febrero 17, 2026

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Mi primera vez pidiendo cosas ricas

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Holaa jeje bueno, pues aquí les va mi confesión. Es mi primera vez escribiendo algo así, pero es que me muero de ganas de contarlo, a ver si a alguien más le pasa igual que a mí.

Tengo 19 y desde hace como un año ando con mi novio, el Diego. Tiene 22, es alto, moreno, con unos brazotes que me encantan, bien fuertes. Y en la cama… uff, en la cama es otra cosa. Siempre me ha dado bien duro, como a mí me gusta. Pero yo, pues, tengo mis cositas. Mis gustos. Y no me atrevía a decírselos. Me daba cosa, no sé, como vergüenza. Pensaba que me iba a ver rara o algo.

Pero el otro día, hace como una semana, pasó. Estábamos en su depa, solos porque sus papás se habían ido al pueblo. Desde la tarde ya andábamos calientes, nos besuqueamos viendo una peli, y luego nos fuimos al cuarto.

Empezamos bien normal. Él encima de mí, besándome el cuello, bajándome los shorts. Yo le ayudaba a quitarle la playera, le mordía los labios. Todo bien. Pero cuando me la empezó a meter, ay no, ahí cambió todo.

Ese día, no sé por qué, me estaba dando más duro que nunca. Bien fuerte. Me tenía agarrada de las caderas y me embestía sin parar, yo sentía su verga hasta el fondo, cada golpe me quitaba el aire. Y yo gemía, le decía «así, así, dame más». Él sudaba, yo también, las sábanas todas revueltas.

En un momento, yo estaba como en otra dimensión, con los ojos medio cerrados, la boca abierta, la lengua de fuera. De repente, sin pensarlo, como si alguien más hablara por mí, le dije:

«Escúpeme en la boca».

Uy, cuando lo dije, sentí que el corazón se me paraba. Pero ya estaba dicho. Él se quedó viéndome un segundo, con esos ojos que se le ponen cuando está bien prendido, y luego… luego me escupió. Directo en mi boca abierta. Y lo hizo otra vez. Y otra.

Yo sentí que me derretía. Me mojé tanto en ese momento, te juro que sentí cómo me escurría entre las piernas. Y él seguía dándome, sin parar.

Entonces, no sé qué me pasó, le dije otra cosa:

«Dame una cachetada».

Y él, el muy cabrón, me la dio. No fuerte, pero sí como para que se sintiera. Su mano en mi mejilla, el golpe seco. Y yo… ay Dios, yo gemí más fuerte. Me encantó.

«Otra», le pedí. Y me dio otra. Del otro lado.

Yo ya no sabía ni dónde estaba. Solo sentía su verga dentro de mí, sus manos en mi cara, su saliva en mi boca. Era demasiado, pero quería más.

«Otra vez», le dije, y me cacheteó otra vez. Y luego me escupió otra vez. Y yo me vine en ese momento. Me vine tan rico, tan fuerte, que creo que hasta lloré un poco. Él sintió cómo me apretaba todo y se vino también, bien adentro, llenándome.

Cuando terminamos, nos quedamos abrazados, sin hablar. Yo tenía la cara colorada, ardía de las cachetadas, pero sonreía. Él me besó la frente y me dijo:

«¿Por qué no me dijiste antes que te gusta eso?»

Yo nomás me reí y le dije que no sabía.

Al otro día me desperté con moretones bien chiquitos en las pompas, de lo duro que me dio. Y con las mejillas todavía un poco sensibles. Y me gustó verlos. Me acordé de todo y me volví a excitar.

Ayer volvimos a vernos. Y desde que llegué al depa, ya sabía que quería que pasara otra vez. Estuvimos viendo el celular un rato, él en el sillón y yo en el suelo, entre sus piernas. Empezó a jugar con mi pelo, a tocarme la nuca, y yo sentí cómo se le empezaba a parar, porque se le marcaba en el pantalón.

Lo miré y le dije: «¿Vas a hacerme lo del otro día otra vez?»

Él me sonrió, esa sonrisa bien perra que tiene. «¿Quieres?»

«Sí», le dije, bien clarito.

Me levantó del suelo, me llevó al cuarto otra vez. Esta vez no hubo tantos besos ni tanta cosa. Directo me quitó los pantalones y las bragas. Me puso en cuatro en la cama y se puso detrás de mí. Me agarró del pelo, me jaló bien fuerte para atrás, y me la metió de golpe.

«¿Así quieres, putita?», me dijo.

Y yo, con la boca medio llena de la almohada, le dije: «Sí, así».

Me empezó a dar otra vez bien duro. De esas veces que sientes que te van a partir, pero no te duele, nomás te da más placer. Yo gemía como loca, le decía cosas sin sentido. En un momento, me jaló más del pelo, me puso la cara a un lado y me escupió directo en la boca, igual que la otra vez. Y luego me cacheteó. Otra vez. Y otra.

«Di que eres mía», me dijo.

«Soy tuya», gemí.

«Di que te gusta que te trate así».

«Me encanta, papi, me encanta».

Y en eso, me agarró del cuello. No para ahorcarme de verdad, sino que me puso la mano ahí, apretando un poquito, sintiendo cómo me vibraba la garganta. Ay, eso sí que me volvió loca. Sentir su mano rodeándome el cuello, su verga dentro de mí, sus dedos apretando… me vine otra vez, bien rico, bien fuerte.

Él sintió que me venía y me apretó más el cuello, nomás un poquito más, y se vino también. Lo sentí, caliente, llenándome.

Después de eso, nos quedamos otra vez bien cansados, bien sudados. Yo tenía el cuello un poco rojo de su mano, pero me gustó verlo en el espejo después. Me sentí como suya. Como bien usada, pero bien querida también, ¿me explico?

Ahorita ya estamos planeando la siguiente. A lo mejor la semana que viene, cuando tengamos más tiempo. Y yo ya estoy pensando en qué más pedirle. Porque siento que esto nomás fue el principio, y que con él puedo hacer de todo. Me da confianza, me da seguridad. Y eso está bien chido.

Bueno, pues esa es mi confesión. No sé si a alguien más le guste lo mismo que a mí, o si nomás yo soy la rara. Pero aquí se las dejo, por si quieren opinar o contarme las suyas. A mí me encanta leer este tipo de cosas, por eso me animé a escribir.

Y si el Diego llega a leer esto… bueno, él ya sabe lo que me gusta jajaja. Ojalá nos siga yendo así de rico siempre.

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