octubre 19, 2025

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Mi vicio secreto: espiar a mi hermano

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Ay no sé qué me pasa pero ya no puedo parar. Todo empezó hace como tres meses, un martes por la noche. Estaba en la sala viendo la tele con una novela que ni me interesaba, la verdad. Venía bien estresada de la escuela y de mi trabajo de medio tiempo, necesitaba algo que me distrajera. De repente escuché unos ruiditos raros que venían del cuarto de mi hermano mayor.

Mi hermano se llama Rodrigo y tiene 25 años, vive con su novia Sandra en la misma casa que yo con mis papás. Al principio pensé que estaban viendo una película o algo así, pero los sonidos eran diferentes. Eran como jadeos y susurros. Me picó la curiosidad y me acerqué calladito a su habitación. La puerta estaba entreabierta, como de dos dedos, y por ahí me puse a espiar.

Y ahí estaban los dos, en la cama, completamente desnudos. Rodrigo estaba encima de Sandra, moviéndose con un ritmo que me dejó boquiabierta. Se le veían los músculos de la espalda tensos, y a Sandra con las piernas abiertas, agarrada de sus hombros. El sonido de sus pieles chocando era húmedo y fuerte. «Sí, mi amor, así, dame más duro», le decía Sandra con la voz entrecortada. Yo me quedé paralizada, no podía creer lo que estaba viendo.

Sin darme cuenta, mi mano derecha se fue directo a mi panty. Ya la sentía mojadita, como si mi cuerpo supiera antes que yo lo que iba a pasar. Empecé a tocarme suavecito, haciendo círculos sobre mi clítoris a través de la tela. Cada vez que Rodrigo le daba una embestida más fuerte, yo presionaba más mi dedo. Hasta que sin querer, me salió un gemido bajito, como un «ay» muy tierno. Me asusté tanto que me congelé, pensando que me habían escuchado. Pero ellos seguían en su mundo, así que me retiré silenciosamente a mi cuarto.

Ya en mi habitación, no pude aguantar las ganas. Me quité el pantalón y la panty de un tirón, dejándolos ahí en el suelo. Me senté en el piso, apoyada contra la pared, y seguí espiando por la rendija de la puerta. Con una mano me abrí los labios de mi vagina y con la otra me metí dos dedos, imaginando que era Rodrigo quien me penetraba. El morbo era tan intenso que sentía cómo me latía todo ahí abajo.

Los veía a ellos y me imaginaba que era yo en lugar de Sandra. Que eran sus manos las que me apretaban las tetas, su verga la que me llenaba por dentro. En ese momento, Rodrigo cambió de posición y puso a Sandra en cuatro. Empezó a darle por detrás, agarrándola de las caderas con fuerza. El ruido de sus nalgas chocando era como aplausos. Sandra gritaba: «¡Sí, papi, métemela toda!». Yo aceleré mis dedos, frotando mi clítoris cada vez más rápido, sintiendo que algo grande se estaba acumulando dentro de mí.

De repente, Rodrigo soltó un gruñido profundo y vi cómo su cuerpo se tensaba completamente. «¡Te voy a llenar, puta!», le gritó, y yo pude ver cómo le salía un chorro blanco y espeso adentro de ella. Eso fue lo que me terminó de llevar al borde. Un orgasmo tan fuerte que me hizo morder mi propio brazo para no gritar. Temblé toda, como si me hubiera dado una descarga eléctrica, y un líquido caliente salió de mí mojando el piso. Me quedé ahí tirada, sin fuerzas, sin poder sentir mis piernas por unos siete minutos largos.

Justo cuando empezaba a recuperarme, vi que Rodrigo se levantaba de la cama y venía hacia la puerta. Me paré tan rápido que casi me caigo, y en el apuro, dejé un charquito de mis fluidos en el suelo. Estaba segura de que se iba a dar cuenta, que me había delatado sola. Pero por suerte, él solo fue al baño y no vio nada.

Desde ese día, me volví adicta. Casi todas las noches, cuando escucho que empiezan, voy corriendo a mi puesto de espía. He visto de todo: que lo hace sentada en él, que se la chupa hasta que se corre en su boca, que usan juguetes… Cada vez es una nueva posición, un nuevo sonido, un nuevo olor a sexo que invade el pasillo.

Hasta empecé a probar cosas nuevas conmigo misma. Una vez, mientras los espiaba, me atreví a meterme un dedo en el ano. Duele un poco al principio, pero la verdad es que el morbo lo hace sentir rico. Ahora siempre lo hago cuando los veo, sobre todo cuando le da por ahí a Sandra y ella grita que le duele pero que no pare.

La cosa es que ya no sé si esto está bien. Sé que es mi hermano y que está mal, pero el placer que siento es demasiado fuerte. Me he vuelto una pervertida, lo admito. Incluso he pensado en qué pasaría si un día me descubren, o peor, si un día me invitan a unírmeles.

A veces, cuando Sandra se va de viaje, me masturbo pensando en que podría ser yo la que esté en esa cama con Rodrigo. Qué dirían mis papás si supieran que su hijita ya no es tan inocente y que se prende viendo a su propio hermano coger. Pero por ahora, mi vicio secreto sigue siendo solo mío, y no pienso dejarlo.

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