Por

Anónimo

enero 30, 2026

29 Vistas

enero 30, 2026

29 Vistas

Mi secreto fetiche

0
(0)

Mira, esto no se lo he contado a nadie. Es mi vaina. Mi vicio raro, sucio, pero que me tiene agarrado. Empezó hace como cinco años, cuando tenía veinte. Una vez, una prima lejana se quedó a dormir en mi casa. Al otro día, cuando fui a recoger la ropa para lavar, vi su tanguita tirada en el suelo del baño. Era roja, de encaje. Se me quedó viendo. La recogí. Estaba húmeda. No mojada, pero sí con esa humedad de usada. Se me paró la verga al instante. La olí. Olía a ella. A su pepa, a su sudor dulzón. Fue como un golpe. Me la llevé a mi cuarto y me la jalé con esa tela en la cara. Me corrí sobre ella. Después la lavé y la dejé donde estaba. Ella nunca supo.

Ahí empezó todo. No con mi prima, eso no volvió a pasar. Pero se me abrió el apetito. Empecé a fijarme. En las visitas familiares, cuando las mujeres se van, dejan rastro. En los cajones de mi hermana, cuando ella no está. Pero mi objetivo, mi obsesión de verdad, es mi cuñada.

Se llama Valeria. Tiene treinta y dos años. Está buenísima. Un cuerpo de gimnasio, tetas operadas pero bien hechas, y un culo que no es natural pero Dios mío, qué obra de arte. Ella y mi hermano viven en otra ciudad, pero vienen cada dos o tres meses. Y esas visitas son mi Navidad.

Lo primero que hago cuando llegan es ayudar con las maletas. Siempre ofrezco llevar la de Valeria a la habitación de invitados. Ella es descuidada. Deja la maleta abierta, o medio cerrada. Yo espero. A la noche, cuando todos están viendo la tele o tomando en el jardín, yo digo que voy al baño. Pero en vez de eso, me meto a su cuarto.

El corazón me late tan fuerte que creo que se me va a salir. Abro la maleta con cuidado. Arriba siempre está la ropa normal. Pero en bolsas de tela, o en un compartimento de la tapa, ahí están. Su ropa interior. Tanguitas de colores, de encaje, de algodón. Algunas nuevas, otras usadas. Las usadas son las que busco.

Las cojo, una por una, y me las llevo a la nariz. Uff. El olor. Es distinto al de mi prima. Es más fuerte, más… adulto. A mujer que sabe lo que quiere. A su perfume caro mezclado con su aroma natural. A veces están un poco embarradas. Con una manchita amarillenta o blanca, seca. Esa vaina me vuelve loco.

Una vez encontré un par que estaba casi mojado. Debe habérselo quitado rápido y lo tiró a la maleta sin pensar. Lo agarré y estaba frío, pegajoso. Me temblaban las manos. Me lo metí en el bolsillo del pantalón y me fui al baño de visitas, el que nadie usa. Cerré con llave.

Ahí, sentado en el inodoro, saqué la tanguita. Era negra, de encaje, toda destrozada por el uso. La extendí. La mancha era grande, en la parte de adelante. Me la puse en la cara, respirando hondo. El olor me inundó. Era ella. Pura Valeria.

Me bajé el pantalón y el boxer. Tenía la verga dura como un mástil, goteando. Me puse la tanguita en la nariz con una mano y con la otra me empecé a jalar. Fue rápido, bestial. Pensé en ella. En su culo, en sus tetas, en su cara cuando se ríe. En mi hermano cogiéndosela. Eso me prende más, saber que él la tiene y yo solo tengo esto, su ropa sucia. Me corrí como un animal, gruñendo, llenándome la mano de leche. La tanguita olía a mi corrida después, mezclado con su esencia.

La lavé con jabón en el lavamanos, la sequé con papel higiénico y la devolví a su lugar. Nadie notó nada.

Pero no es suficiente. A veces, cuando ellos se van de paseo y dejan la casa sola, yo hago mi ritual completo. Entro a su cuarto. Me acuesto en la cama donde ellos duermen, donde él se la coge. Hundido la cara en la almohada que ella usa. Huele a su shampoo, a su piel. Me pongo uno de sus calzones en la cara y otro me lo enrollo en la verga. Y ahí, en su cama, me la jalo. Es peligroso, pero eso le da más sabor. Podrían volver en cualquier momento.

