultado. Mi mente se estaba moviendo en círculos. Me sentía irritado. Pero no podía negar que fuera como fuera, mi situación era privilegiada. Una de ellas me había ido a chupar la verga. Y si no se trataba de Agos, significaba que ya había tenido algo con dos de mis hijastras, cosa que me levantaba el ego por las nubes.

Estaba cumpliendo el sueño de casi todo hombre heterosexual. Pero no tenía que dejar que mi mente se ofuscara por la euforia del momento. Debía mover bien mis fichas. Tenía que sacarles información sin que se dieran cuenta. Necesitaba confirmar quién carajos había sido la visitante nocturna.

Me quedé un buen rato sin pegar ojo, con la vana esperanza de que aquella escurridiza chica se apareciera de nuevo. Me haría el dormido, dejaría que se me acerque, y esta vez no la dejaría escapar. ¿Quién se creía que era? No podía pretender aprovecharse de mí a su antojo sin siquiera dar la cara. De hecho, lo que estaba haciendo era lisa y llanamente abuso sexual. No es que me molestara que una adolescente preciosa abusara de mí, pero no dejaba de ser una actitud reprochable. Cuando la tuviera entre mis manos la revolcaría en la cama y me pagaría por toda esa ansiedad que estaba experimentando en ese inusual día.

¡Y qué día! En unas cuantas horas había progresado más de lo que hubiera imaginado. Con Agos ya estaba todo cocinado, y si la del pete había sido otra… uf, tanto mejor, porque eso significaba que eran dos las que tenían ganas de estar conmigo. No pude evitar pensar que quizás estaba lidiando con algo mucho más grande de lo que sería capaz de manejar, cosa que más que una sospecha era una certeza. Pero ya estaba metido en el juego, y no pensaba hacerme el boludo, y dejar todo como si no hubiese pasado nada. Además, no iba a tener muchas oportunidades como esa: con Mariel a muchos kilómetros de casa, y las tres chicas obligadas a permanecer en la casa conmigo. La tormenta me había venido como anillo al dedo, y lo mejor era que el alerta meteorológico era para todo el fin de semana.

Después de un par de horas de divague, logré dormirme, para despertarme poco después. Mi cansancio me decía que había dormido tres o cuatro horas como mucho. No sabía que hora era, pero ya se escuchaban algunos ruidos en la calle, por lo que imaginé que ya eran al menos las nueve de la mañana. Me pregunté si las chicas se levantarían temprano. Si se habían quedado mucho tiempo en el pijama party, probablemente las vería recién para el mediodía. Además, el día se prestaba para quedarse acurrucado en la cama. Yo mismo no tenía motivos para levantarme tan temprano. Al fin tenía libre un fin de semana y tenía todo el derecho del mundo de haraganear. Pero las circunstancias inusuales del día anterior, y la necesidad de aprovechar cada momento, me hicieron salirme de la cama. Además, si eso contribuía a aumentar, aunque sea un poco, las posibilidades de por fin concretar con mis hijastras, qué me importaba tener un poco de sueño. Es más, no veía mejor manera de pasar mi fin de semana.

La casa estaba todavía oscura. No había señales de ninguna de ellas. Solo Rita que me movía la cola. Le abrí la puerta para que saliera al patio. Esperé a que cagara debajo de un árbol y la volví a meter. Salí a la calle, a tomar un poco de aire y a volver a la realidad durante un rato, pues lo del día anterior había sido tan intenso, y tan maravilloso, que se me había olvidado que era un simple guarda de seguridad que estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, y que estaba sumergido en una pobreza de la que no terminaba de salir. Aun así, mientras caminaba hacia el mercadito, miraba por encima del hombro a los pocos transeúntes que me cruzaba. Me sentía una estrella porno. De esos veteranos que se cogían a pendejas hermosas con sus vergas ridículamente grandes.

