Mi primera vez con un viejo
Ufff por fin puedo contar esto, me muero por sacarmelo. Tengo 36, argentina, y tetas naturales desde los 13. Me salieron antes que a todas, me acuerdo en la escuela usaba el uniforme y los botones de la camisa parecía que iban a saltar. Los pendejos de mi edad me miraban pero no se animaban, en cambio los tipos grandes, los de 40, esos sí me comían con los ojos. En la calle, en el colectivo, en todos lados.
Y siempre me pregunté, por qué me calienta tanto que me miren así? Que me digan cosas, que se noten pajeros. No sé si es normal pero a mí me pasa. Y el otro día me decidí, dije ya fue, quiero probar de verdad con un señor grande, re grande, de esos que te miran y se les nota la leche acumulada de años de pajearse pensando en tetas como las mías.
Fui a un bar cerca de casa, de esos medio turbios, con olor a viejo y a vino. Me puse una remera bien apretada, blanca, y un corpiño que me levanta todo. Me marqué los pezones con un poco de hielo antes de salir así estaban duros como piedras. Llegué y me senté en la punta de la barra, pedí un fernet.
A los cinco minutos sentí la mirada. Me di vuelta y ahí estaba. Un tipo de unos 60, canoso, con una panza grande y las manos re gruesas, como de laburo. Estaba sentado solo en una mesa, con una botella de vino, y no me sacaba los ojos de encima. Me miraba las tetas fijo, sin disimular nada, como si fueran de él. Yo le sostuve la mirada un segundo y después miré para otro lado, pero sentía el calor en la entrepierna.
Me pedí otro fernet. Cuando el mozo se fue, sentí que alguien se sentaba al lado mío en la barra. Era él. Olía a cigarro y a jabón barato. No dijo nada al principio, solo pidió otro vino. Después me miró y me dijo:
«¿Siempre tan callada o no te gusta la compañía?»
Lo miré. Tenía los ojos chiquitos, de tanto apretarlos para mirar fijo, y las arrugas alrededor. Las manos apoyadas en la barra, grandes, venosas.
«Depende la compañía», le dije.
«Yo soy buena compañía», dijo él, y se rió mostrando dientes amarillos. «Sobre todo para una piba tan linda. ¿Cuántos años tenés?»
«Treinta y seis», dije.
«Uhh, una nena», dijo. «Yo tengo sesenta y dos. Te doy la edad de tu papá».
«Mi papá está muerto», le dije.
Él se quedó callado un segundo, después volvió a reírse. «Mejor, así no viene a buscarme».
Yo también me reí, y cuando me reí la remera se me movió y se me marcaron más las tetas. Él las miró y se le secó la boca, se le veía. Se pasó la lengua por los labios.
«¿Me puedo sentar más cerca?», preguntó.
«Así estás bien», le dije, pero sonriendo.
Se acercó igual. Me puso la mano en el hombro. La tenía caliente, pesada. «¿Vivís sola?»
«Sí».
«¿Y no tenés miedo de andar por estos bares, mostrando ese par así?»
«¿Miedo de qué?»
«De tipos como yo», dijo, y me apretó el hombro.
Me di vuelta en el taburete y lo miré directo. Tenía la cara colorada de vino, la barba de un día, los ojos medio inyectados. «¿Vos sos peligroso?», le pregunté.
«Puedo serlo si me dejás», dijo.
«Y qué tendría que dejar que hagas?», pregunté. Ya sentía la humedad en la bombacha.
Él me miró fijo. Después bajó la mano de mi hombro y la puso en mi rodilla. La tenía áspera, caliente. La subió un poco, por el jean. «Dejame adivinar el tamaño de esas tetas», dijo. «Tengo un método infalible».
«¿Cuál?»
«Tocarlas».
Me reí. «Así cualquiera».
«No, no, esperá», dijo. «Es científico. Primero hay que ver si pesan mucho».