Una vez casi me cachan. Fue hace tres meses. Ellos habían salido a cenar con mis papás. Yo me quedé “estudiando”. En cuanto se fueron, me fui directo a su cuarto. Saqué un par de tanguitas del cajón donde ella las guarda (sí, ya sé dónde las pone). Me las puse en la cara, me tiré en la cama, y me puse a manosearme la verga por encima del pantalón. Estaba tan en mi mundo que no escuché el auto regresando.

Escuché la puerta principal. Voces. Se habían olvidado las llaves del auto. Mi corazón se detuvo. Salté de la cama, guardé las tanguitas a lo loco en el cajón, me arreglé el pantalón y salí del cuarto corriendo. Me senté en el sofá de la sala, agarré el control de la tele y prendí cualquier cosa. Traté de respirar normal.

Mi hermano entró primero. “¿Todo bien, Franco? Te ves colorado”.

“Sí, calor”, dije.

Valeria entró detrás. Se detuvo y me miró. Sonrió. “¿Estabas viendo algo bueno?”, preguntó. Su mirada bajó a mi entrepierna. Yo me había arreglado, pero la erección no se iba del todo. Se le notaba el bulto.

“No, nada”, dije, tratando de cubrirme con un cojín.

Ella se rió, un poco raro, y siguió a mi hermano. Pero antes de salir de la sala, se volvió y me miró otra vez. Me sostuvo la mirada un segundo de más. Sus ojos bajaron otra vez a mi pantalón y luego volvieron a los míos. No dijo nada. Solo sonrió, como si supiera algo.

Esa noche no pude dormir. ¿Habrá visto algo? ¿Habrá notado que su cajón no estaba igual? ¿O solo era mi imaginación?

Al día siguiente, ella se levantó tarde. Bajó a la cocina en short corto y una camiseta sin sostén. Se le marcaban los pezones. Yo estaba desayunando.

“Buenos días”, dijo. Se acercó a la cafetera, pasando muy cerca de mí. Su perfume me dio vueltas en la cabeza. “Dormiste bien?”

“Sí, y tú?”

“Regular”, dijo. “Soñé cosas raras”. Me miró mientras se servía el café. “Soñé que alguien husmeaba en mis cosas”.

Me atraganté con el jugo. “Qué feo”.

“Sí”, dijo. Dio un sorbo a su café. “Pero también estaba excitante, ¿sabes? Alguien deseándome tanto que se arriesga”.

No supe qué decir. Me quedé mudo.

Ella se rió y me pasó la mano por el pelo, rápido, como un gesto cariñoso. Pero sus dedos se quedaron un instante de más. “Tranquilo, Franco. Todos tenemos nuestros secretos”.

Se fue del comedor, dejándome ahí, con el corazón a mil y la verga otra vez dura como una piedra.

Desde ese día, las cosas son distintas. A veces, cuando estamos solos en una habitación, ella se ajusta el short, o se inclina delante de mí de una manera que sé que es a propósito. Ayer, se le cayó una tanguita al suelo del lavadero, recién lavada. La recogió, la miró, y luego me miró a mí. “Se me cae todo”, dijo, y sonrió. La dejó en la mesa, a la vista, como una invitación.

Yo todavía no me atrevo a más. Pero cada vez que vienen, mi ritual es más intenso. Ahora, cuando huelo sus cosas, me imagino que ella lo sabe. Que le gusta. Que quizás, solo quizás, algún día ese juego llegue más lejos. Mientras tanto, tengo su olor en mi nariz, en mi memoria, y su imagen en mi cabeza cada vez que me corro. Es mi vicio. Es mi vergüenza. Y no pienso parar.

¿Que te ha parecido este relato?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este relato.

Deja un comentario

También te puede interesar

Fetiche raro

anonimo

05/05/2025

Fetiche raro

Toxicomana

anonimo

11/10/2022

Toxicomana

la mirilla

anonimo

03/05/2010

la mirilla
Scroll al inicio