La tormenta había dejado muchos destrozos. Incluso había postes y árboles caídos, lo que no vaticinaba nada bueno para lo que quedaba del día. Me di cuenta de que los negocios no habían abierto, por lo supuse que era más temprano de lo que había imaginado en un principio. Llegué al mercadito del barrio, que recién estaba abriendo, y cuyo dueño estaba conectando un grupo electrógeno para dar electricidad al local. Me quedé un rato en la vereda, tomando fresco, mientras le hacía compañía al tipo. Él me contó que el rumor decía que no iba a volver la luz hasta el día siguiente. Además, por la tarde se desataría una nueva tormenta. Quizás no tan virulenta como la del sábado, pero… La señal de internet en cambio sí parecía haber vuelto, pues veía a varias personas escribiendo en sus smartphones, pero de todas formas yo ya no tenía carga en el celular, y si no podía conectar el cargador, no me serviría de nada. De todas formas, eso me gustaba, ya que contribuiría a que durante la noche tuviera una intimidad similar a la de la noche anterior con mis hijastras.

Compré un poco de pan, unas cuantas velas, y algunas cosas para cocinar a la noche, y volví a casa.

Mientras tostaba el pan en una vieja plancha que encontré en el horno, deseé que Agos se percatara del ruido, o del olor, y bajara a desayunar conmigo, para que pasemos el tiempo a solas. Y para hablar de lo que había pasado ayer. Aunque con esto último debía tener mucho cuidado, porque en realidad no tenía en claro qué era lo que había pasado ayer con ella. ¿Había concluido todo en el infantil carpa que mis hijastras habían armado, o había ido a mi cuarto a darme eso que me había negado en un principio?

Había hecho mucho ruido con las ollas y sartenes que estaban dentro del horno, y Rita había ladrado cuando vio un gato asomarse por la medianera, así que esperaba que la princesita de la casa se diera cuenta de que yo estaba ahí.

No me faltaban ganas de ir a su cuarto, como lo había hecho a la noche. Pero no quería encontrarme con otro fiasco. Era probable que Sami y Valentina estuvieran ahí también, así que mejor me contuve, aunque no me costó poco hacerlo.

De repente escuché que alguien bajaba por las escaleras. Me puse en alerta. ¿Sería Agos que había respondido a mi llamado mental? ¿O sería la dulce Sami que había demostrado disfrutar del tiempo que pasábamos juntos? O quizás…

—Otro día de mierda —dijo Valentina.
Bostezó, abriendo la boca exageradamente, con la vulgaridad que solo tienen los camioneros, y se rascó la cabeza. Aun así, lo que resultaba llamativo (casi chocante) en ella, era que aunque tuviera esos gestos, seguía viéndose increíblemente hermosa. Al bostezar, su espalda se arqueó. El torso se tiró para atrás, y los senos parecieron inflarse. Tenía el cabello despeinado, y debajo de sus ojos había unas horribles ojeras, y de todas formas era una pendeja infartante.
—Al menos hay tostadas —dijo.
Agarró una de las tostadas que aún estaban sobre la plancha. Le puso mermelada, y se comió la mitad de un solo bocado. Yo la seguía con la mirada, sin decir nada. Se había puesto la misma calza gris que el día anterior. Pero esta vez se abrigó con un buzo frisado con capucha.
—¿Qué pasa? —me preguntó, con la boca llena, percatándose de que la estaba observando.
—Pasa que sos demasiado confianzuda considerando que ni siquiera me dejás llamarte por tus apodos —dije.
Valentina rió con ganas y en el acto escupió algunas migajas de pan sobre mí.
—¿Todavía estás traumado por eso? —preguntó.
Era una expresión exagerada, pero en cierto punto tenía razón. Aun recordaba esa primera cena en la que había cometido el error de llamarla Valu, debido a que había oído que su madre la llamaba así. Ella me había cortado en seco, aclarando que así solo la llamaban sus familiares y amigos.
—Para nada —respondí—. Pero así como yo te respeto, espero lo mismo de vos. ¿No te das cuenta de que estaba haciendo las tostadas para mí?
—¡Tanto lío por eso? —preguntó, irritada—. ¿Querés que te la devuelva? —agregó después, entregándome el pedazo que aún le quedaba.
—No hace falta. No te pensaba negar una tostada, de todas formas. Simplemente me gustaría que antes me preguntes.
—Okey, mala mía —respondió—. Me voy a calentar un poco de leche —comentó después, como dejando atrás el asunto.

