Mi Profesor y Yo
Hola, bueno, necesito sacar esto de alguna parte porque si no, exploto. Me llamo Brenda, tengo 26 años y estudio administración. El año pasado tuve una materia, una de esas pesadas, con un profesor que… bueno, él no era viejo viejo. Tendría como cuarenta y pico. Pero se cuidaba, se veía bien. Siempre vestido con camisa y jean, y tenía una sonrisa que a todas en el salón nos hacía mirar.
Desde el principio me trató diferente. Me preguntaba si había entendido, después de clase se quedaba un rato hablando conmigo de cualquier cosa. Yo al principio pensé que era normal, que era amable. Pero luego empezó a mandarme mensajes.
Al principio eran del trabajo. “Brenda, te faltó entregar esto”. Luego eran como “¿Cómo estás? Espero que tu día vaya bien”. Y después… bueno, después se puso más directo. Me decía cosas como “Hoy te viste muy linda en clase” o “Esa blusa te queda muy bien”. Una vez, hasta me preguntó si tenía novio.
Yo me reía. Me sentía… no sé, halagada. Él era profesor, tenía ese rollo de autoridad, de saber mucho. Y a mí me gustaba que me prestara atención. Durante el semestre chateamos un montón. A veces hasta tarde. Hablábamos de música, de películas, de viajes. Él me contaba cosas de su vida, que estaba divorciado, que no tenía hijos. Y yo le contaba mis cosas, pero no todo, claro.
Llegaron las vacaciones y ahí se cortó la comunicación. No le escribí, él no me escribió. Pensé: “bueno, se le pasó el calentón. Fue algo del momento”. Y la verdad, lo olvidé un poco. Tengo novio, llevamos tres años, y aunque tenemos nuestros problemas, es mi pareja.
Este semestre volví a la U. Y el primer día, lo vi. Estaba en el pasillo, hablando con otro profesor. Me vio y me hizo una seña con la cabeza. Yo sonreí y seguí caminando. Pero esa misma tarde, me llegó un mensaje. Era él.
“Hola, Brenda. Qué bueno verte de vuelta. ¿Todo bien?”
Y así empezó otra vez. Los mensajes, los cumplidos. Pero esta vez era más intenso. Como que había pasado el tiempo y ya no tenía que disimular tanto. La semana pasada, me dijo directamente: “Deberíamos salir algún día. Sin el rollo de profesor y alumna. Como dos adultos”.
Yo le contesté con una broma. “¿Y qué vamos a hacer?”
“Lo que tú quieras. Tomar un café. Ver una película. Conversar sin que nadie nos interrumpa.”
Me quedé mirando el celular un buen rato. Mi novio, David, estaba en la sala viendo fútbol. Yo en la cama. Pensé: “no puedo aceptar. Esto está mal”. Pero también pensé: “es sólo un café. ¿Qué tiene de malo?”. Y otra parte de mí, la más estúpida, pensaba en cómo me miraba, en cómo me hacía sentir especial.
Le escribí: “Ok. Pero sólo como amigos, ¿sí?”
Él puso: “Claro. Como amigos.”
Quedamos en vernos ayer. Salí de mi casa diciendo que iba a estudiar con una amiga en la biblioteca. David ni se inmutó. “Ten cuidado,” me dijo, sin levantar la vista del celular.
El profesor, Miguel, me recogió en su carro. Un carro bonito, nada extravagante, pero limpio y con olor a nuevo. Él se veía… diferente. No tenía la camisa de profesor. Traía una camiseta negra y una chaqueta de cuero. Se veía bien, la verdad.
“Hola, Brenda,” me dijo, y me dio un ramo de flores. Rosas rojas. Nunca me habían dado rosas rojas. David me da girasoles a veces, o me compra chocolate. Pero rosas rojas… eso es como de película.
“Gracias,” dije, y me sentí tonta.
Fuimos al cine. No era una cita de adolescentes, no fuimos a ver la última de superhéroes. Fue a una de esas películas de arte, en un cine pequeño. La sala estaba casi vacía. Nos sentamos atrás.
La película empezó, y a los diez minutos, él puso su brazo alrededor de mis hombros. Yo me puse tiesa. Pero no me quité. Su mano empezó a acariciarme el brazo, despacio. Luego bajó. Tocó mi pierna, por encima del vestido. Yo llevaba un vestido negro, sencillo, que me llegaba un poco arriba de la rodilla.
Su mano estaba caliente. Se quedó ahí, en mi muslo, quieta un momento. Yo trataba de concentrarme en la pantalla, pero no podía. Sentía su respiración cerca de mi oído. Luego, sus dedos empezaron a moverse. Hacían círculos lentos en mi piel. Subían un poco, hasta donde terminaba el dobladillo del vestido. Yo me mojé. Lo sentí al instante. Un calor húmedo entre las piernas.
Me incliné hacia él, sin darme cuenta. Como buscando más. Él lo notó. Su mano se puso más firme. No me tocó más arriba, pero no se movió de ahí. Toda la película estuvo así, con su mano en mi pierna, a veces apretando un poco, a veces sólo quieta, pero siempre presente.
