Mi papá
Bueno, esto es algo que tengo que sacar porque si no, me exploto. Y sé que suena heavy, pero es la verdad. Llevo meses con esta vaina en la cabeza y ya no sé qué hacer.
Mi papá y yo vivimos acá en Florida, en una casa pequeña. Él se divorció de mi mamá como hace cinco años y desde entonces, no ha tenido a nadie estable. Y yo, bueno, tengo 22, estudio y trabajo medio tiempo. La cosa es que la casa es nuestra, no hay nadie más, y la dinámica es… rara.
Mi papá siempre ha sido guapo. Lo digo sin pena. Tiene 45 años pero parece de menos. Va al gimnasio, está en forma, tiene esa sonrisa que le saca dimples y unos ojos verdes que a mí siempre me gustaron. De chama, mis amigas me decían ‘qué papá tan bueno tienes’ y yo me reía, pero por dentro, no sé, algo se me movía.
El problema empezó hace como seis meses. O tal vez antes, pero yo lo noté hace seis meses. Empecé a sentir que me miraba. No como papá. No. Era otra mirada. Yo en la casa soy cómoda. Hace calor, estamos solos, ¿para qué voy a andar con jeans? Ando en shorts cortos, o con esos tops que son como sostenes largos. A veces solo una camiseta grande sin nada debajo. Lo normal, ¿no?
Pero una tarde, estaba en la cocina haciendo un batido. Yo con un short que me quedaba… bueno, me quedaba corto. Y una camiseta de tirantes, sin sostén. Me agaché a agarrar la fruta del gabinete de abajo y sentí… la mirada. Era pesada. Como un tacto. Me paré rápido y giré. Él estaba en la puerta de la cocina, con una toalla en el cuello, recién llegado del gym. No dijo nada. Solo me miraba. Y no miraba mi cara. Miraba mis piernas. Mis… bueno, todo.
“¿Qué?”, le dije, tratando de sonar normal.
“Nada, nena. ¿Me haces uno a mí también?”, dijo, y se fue al living.
Pero no fue la única vez. Empecé a pillarlo. En la piscina, yo en bikini, él se quedaba mirando mi cuerpo más de lo normal. O cuando veíamos películas en el sofá, yo con las piernas encogidas, él me miraba los muslos y luego rápido desviaba la vista. Una vez, después de la ducha, yo salí con la toalla envuelta en el pelo y otra en el cuerpo, pero se me soltó un poco al pasar por el pasillo. Él salía de su cuarto y chocamos. La toalla se abrió un poco, mostrando un lado de mi pecho. Me cubrí rápido, riéndome nerviosa, pero lo vi. Lo vi claro. Se le puso dura la verga. A través del pantalón de pijama. Fue rápido, él se dio la vuelta, pero yo lo vi.
Esa noche no pude dormir. Pensé en eso. En su verga dura. Porque la vi, y no era pequeña. Se le marcaba. Y yo, en vez de asustarme, me excitó. Me dio una calentura que no podía creer. Me metí la mano entre las piernas y estaba mojada. Mojada pensando en mi papá. En su mirada. En su bulto.
Desde entonces, es un juego. Un juego peligroso y callado. Yo empecé a provocarlo, a ver hasta dónde llegaba. Me pongo la ropa más corta que tengo. Un short que parece un calzoncillo. Un top que me deja la mitad de las tetas afuera. Camino lento delante de él. Me agacho a recoger cosas cuando sé que él está ahí.
Y él responde. Se le queda la mirada pegada. A veces se le marca la erección y no se molesta en esconderla. Pero nunca hace nada. Nunca dice nada. Es como un limbo. Los dos sabemos, pero nadie da el paso.
Hasta anoche.
Anoche hizo un calor del diablo. Yo no podía dormir. Me puse un camisón, uno viejo, de esos de algodón que son casi transparentes y que no me pongo nunca. Porque se me ve todo. Los pezones, la forma de mi pepa, todo. Fui a la cocina a buscar agua. Las luces estaban apagadas, solo la de la nevera.
Abrí la nevera y me incliné. Sentí el aire frío en el camisón. Y entonces, escuché pasos. Él apareció en la puerta de la cocina. En boxers. Nada más. Su cuerpo se veía fuerte en la penumbra. Se quedó ahí, mirándome. Yo me enderecé, lentamente, con la botella de agua en la mano. No dije nada. Él tampoco.
“No podés dormir”, dijo al final. No era una pregunta.
“No. Hace mucho calor”, dije. Mi voz sonó rara.
“Sí”, dijo él. Y se acercó. No a la nevera. A mí. Se paró frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que salía de su piel. Olía a jabón, a hombre. “Y vos andas provocando aún más calor, Yoselin”.
Ese “vos”. Ese tono. No era de papá.
“¿Yo?”, dije, y sonó como un suspiro.