Me di cuenta de lo torpe que había sido al dar por sentado que había sido ella la de la mano larga. Y solo porque las otras dos me habían dicho que no se habían cruzado conmigo en el pasillo de la sala de luces, cuando estaba claro que quien había sido la verdadera responsable quería ocultar su identidad, por algún motivo que no terminaba de entender. Si no me hubiera avivado de eso, posiblemente la hubiese agarrado por detrás, mientras comía la tostada, igual a como había hecho con su hermana, y también al igual que había hecho con ella, le hubiera masajeado las tetas con desesperación. La diferencia era que las tetas de Valentina eran descomunales, y mis manos no darían abasto con ellas. Estaba seguro de que jamás había tocado unos senos tan impresionantes como los suyos. Me generaba mucho morbo pensar en eso. Además, a pesar de que había sido un error dar por sentado que se trataba de ella, no por eso dejaba de ser una de las principales candidatas.

Lo primero que me había hecho descartarla había sido el hecho de que me dio la impresión de que la visitante nocturna no me estaba haciendo la felación con mucha habilidad, y ciertamente Valentina tenía toda la pinta de ser una experta petera. Pero ¿De verdad había sido así? Lo cierto es que el pete había durado en mayor medida mientras dormía, mientras que lo ocurrido cuando había despertado apenas habían sido unos segundos. ¿Y si lo había mordido a propósito? Quizás su objetivo era despertarme justamente para que yo cayera en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Entonces desaparecería con crueldad, dejando la incógnita de quién había sido. Esa crueldad sí que era típica de Valentina.

Puso a calentar leche, mientras yo terminaba de tostar los panes, y me acomodaba en la mesa para tomarme unos mates. Vi su carita redonda y su boquita. Cuando estaba tranquila, sin pensar en hacerme alguna maldad, tenía cierto aspecto angelical. Aunque yo sabía de sobra que de angelical no tenía nada. Me pregunté si esa misma boquita era la que se había llevado mi verga hasta hacerme soltar toda la leche. Recordé que me había dado la impresión de que se había tomado todo el semen. En ese caso, Agostina nuevamente quedaría descartada, porque según ella, jamás había tragado semen. Aunque eso era siempre y cuando estuviera diciendo la verdad.

Nuevamente mi cabeza se estaba moviendo en círculos, cosa que me irritó. Pero ahí la tenía a Valentina. Debía aprovechar para sacarle toda la información que podía.
—Igual podés llamarme Valu, o Valen —dijo ella, mientras servía la leche hervida en un pocillo, para luego sentarse frente a mí.
—Qué —dije, desconcertado.
—Que si querés podés llamarme por mis apodos. ¿No era eso de lo que te quejabas? —explicó, dándole una mordida a su segunda tostada.

Se notaba que era una chica propensa a engordar con facilidad, y además, con esa cara redonda cualquier quilo de más se haría notar. Seguramente en algunos años, si seguía comiendo así, sería una gordita más del montón. Además, si bien su rostro tenía su belleza, no tenía nada que ver con el de sus hermanas. Me preguntaba si estaba consciente de lo cerca que estaba de ser una adolescente del montón. Si no tuviera esas tetas, y si no se mantuviera delgada gracias a su vida agitada… Pero lo cierto era que hoy por hoy, no era ni de lejos una adolescente normal. Su presencia resaltaba en cualquier lugar al que fuera.

