Por
Mi vida secreta
No sé ni por dónde empezar, pero siento que tengo que sacarlo de mí. Tengo 19 años, y llevo varios encuentros así, por fuera, sin que mi esposo se entere. No es algo que haya planeado de un día para otro, es más… una necesidad.
Él casi nunca me da dinero, y cuando lo hace, siempre viene acompañado de palabras que me hacen sentir inútil. Me trata mal, y ya no puedo más.
Hoy, mientras caminaba hacia un encuentro, pensaba en todo eso. Me subí al auto y no pude evitar decirlo en voz alta, aunque no había nadie más:
—Tengo que salir de esta casa… no puedo seguir así.
Cuando llegué, él ya estaba esperando. No mi esposo, claro, sino alguien que realmente me hace sentir que tengo control sobre mi cuerpo y mi tiempo.
—Hola —dije, intentando sonar casual, aunque por dentro estaba hecha un nudo.
—Hola… ¿Lista? —me preguntó, con esa sonrisa tranquila que me hace sentir segura por un segundo.
—Sí… sí, estoy lista —respondí, y me di cuenta de lo extraño que era decir eso mientras pensaba en mi esposo, en sus gritos y en cómo me ignoraba.
Mientras estábamos juntos, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo: libertad. Libertad de decidir, libertad de que alguien me trate con respeto, aunque sea por un rato.
Después, mientras nos despedíamos, me senté en el auto y respiré hondo. Pensaba en lo que iba a hacer: cómo juntar mis cosas, cómo irme de la casa, cómo dejar atrás años de maltrato sin mirar atrás.
—No puedo seguir así —susurré otra vez, como una promesa que me hacía a mí misma—. Esto tiene que cambiar.
Y aunque parte de mí sentía miedo, otra parte sabía que estos encuentros, aunque sean clandestinos, me están dando la fuerza para tomar decisiones que antes ni siquiera me atrevía a imaginar.


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