Ashley

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febrero 7, 2026

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Mi pareja salio temprano y yo sali a tirar la basura en pura tanga

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Mi novio, el huevón, se levantó a las seis pa’ ir al trabajo. Yo ni me moví. Sabía que tenía el día libre. Me quedé en la cama, viendo las historias de Instagram, aburrida como una ostra. Hasta que me dio sed. Fui a la cocina y vi la bolsa de basura, ahí en el piso, llena. Ya olía feo.

«Ya, hay que tirarla», me dije. Pero tenía una puta pereza.

Me miré al espejo de la sala. Tenía puesta una remera vieja de mi novio, grande, que me tapaba el culo. Y debajo… una tanga roja. Nada más. La tanga esa que es más hilo que tela, que se te mete en el medio de las nalgas y duele, pero te hace ver un culazo.

Con la misma pereza, y dije bueno es temprano, como las siete. Había poca gente en la calle. Así que no me preocupé mucho.

Abrí la puerta. El aire de la mañana era fresco. Me dio en las piernas, en el culo. Un escalofrío rico. Agarré la bolsa de basura y salí. La puse en el contenedor que está justo en la vereda, frente a mi casa. Me estiré un poco al hacerlo. La remera se me subió. Seguro se me vio todo el culo, la tanga roja pegada.

Me quedé ahí parada, mirando el celular, pero sin ver nada. Esperando. Escuchando. Un par de señoras pasaron, me miraron con cara de vergneunza. Me dio risa. Después pasó un chibolito en bici, casi se choca con un poste de verme. Eso me prendió más.

Entonces, lo vi venir. Desde la esquina. Era el veneko. El que se mudó hace como un mes, dos casas más arriba. Un tipo alto, de verdad, como dos metros. Moreno, con unos ojos oscuros que parecen que te atraviesan. Ya habíamos hablado una vez, cuando se mudó. Yo le ayudé con una dirección. Nada más.

Pero la manera en que me miraba… no era disimulada. Era directa, como si ya me hubiera visto desnuda.

Esa mañana venía con un short de deporte y una camiseta sin mangas, sudado. Debía venir de correr o algo. Se acercó a la vereda de enfrente, pero cuando me vio, cruzó directo hacia mí.

Yo me hice la que revisaba el celular. Pero lo vi con el rabillo del ojo. Se paró a mi lado, demasiado cerca. Sentí su calor.

«Buenos días, princesa», dijo. Su voz era grave, con ese acento caribeño que arrastra las palabras.

«Hola», dije, sin mirarlo.

«Tirando la basura, o tirando otra cosa?», preguntó. Y se rió. Una risa baja.

«La basura nomás», dije, y por fin lo miré. Sus ojos no estaban en mi cara. Estaban en mis piernas, en el dobladillo de mi remera, tratando de ver más.

«Que triste», dijo, y suspiró exageradamente. «Ver y no tocar. Un pecado.»

Ahí, en ese momento, se me ocurrió la locura. La que siempre se me ocurre. Miré a un lado, a otro. No había nadie en la calle en ese instante. Solo el sonido lejano de un auto.

«Pues toca», le solté. Así, como si nada.

Él no se sorprendió. Al contrario. Una sonrisa lenta le cruzó la cara. «¿En serio?»

«Así nomás», dije. «Pero rápido.»

No esperó ni un segundo. Su mano, grande, morena, se posó en mi nalga izquierda. No fue un toquecito. Fue un agarre. Apretó mi carne con fuerza, hundiendo los dedos. Un gruñido casi me sale. La tanga era tan finita que sentí su calor directamente en mi piel.

«Carajo», dijo él. «Qué culo más perfecto.»

Y entonces hizo algo que no esperaba. Se puso frente a mí. Yo soy bajita, 1.55. Él era un gigante. Me tapó completamente. Sus manos fueron a mis nalgas otra vez, pero esta vez las dos. Me abrió el culo. Literal. Con las dos manos, separó mis nalgas ahí, en medio de la vereda. Sentí el aire fresco en mi huequito. Me ardía la cara, pero entre las piernas… uf, otro calor.

«¿Qué haces?», pregunté, pero no me moví.

«Calladita», dijo. Y bajó una mano. Con el dedo del medio, el más largo, tocó mi huequito. Solo rozó al principio. Yo contuve la respiración. Luego, con la otra mano aún abriéndome, presionó. El dedo entró. Un poco, solo la punta. Fue seco, sin aviso, sin lubricante nada.

Dolí. Un dolor agudo, sorpresivo. Grité bajito.

«Shh», dijo él, y metió el dedo un poco más. Ahora hasta el primer nudillo. Me sentí invadida, abierta. Era una sensación rarísima. Dolorosa, pero también… excitante. Saber que estaba ahí, en la calle, con un tipo que apenas conocía, metiéndome el dedo en el culo.

Lo movió. Solo un poco, adentro y afuera. Mis piernas temblaban. Me agarré de su brazo para no caerme.

«Eres una putita, ¿verdad?», dijo, acercando su boca a mi oído. «Te gusta esto. Que te hagan esto en la calle.»

No respondí. No podía. Solo gemí.

Saco el dedo. De golpe. Lo levantó a la altura de su cara. Estaba brillante, con un poco de mi… bueno, de mí. Se lo llevó a la nariz y lo olió, profundo, cerrando los ojos como si fuera el mejor perfume del mundo.

«Interesante», dijo. Y se lo metió a la boca. Lo chupó. Lo limpió con la lengua. Me miró fijo mientras lo hacía.

Yo estaba en shock. Mojada. Temblando.

Entonces, levantó la mano libre y me dio una nalgada. Fuerte. Sonó como un disparo en el silencio de la mañana. Me dolió, pero también me hizo estremecer.

«Ya. Adentro, princesa. Antes de que alguien vea lo puta que eres», dijo. Y me dio la espalda. Se fue. Caminando tranquilo, como si acabara de comprar el pan.

Yo me quedé ahí, pegada al contenedor de basura, con el culo ardiendo y el huequito palpitando. Miré a mi alrededor. La calle seguía vacía. Como si nada hubiera pasado.

Entré a mi casa corriendo. Cerré la puerta y me apoyé contra ella. Me bajé la tanga. Estaba empapada. Chorreada. Me metí los dedos. Vine en menos de un minuto, pensando en su dedo, en su cara cuando lo chupaba, en su voz diciéndome putita.

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