—Bueno… aunque ahora me va a costar hacerlo. Estoy acostumbrado a llamarte Valentina —contesté, para luego sorber un mate.
—Como quieras. Solo lo digo. La verdad es que ni me había acordado eso de que te había dicho que me llames Valentina —dijo, soltando una risita—. Aunque ahora que lo pienso… no es cierto que siempre me hayas tratado con respeto.
—¿Cómo? —pregunté, indignado—. ¿Cuándo te falté yo al respeto?
Valentina (Valu), tomó un trago del café con leche, y me miró divertida, contenta de la irritación que había causado sus palabras.
—Bueno. Recuerdo a cierto señor persiguiéndome por los pasillos de un supermercado. Un señor bastante más grande que yo, que se me acercó cuando yo todavía iba al colegio.
Tragué saliva, nervioso. Había llegado a la conclusión de que ella recordaba aquel suceso, pero no se me había ocurrido que me iba a salir con eso justo en ese momento.
—No te estaba persiguiendo por los pasillos —dije—. Creo recordar que simplemente te encontré en una de las góndolas.
Por supuesto, eso no era del todo cierto. Si bien no la perseguí por el local, eso fue simplemente por el hecho de que me resultó muy fácil encontrarla. Por otra parte, en realidad la venía persiguiendo desde que me la había cruzado en la calle con sus compañeras de escuela. El impacto que me había causado había sido tal, que dejé las compras que acababa de hacer en casa, y volví al mercado enseguida, con la excusa de que me había olvidado de comprar alguna cosa, cando lo único que quería era verla de cerca, respirar su mismo aire, y quizás, hablarle.
—Además… —agregué después, tratando de encontrar las palabras que me sacaran de esa situación incómoda—. Además, lo único que hice fue saludarte, y preguntarte tu nombre. No fue mi intención molestarte.
Valu abrió los ojos bien grandes, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. En efecto, mi justificación era muy pobre, eso no lo podía negar. Había abordado a una adolescente sin siquiera estar seguro de si contaba con la mayoría de edad (aunque luego me enteraría de que ya contaba con dieciocho años).Por más que mis palabras habían sido inocentes, estaba claro que pretendía seducirla.
—Bueno, digamos que el uniforme escolar te tendría que haber inclinado a pensar que era chiquita ¿No?
—Bueno… sí… pero es que…
Pendeja de mierda, pensé para mí. No tenía nada que decir que me sacara de ese pozo de vergüenza en el que había caído. Me quise levantar a una nena que luego resultó ser la hija de mi pareja. Así estaban las cosas. Pero ¿por qué me salía hasta ahora con eso? Había tenido tantas oportunidades para eso…
—¿Andás por la vida persiguiendo a colegialas? —me preguntó, con el semblante serio—. A algunos tipos les obsesionan el uniforme. La pollerita cortita. Las piernas desnudas. Las chicas que ya están cerquita de convertirse en mujeres, pero en realidad no lo son, la piel suavecita… ¿Sos un pervertido Adri?
—No digas tonterías. Con vos fue la primera vez que lo hice. Y ya te digo, estaba seguro de que eras mayor de edad. No quise molestarte. Además, si hubiera sabido que eras la hija de Mariel…
—Si hubieras sabido eso ¿Qué? Si de todas formas todavía no eras novio de mami ¿cierto?
—Sí, lo que quiero decir es que…
Era increíble que la situación hubiera dado un giro como ese. Se suponía que yo la tenía que estar interrogando sutilmente, para por fin descubrir la verdad de todo lo extraño que había sucedido, pero en cambio era yo el que le respondía a ella. y mientras lo hacía, no podía evitar que mi voz reflejara mi nerviosismo. Me sentía patético, buscando excusas para no quedar como un degenerado frente a esa mocosa.

Entonces Valen estalló en una carcajada. Volvió a escupir migas de pan sobre mí, y luego se tapó la boca como para reprimir la risa. Pero no consiguió hacerlo. Rió y rió, hasta que se puso roja como un tomate.
—Perdón… perdón —dijo, cuando pudo hablar con normalidad, aunque todavía lo hacía entrecortadamente—. Es que… te pusiste tan serio.
—Me puse serio porque es un tema serio —dije, molesto, pero también aliviado al saber que la cosa no era tan grave como pensaba—. Lo de esa vez fue solo una casualidad bastante desagradable. Además, estaba convencido de que no te acordabas de eso.
—Bueno, no es que sea un recuerdo memorable. Pero cuando mamá nos presentó, me pareciste conocido. Después hice memoria y me acordé. 
—¿Y por qué no se lo dijiste a tu mamá? —le pregunté.
—¿Y cómo sabés que no se lo conté? —preguntó ella a su vez.
—Bueno, supongo que si se lo hubieras dicho, me diría algo —respondí.
—¿Y si ella estaba esperando a que vos se lo contaras? —retrucó ella.         

La pregunta quedó sobrevolando, como cortando el aire. Muchas veces me había preguntado eso, pero a medida que pasaba el tiempo di por sentado que no sabía nada. Ahora me preguntaba si acaso no era de esas cosas que algunas mujeres se la guardaban para usarlas en el momento oportuno. No imaginé que Mariel fuera de esas mujeres, pero lo cierto es que desde el sábado sabía que conocía bien poco a mi mujer.
—No te preocupes. No le dije nada —aclaró Valu—. Además… tampoco es que fuera algo anormal. Vos no sabías que ibas a salir con mi mamá poco tiempo después. Y no hiciste nada que no hayan intentado otros hombres. Y si no me equivoco, lo hiciste de manera bastante caballerosa, preguntándome mi nombre, fingiendo que nos conocíamos y eso.            

