abril 5, 2026

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Mi Sobrino Cómplice

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Es un poco largo, pero es el primer acercamiento sexual con mi sobrino. Sepan entender….

Me invitaron porque ese fin de semana estaba desocupada. Fue una escapada improvisada un viernes en la madrugada. Viajé en el asiento de atrás, al lado de mi sobrino. Su mano en mi muslo, casi como de costumbre. Una manta lo permitía.

Armamos el camping entre los árboles, un poco alejados del lago. Después de comer, ellos se fueron a disfrutar de la playa. Yo me quedé leyendo en mi ebook. Lo que leo ahí seguramente es la razón de mi exploración sexual, la razón de por qué soy tan caliente, en otras palabras. Me puse mis audífonos y me puse a leer sin ver el tiempo.

Llegué a una escena que realmente me prendió. La estaba esperando hace mucho, mis personajes favoritos tenían sexo salvaje. A la mierda, tengo tiempo, estoy sola, lo haré rápido. Me lancé a mi tienda, me desnudé a la fuerza. Tiré lejos mis zapatos y los pantalones salieron solo con movimientos de piernas.

Lo hice a mi manera. Puse mi mano sobre mi clítoris y comencé a rozarme, solo movimientos de pelvis. Mantuve el ritmo. Me sentí mojada, puse saliva en mis dedos y ataqué mi clítoris con intensidad. Lo quería rápido. No fue suficiente, necesitaba más intensidad.

Me puse a cuatro patas, busqué algo para cubrir los sacos de dormir, una polera gris, suave, de algodón. La puse debajo de mí. Me concentré, llevé mi mano a mi vagina, mis dedos entraron solos. Arremetí contra el punto exacto donde me corro rápido, dejando un gran charco. Le di duro, como nunca antes, en una posición totalmente improvisada, sin práctica.

Sentí el coño a punto de estallar. Alargué el placer. Me gustó esto, una nueva sensación. La humedad escapaba de mi vagina, se hacían pozas en mi mano, que desbordaban y caían a la polera. Eran oleadas de fluidos y excitación. Acabé en silencio, solo chapoteos de mi coño. Me dejé caer a un lado, boca arriba, analizando lo que había hecho. Acaricié mi clítoris para seguir acompañando a la protagonista de mi libro mientras le follaban el coño.

Estaba en trance, acariciando las comisuras de mi coño, pensando si tenía tiempo para otro round. Esto lo interrumpió el estúpido de mi sobrino, abriendo de un tirón la tienda y viendo por un segundo a su tía abierta de piernas, como si se tratasen de puertas que le dan la bienvenida a su coño rasurado. Su pijama totalmente mojado, un libro con portada sugerente. Silencio, terror, caras de sorpresa. Qué mierda se hace en estos casos? Rápidamente me crucé de piernas y puse una mano sobre mi pubis. Quise comunicar, balbuceaba y tartamudeaba. Fueron unos segundos eternos. Él dice a viva voz: «Oh, tía, te desperté, ya llegamos, vamos a cenar». Me pudo haber acusado, gritado, lo que fuese. Lo mantuvo en secreto. Vaya cómplice tengo. Cerró la tienda, me dejó ahí sola y se fue. No quise salir por mucho rato.

Cuando armamos las tiendas nos dijeron que nosotros compartiríamos una. Sus padres seguramente querían privacidad para follar. Llegó la noche y no sabía cómo afrontar la vergüenza e incomodidad que le hice pasar. Yo pensaba en meterme a mi saco de dormir y desaparecer hasta el otro día. Él tenía derecho y poder para exigir respuestas. Me reclamó que ya no tenía pijama para dormir. Pedí disculpas, fue una emergencia. Él soltó unas carcajadas y me sentí segura otra vez. Bromeamos. Me preguntó por el libro, respondí todas las preguntas que se le ocurrieron, sin pudor.

Me dijo que ahora a torso desnudo le daría frío por la noche. Preguntó si podíamos unir los sacos para compartir el calor. Accedí. Nos acurrucamos. Le di besitos en el cuello y la espalda. Le di las gracias por no delatarme. Que ya éramos cómplices, con todo lo que habíamos hecho juntos. Él quiso subir el tono, se dio vuelta a besarme el cuello. Me dejé querer, asumí que sería su premio.

Intentó ir más allá. Hundía sus dedos en mis costillas, me levantó la polera y besaba entre mis pechos. Yo jadeaba despacio. Lo deseaba, pero no era el momento. Puso su mano en mi culo, lo acarició con ternura y agarró con necesidad de sexo. Me intentó bajar el pantalón de pijama. Me resistí, hasta que lo logró. Sentí mi calzón húmedo, me estaba prendiendo ser conquistada.

Su boca incrustada en mi teta, su lengua saboreando mi pezón, su mano iba tímida a clavarse entre mis piernas. Yo me resistía. Jadeaba a su ritmo de succión. Cuando logró sobrepasar mis límites y tocar lo húmeda que estaba, lo paré en seco. No podíamos. No quería tener sexo con él… de esa forma. Aún no era el momento.

-No vamos a tener sexo, menos aquí. Sería peor si nos atrapan.

-Tía, perdón, pensé que tú… Creo que te lo debo, sabes? Déjame sentirte, hacerte correr.

Esa noche no íbamos a tener sexo. Nada de él iba a entrar en mí. Pero mis pantalones ya no estaban. Él estaba duro. A lo lejos podíamos escuchar cómo sus padres estaban en lo suyo. Él deseaba hacerlo, yo quería. Era una necesidad mutua. Accedí, a mi manera, en silencio.

Me subí sobre él, acomodé su pene apuntando a su ombligo. Callé sus preguntas. Mi calzón sería lo que separaría mi vagina de su pene. Lo posé sobre él y comencé a rozarme. Él me sujetaba de la cadera, yo movía mi pelvis. Sujeté su polla desde abajo, estaba dura, se iba humedeciendo con cada ida y vuelta de mi vagina. Tenía que callar mis gemidos, me era imposible, se me escapaban algunos. Me concentraba en jadear. Él se adaptaba al ritmo de ellos.

-Me voy a correr en tu pene, amor. Le susurré.

Me dejé llevar. Solté gemidos suaves mientras arqueaba mi espalda y disfrutaba de un orgasmo sobre un pene real. Hacía mucho no lo experimentaba. Me temblaron las piernas y caí sobre él.

-Tía, estoy muy caliente. Su polla estaba durísima y caliente, a punto de estallar.

A lo lejos escuchamos que sus padres se estaban divirtiendo. Tenían sexo, se escuchaban gemidos tenues. Espero los míos no se hayan escuchado. Eso me calentó más. En la oscuridad saqué la zorra que llevo dentro. Bajé, quité su boxer, sujeté la polla, la recorrí con mi lengua hasta el glande, la metí en mi boca. No me cabe entera. No me cansé de saborear, de oler. Me moví por todos sus ángulos. Los huevos. El glande. Arriba, abajo. Le di una mamada babeada. Si no podía verme tragarme su polla, debía escucharme jadeando cada vez que sacaba su polla de la boca, cómo mi mano lo masturbaba para yo respirar, mi saliva como lubricante.

-Tía, me vengo.

Apoyé su glande en mi lengua. Ahí se vino. Una oleada blanca dentro de mi boca. Ahora lo saboreé frente a él, no a escondidas. Volví a su pene para asegurarme de no dejar nada.

Ya no nos debemos nada. y no ensuciamos ningún calcetín.

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