Cuando salimos, yo estaba nerviosa. Caminamos hacia su carro y él me preguntó: “¿Tienes hambre? Podríamos ir a mi casa. Pedimos algo y seguimos charlando.”
Yo sabía lo que eso significaba. Lo sabía perfectamente. Y aun así, dije que sí. “Bueno,” dije, y mi voz sonó rara.
Su casa era un apartamento en un edificio moderno. Todo muy ordenado, muy limpio. Olía a él. A su colonia, a libros. “Siéntate,” me dijo, señalando el sofá. “Voy a pedir la comida.”
Mientras él hablaba por teléfono, yo miraba alrededor. Había fotos de viajes, muchos libros. Parecía la casa de una persona interesante. Él colgó y se sentó a mi lado, no al otro extremo, sino justo ahí, tocándome.
“¿Te gusta?” preguntó, refiriéndose a la casa.
“Sí, es linda.”
“Me alegra,” dijo. Y luego, sin más, me tocó la cara. Me giró la cabeza hacia él y me besó.
Fue un beso suave al principio. Sólo un roce de labios. Pero luego se abrió. Metió la lengua. Yo la recibí. Cerré los ojos y dejé que pasara. Sus manos se movieron a mi espalda, buscando el cierre del vestido. Lo encontró y lo bajó. El vestido se me soltó un poco en la parte de arriba. Él separó su boca y miró. Yo no llevaba sostén. Sólo el vestido.
“Qué hermosa eres,” dijo, y bajó la cabeza. Tomó mi pezón en su boca, a través de la tela del vestido. Yo gemí. No pude evitarlo. Agarré su cabeza y la apreté contra mí.
Con eso, se acabó cualquier duda. Él me tumbó en el sofá y se subió encima de mí. Seguimos besándonos, pero ahora con las manos por todos lados. Él me subió el vestido, hasta la cintura. Yo llevaba una tanga negra. La miró y puso su mano directamente encima.
“Estás empapada,” dijo, y yo asentí, sin poder hablar.
Metió sus dedos bajo la tela de la tanga y me tocó. Directo en mi clítoris. Fue tan brusco que grité. “Shh,” dijo él, y siguió moviendo los dedos. Rápido, experto. Yo me estaba arqueando, buscando más. “Así me gusta,” dijo. “Muéstrame lo mucho que lo querías.”
La comida nunca llegó. O llegó y él no abrió, no sé. Lo siguiente que supe es que él se estaba quitando el pantalón. Yo me quité la tanga. Él sacó un condón de su billetera y se lo puso. No dijo nada. Me abrió las piernas y se puso entre ellas. Me miró a los ojos.
“¿Lista?” preguntó.
Yo sólo pude asentir.
Y entró. De una. Llenándome por completo. Era grande. Más grande que David. Y lo sabía mover. Empezó a un ritmo lento, pero profundo. Cada vez que entraba, yo sentía que me llegaba al alma. Agarré sus brazos, que estaban fuertes, y me dejé llevar.
“Te he querido coger desde el primer día que te vi en mi clase,” me dijo al oído, mientras me daba. “Pensar que eras mi alumna… eso me prendía más.”
Eso debería haberme chocado. Pero en ese momento, me prendió más a mí. Grité. Él puso una mano sobre mi boca. “Calla, nena. Disfruta.”
Cambiamos de posición. Me puso de rodillas en el sofá y me dio por detrás. Agarrándome de las caderas, fuerte. Cada embestida hacía un sonido húmedo, fuerte. Yo gemía en el cojín. Ya no me importaba nada. Sólo quería que no parara.
“¿Quién te hace sentir así?” me preguntó, dándome más duro.
“¡Tú!” grité yo.
“Así es. Yo.”
Se vino primero él. Lo sentí, un temblor, y luego un gemido ronco. Se quedó quieto unos segundos, después salió. Yo me giré y lo vi quitándose el condón. Todavía no me había venido yo. Él lo supo. Me hizo recostar y bajó la cabeza otra vez. Esta vez, con la boca. Me comió hasta que me vine, gritando y retorciéndome, agarrándole el pelo.
Después, nos quedamos ahí, sin hablar. Yo me cubrí con mi vestido. Él se puso el pantalón. El silencio era horrible.
“Debo irme,” dije al fin.
“Sí. Te llevo.”
En el carro de vuelta a mi casa, no hablamos. Él puso música baja. Yo miraba por la ventana. Cuando me dejó cerca de mi casa (no en la puerta, por si David estaba mirando), me dijo: “Fue increíble, Brenda.”
Yo sólo asentí. “Gracias por… las flores,” dije, y me sentí ridícula.
Ahora estoy en mi cuarto. David está en la cocina, calentando algo para comer. Me habló normal, como siempre. Yo no puedo mirarlo a los ojos.
Me metí al baño y me miré en el espejo. Tengo moretones en las caderas, de donde él me agarró. Y mi cuerpo todavía siente como si lo tuviera adentro. Me arrepiento. Me arrepiento mucho. Pero también… también cuando cierro los ojos, vuelvo a sentir su mano en mi pierna en el cine, y su boca en mi pecho, y cómo me llenó. Y entonces, no me arrepiento. Y eso es lo que más miedo me da.


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