Me dio la impresión que de verdad estaba agradecida por el hecho de que no me había comportado como un troglodita en aquella ocasión, como seguramente sí lo hacían la mayoría de los hombres que intentaban seducirla. Siempre di por sentado que, debido a su aspecto físico, desde muy temprana edad había tenido que lidiar con hombres mucho mayores a ellas, que se la querían llevar a la cama sin ningún cuestionamiento ético. Yo al menos había actuado debido a que tenía la esperanza de que fuera mayor de edad.
 —Entonces… ¿Te pasó muchas veces eso? —pregunté, con sincera curiosidad.
 —¿Que un viejo me quiera coger? Si me pagaran por cada vez que me pasó, sería rica —respondió ella—. Pero mamá me enseñó de muy chica, que los hombres son así, como animalitos. Después quizás se comportan civilizadamente. Pero cuando ven a una chica como yo, pierden la cabeza. Las neuronas no les responden.
—Bueno, es una manera muy prejuiciosa de pensar de los hombres —comenté—. Algunos serán así, otros no.
—Si vos lo decís —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Pero yo creo que podría tener al hombre que quiero, tenga la edad que tenga. Sea casado o viudo. Al menos hasta ahora nadie me demostró lo contrario.
—Aunque eso fuera cierto —dije, con ganas de aleccionarla—, esos hombres solo te querrían para una cosa. Después, para formar una pareja…
—¿Y quién te dijo que quiero formar una pareja? —rebatió rápidamente ella—. Por el momento solo quiero que me cojan bien.
Pareció muy divertida viendo mi expresión. Por algún motivo, cuando una mujer habla libremente de su sexualidad, los hombres no podemos evitar sorprendernos. Pero hice lo posible por recomponerme. Vi que ya se estaba comiendo una tercera tostada, así que me puse de pie para poner algunos panes más en la plancha.
—¿Querés ver? —preguntó Valu.
—Si quiero ver ¿qué? —pregunté.
Tomó un sorbo de café con leche, con el que tragó la tostada que no había terminado de masticar. Se puso de pie, y se acercó a mí, caminado como una pantera.               

Era muy bajita. Debido a su exuberante cuerpo, por momentos me olvidaba de ese detalle. Apenas le llevaba algunos centímetros a Sami. Se puso frente a mí. Me miró seria, aunque no con la seriedad fingida de cuando recordó el día en el que nos conocimos, sino con una seriedad con la que intentaba reflejar una férrea determinación. Se acercó tanto a mí, que sus pechos hicieron contacto con mi cuerpo. Sus enormes tetas presionándome… Retrocedí unos pasos, solo para encontrarme con la mesada. Ella avanzó esa misma distancia y de nuevo pude sentir sus senos en mi cuerpo.

No pude evitar pensar que esa actitud avasalladora era la misma que había tenido la que me palpó la verga y la que me hizo el pete en la oscuridad.
—¿Fuiste vos? —pregunté.
Ella arrimó más sus tetas. Ahora estaban estrujadas entre el medio de mis pectorales y mi abdomen. Mientras los presionaba, también los frotaba con un movimiento leve.
—Sí —me respondió. Durante un instante pensé que podría estar jugando conmigo, pero lo que dijo después me sacó todas las dudas que podía tener—. Mamá te mete los cuernos —explicó—. No tenés motivos para serle fiel.  
La agarré de la cintura, haciéndole sentir la hinchazón de mi verga. Durante ese fugaz momento, Agostina quedó relegada a un lugar muy lejano de mi mente. Agos, Sami, y la propia Mariel.  Me di cuenta de que la única a la que deseaba en ese momento era a la vulgar adolescente que tenía entre mis brazos. Esa chica odiosa de tetas desproporcionadas que mi miraba desde abajo, con la boquita haciendo un sutil piquito.

