noviembre 26, 2025

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Mi primera vez con Jazmín, el culote de la fábrica

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Me llamo Luis, acabo de cumplir 18 y entré a mi primer jale en una fábrica automotriz. Desde el primer día, en toda la empresa no se hablaba de otra cosa que de Jazmín: 38 años, mamá soltera y con un culote de campeonato, bien paradito, redondo, de esos que te obligan a voltear. En los vestidores y en la comida todo mundo presumía que ya se la había cogido, que era la más fácil y la más rica de la planta. Yo nomás escuchaba y me moría de ganas de comprobarlo.

Me hice su amigo con esa única intención y un día la invité a una fiesta de excompañeros de la prepa. Me daba un chorro de pena llegar con ella: me dobla la edad, parecía que iba con mi mamá y encima ahí iba a estar mi ex. Ya tenía planeado presentarla solo como “mi compañera de trabajo” para que nadie sospechara nada.

Cuando llegué por ella y la vi salir de su casa… me quedé sin aliento. Traía un vestido negro pegadito, tan ajustado que se le marcaba perfectamente la línea del cachetero y ese par de nalgas enormes y paradotas. Al subirse al carro el vestido se le levantó un poco y se le vio el triángulo chiquito de su panocha marcado en la tela. Yo manejaba y no podía evitar mirar de reojo esas piernotas gruesas, suaves, abiertas sobre el asiento… casi me salgo del camino de lo caliente que me puse.

Llegamos al salón y sorpresa: ¡había alberca y yo ni en cuenta! Casi todos estaban ya en el agua. Cuando Jazmín bajó del carro, mis excompañeros se quedaron con la boca abierta y empezaron a acercárseme: “¿Quién es tu acompañante, wey?” “¿De dónde la sacaste, cabrón?” “¡Te rifaste!” Yo, nervioso, siempre la presentaba igual: “Es Jazmín, trabajamos juntos, es mi amiga de la fábrica”. Nada más.

Empezaron a animarla para que se metiera al agua. Ella decía que no traía traje de baño, pero vio que varias morras traían bikinis tipo tanga y hilo dental, así que se animó. Se quitó el vestido y quedó en un cachetero negro que, con ese par de nalgas enormes y paradotas, parecía una simple tanguita: la tela se perdía completamente entre ellas y dejaba casi todo el culo al aire. Arriba traía un brasier negro que, al mojarse, se le transparentó todo: los pezones duros y hasta la forma de su panocha se veían clarito.

A ella no le importaba nada, entraba y salía del agua como reina. Cada vez que salía de la alberca para ir por una cerveza o al baño, como no tenía toalla y el aire de la noche estaba fresco, esos pezonzotes se le ponían durísimos, altísimos, casi querían perforar la tela del brasier mojado. Todos lo notaban: los morros se quedaban viendo como idiotas y hasta algunas mujeres, por puro celos, se acercaban y le prestaban una toalla diciendo “toma, cúbrete, te vas a resfriar”, aunque era obvio que solo querían taparle esos pezonzotes que apuntaban al cielo. Ella se reía, se envolvía un ratito y volvía a quitársela.

Yo ya no podía más de la excitación. Dejé a mi ex en visto y me quedé con ella toda la noche. Cuando ya era tarde la saqué del agua todavía en esa lencería empapada, con el cachetero hundidísimo entre sus nalgas y los pezonzotes todavía duros, y la llevé a su casa. Yo iba manejando con la verga a reventar.

Como es mamá soltera, siempre pensé que vivía sola con su hijo… jamás imaginé que todavía vivía con su mamá, una señora ya mayor. Cuando llegamos, fue precisamente su mamá la que abrió la puerta. Me dio una pena tremenda: ahí estaba yo, excitadísimo, con una mujer que me dobla la edad, y la señora viéndome de pies a cabeza.

Entramos y vi que era una casa muy humilde: no tenían puertas de verdad, solo cortinas de tela que separaban los cuartos. En el pasillo había un tendedero improvisado y colgando, bien a la vista, estaban varias tanguitas y cacheteros de Jazmín: rojos, negros, de encaje… todos chiquitos, de los que se le pierden entre esas nalgas enormes. Sentí que me ardía la cara de la vergüenza, pero al mismo tiempo me puso más caliente todavía.

Jazmín me jaló rápido detrás de una cortina, cerró lo que pudo y ya no hubo vuelta atrás. Se hincó, me bajó el pantalón y me la mamó delicioso. Luego se quitó lo mojado, se puso en cuatro sobre la cama y levantó ese culote de corazón que todos en la fábrica soñaban. Me dijo que me podía venir dentro cuantas veces quisiera, que ya estaba operada.

Empecé a cogérmela fuerte, viendo cómo esas nalgas rebotaban con cada embestida. Me vine dentro de su panocha como loco, llenándola completa. En la segunda ronda, todavía con la verga babosa de los dos, se lo intenté meter por atrás. Ella se mordió la almohada, empujó un poco el culo hacia mí y logré meterle la cabeza… entró como tres segundos, sentí ese calor apretadísimo, pero le dolió tanto que dio un grito bajito y se quitó rápido.

Me dijo que mejor no, que le dolía mucho, así que volvimos a su panocha y ahí sí me dejó acabarle otra vez bien adentro. Después de tantas corridas quedamos los dos rendidos, sudorosos, abrazados, y nos quedamos dormidos sin darnos cuenta.

Como a las 5:30 de la mañana escuché ruidos: era su papá que se levantaba para irse a trabajar. Jazmín también despertó, y sin ninguna pena se puso solo el cachetero mojado de la noche anterior, agarró su bolso y salió del cuartito. Yo, todavía medio dormido, escuché que le dijo: “Papá, antes de que te vayas te doy el dinero de la semana para que compres la despensa”. Me quedé asombrado: salió así nomás, con esas nalgas casi al aire y los pezonzotes marcados, a hablarle a su papá como si nada. Pensé que lo había hecho por la prisa de alcanzarlo…

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