Y sin pedir permiso, puso las dos manos en mis tetas, por encima de la remera. Las sostuvo, como pesándolas. Yo me quedé quieta, sentía el calor de sus manos, la presión. Eran grandes, ásperas, me apretaban con ganas.
«Uf», dijo él. «Son más pesadas de lo que parecían. Deben ser una DD, ¿no?»
«Una E», le dije, y la voz me salió ronca.
«Una E», repitió él. «Dios mío». Y no las soltaba, las seguía apretando, masajeando. Me apretó los pezones con los pulgares y yo me mordí el labio para no gemir. «Te gusta, ¿eh? Te gusta que un viejo te toque las tetas acá, en público».
«Sí», dije. No podía mentir.
«¿Querés seguir en mi camioneta? Está estacionada ahí enfrente».
Pagué rápido. Salimos. La camioneta era una Ford vieja, medio destartalada. Me subí al asiento de atrás, él se subió atrás conmigo. Cerró las puertas y en la oscuridad sentí su mano otra vez en mis tetas, pero esta vez no se quedó afuera. Me levantó la remera, me bajó el corpiño y las tuvo al aire. Grandes, blancas, con los pezones oscuros y duros.
«Mirá esto», dijo él, casi sin voz. «Nunca tuve unas así en la mano».
Se agachó y me chupó un pezón. Su boca era caliente, húmeda, y tenía la lengua áspera. Me la movía alrededor, mamando, mientras con la mano me apretaba la otra teta fuerte. Yo gemía y me agarraba de su cabeza canosa, apretándolo contra mí.
«Chúpamelas bien», le decía. «Así, así, dale».
Después de un rato se separó. Me miró. «¿Me dejás ver más?», preguntó.
Me bajé el jean y la bombacha de una. Quedé en el asiento, con las piernas abiertas. Él se arrodilló en el piso de la camioneta, entre mis piernas, y se quedó mirando. Metió un dedo y lo sintió mojado.
«Estás empapada», dijo. «Toda esta agua es por mí».
Puso la cabeza ahí y me chupó. La concha. Me metió la lengua entera, la movía adentro, afuera, me chupaba el clítoris. Yo gemía fuerte, apretándole la cabeza con los muslos. «Así, viejo chúpame bien, chúpame toda».
Cuando no pude más, lo levanté de los pelos. «Dámela», le dije. «Dámela ya».
Él se bajó los pantalones. Tenía la verga parada, grande para su edad, gruesa, con la cabeza violeta. Me puso un forro que sacó de la guantera. Después me puso boca abajo en el asiento, me levantó el culo y me la metió de una.
Grité. Era ancha, me llenaba toda. Él empezó a cogerme fuerte, agarrándome de las caderas, dándome con todo. La camioneta se movía, los resortes sonaban. Yo apretaba las tetas contra el asiento y gemía.
«Te gusta que te coja un viejo, ¿eh, putita?», decía él, jadeando. «Te gusta esta verga de sesenta años».
«Sí, sí, dame más duro», le rogaba.
Me dio la vuelta, me puso boca arriba y me levantó las piernas. Me las puso en los hombros y me siguió cogiendo. Así veía su cara colorada, su transpiración cayéndome encima. Sus tetas, grandes y caídas, se movían con cada embestida. Me pareció lo más caliente del mundo.
«Me corro», dijo él de repente. «¿Dónde querés?»
«En la cara», le dije. «Quiero tu leche de viejo en la cara».
Se sacó rápido el forro y se la puso en la mano. Se la jaleó un par de veces y me disparó toda la leche en la cara. Caliente, espesa, me cayó en los ojos, en la boca, en las tetas. Era un montón, chorreaba.
Se quedó mirando su obra, jadeando. Yo me limpié los ojos con la mano y me chupé los dedos. Él sonrió, cansado.
«Volve mañana», dijo. «Te invito otro fernet».
Y acá estoy, escribiendo esto, todavía con la concha caliente y la cara pegajosa. Mañana vuelvo. Quién sabe si esta vez no aparece otro más viejo todavía.


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