Bajé la cabeza. Nuestros labios quedaron muy cerca uno del otro. Mis manos empezaban a sentir la carnosidad de sus nalgas. Era imposible besar a esa pendeja y no manosear su trasero con fruición. Pero primero su boca… Ya estaba muy cerquita. Podía sentir su aliento al café con leche, con rastros de menta, que le habrían quedado de cuando se lavó los dientes al levantarse.

Pero entonces corrió la cara, dejándome completamente desconcertado.
—¿Ves? Puedo hacer que hasta la pareja de mi mamá me quiera coger —dijo.

Quedé aturdido, pensando en las palabras que me había dicho. ¿Qué carajos le pasaba a esa pendeja? Había reconocido que había sido ella ¿cierto? Ella me había mandado el mensaje el día anterior, con las fotos que demostraban la infidelidad de Mariel. Entonces era ella la que me había manoseado, y la que me había hecho el pete. Tenía que ser ella. ¿Por qué me salía con esa estupidez ahora? Estábamos solos. Podíamos meternos en algún rincón de esa casa y coger como perros alzados. ¿Por qué daba marcha atrás?

Se soltó de mi abrazo, pero yo la agarré de la muñeca y la atraje hacia mí de nuevo.
—¿Qué carajos pretendés de mí? —le dije, furioso, aunque tuve la suficiente inteligencia de no levantar la voz. Lo último que me faltaba era que sus hermanas me oyeran—¿Querés volverme loco? —pregunté.
La agarré de la cintura de nuevo. La tenía otra vez pegada a mí. Los juegos se terminaron, pensé para mí. Ya basta de juegos, estaba harto de ellos. Tenía que concretar lo que se venía gestando desde el día anterior, o mejor dicho, desde aquella tarde en la que la conocí. Pero Valentina seguía tratando de liberarse. ¿Por qué hacía eso? Bajé una de mis manos hasta su descomunal orto. Como ya lo había imaginado, mi mano totalmente abierta no bastaba para cubrir una nalga. Era enorme, pero aun así la pendeja la mantenía increíblemente firme. Se sentía exquisito.  
—Adri ¡Pará! —me dijo, zafándose de mí.

Estaba agitado, y mi mente no funcionaba con la lucidez que debería funcionar. Estaba embragado por la lujuria y ya no tenía paciencia para seguir esperando. Me la iba a coger, me iba a coger a esa pendeja ahí mismo. Pero no, yo no era un violador.

Valentina aún estaba en la cocina. Podía haber huido, pero no lo hizo. Eso era una buena señal. Respiré hondo, traté de tranquilizarme. Era ella. Siempre había sido ella. La propia Valentina lo había confesado. Fue mi primera sospechosa, y resultó ser ella.

Me senté en la silla donde hasta hacía un rato había estado tomando mates.
—Entiendo tus idas y vueltas, pero no se puede estar así para siempre —le dije—. Vení —ordené después, palmeando mi rodilla, indicándole que se sentara en mi regazo. Valu se había quedado parada contra la pared, mirando con cara algo asustadiza, aunque también parecía muy intrigada. Mi ataque de furia la había sorprendido.
—No. Era solo un juego. Quería demostrarte que…
—Vení acá —dije, palmeando mi rodilla otra vez.
No pensaba levantarme para buscarla. No iba a usar la fuerza bruta. Lo de recién había sido un impulso. La pendeja iba a aprender a hacerme caso sin que yo levantara la mano. Palmeé la rodilla de nuevo.       
Valu se acercó, despacito. Era la primera vez que su actitud altanera y soberbia se esfumaron de su semblante. Ya era una nena grande, y debía comprender que si hacía ciertas cosas habría consecuencias.
—¿Estás hablando en serio? —preguntó, con una sonrisa nerviosa, ya estando muy cerca de mí.
La agarré de la muñeca, y la atraje hacia mí. Pero esta vez apenas tuve que hacer fuerza, porque ella misma se sentó en mi regazo. Su hermoso orto apoyado en mis piernas.
—¿Qué querés hacer? —me preguntó, con un dulce susurro.
—Que terminemos lo de ayer —dije, llevando mi mano a sus senos.
—¿Lo de ayer? —preguntó ella, sorprendida.

Entonces escuchamos que alguien bajaba por las escaleras. 


Continuará…

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Una respuesta

  1. helenx

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