“Sí, vos. Con esta mierda que tenés puesta”, dijo, y alargó la mano. Agarró el borde del camisón, entre sus dedos. Lo rozó. No me tocó a mí, tocó la tela. “Se te ve todo”.
“¿Y te molesta?”, pregunté, desafiante. Me temblaban las piernas.
Él soltó una especie de gruñido. “Molestarme? Me está volviendo loco, nena. Llevo meses loco”.
Eso fue todo. No aguanté más. “¿Y por qué no hacés nada entonces?”, le solté. Las palabras salieron solas. “Si tanto te gusta ver, ¿por qué no hacés algo?”
Él me miró fijo. Sus ojos brillaban en la oscuridad. “Porque soy tu papá”, dijo, pero no se alejó.
“Y a mí qué”, dije. “Yo también te veo. Y me gusta lo que veo”.
El silencio que siguió fue eléctrico. Podía escuchar mi propio corazón. Él respiró hondo, como si estuviera librando una batalla. Luego, su mano soltó el camisón y subió. Me agarró de la barbilla, suave pero firme. “Estás segura de esto, Yoselin? Porque si sigo, no voy a poder parar”.
“No quiero que pares”, dije.
Fue como soltar una fiera. En un segundo, su boca estaba sobre la mía. El beso fue brutal. Con hambre, con dientes, con lengua. Yo gemí contra sus labios y lo abracé, apretándome contra él. Sentí su verga dura a través del boxer, presionando contra mi vientre. Era enorme. Grande y dura.
Él me empujó contra la nevera, que estaba fría contra mi espalda. Sus manos me agarraron las nalgas a través del camisón y me levantó. Yo le enredé las piernas en la cintura. “Papi”, gemí, sin pensar.
“Cállate”, dijo él, pero no enojado. En un tono ronco, excitado. Llevó una mano entre nosotros y agarró el camisón. Con un tirón seco, lo rasgó. Sentí la tela ceder y el aire frío en mis tetas. Él bajó la cabeza y se puso un pezón en la boca. Chupó fuerte, con la lengua jugando, y yo grité. “¡Ah, papi, sí!”
Él cambió al otro pecho, mientras sus manos bajaban. Metió la mano entre mis piernas, encontró mi pepa a través del camisón rasgado. “Tan mojada”, dijo, metiendo dos dedos adentro sin avisar. “Tan mojada para tu papá”.
Yo me retorcí, empujando mis caderas contra su mano. “Más, dame más”.
Él sacó los dedos y me bajó. “Aquí no”, dijo. Me agarró de la mano y me llevó, casi corriendo, a su cuarto. Nunca había entrado ahí de noche. Olía a él, a su colonia, a sexo. Empujó la puerta y me tiró sobre la cama.
Se quitó los boxers. Ahí estaba. Su verga. Parada, gruesa, con la punta roja y goteando. Era más hermosa de lo que imaginé. Yo me quedé mirando, con la boca abierta. “¿Te gusta?”, preguntó, jalándosela lentamente.
“Me encanta”, dije, y me senté en la cama. Lo empujé para que se sentara y me arrodillé entre sus piernas. “Quiero probarla”.
“Yoselin…”, dijo, pero no me detuvo.
Abrí la boca y me la tragué. Entera. Sabía a sal, a hombre, a él. Él gimió y me agarró del pelo. “Coño, nena, así. Chúpamela bien”.
Yo la chupé como si fuera lo único que importaba. Con la lengua en la parte de abajo, chupando la cabeza, metiéndola hasta la garganta. Él jadeaba, diciendo cosas sucias. “Qué buena chupada, hija de puta. Así, mamásela toda”.
La palabra ‘hija’ en ese contexto me prendió más. Después de un rato, me empujó hacia atrás. “Ya. Necesito meterla”.
Me tumbó de espaldas y abrió mis piernas. Se puso entre ellas, apuntando con su verga a mi entrada. Me miró a los ojos. “Última oportunidad para decir que no”.
“Cállate y cómeme, papi”, le dije.
Él empujó. Fue lento al principio, porque era grande. Pero yo estaba tan mojada que entró. Cuando estuvo todo adentro, los dos gemimos al mismo tiempo. “Dios mío, Yoselin”, dijo él, con la voz quebrada. “Estás tan apretada”.
Empezó a moverse. Cada embestida me llenaba de una manera que nunca sentí. Era profundo, bestial. Me agarraba de las caderas y me daba, duro, haciendo que la cama golpeara contra la pared. Yo gritaba, sin importar el ruido. Le arañaba la espalda, le mordía el hombro.
“¿Te gusta que tu papá te coja así? ¿Te gusta esta verga adentro?”, me preguntó, jadeando.
“¡Sí, papi, me encanta! ¡Dame más!”
Él me dio la vuelta, me puso a cuatro patas, y me la metió por detrás. Esta vez fue más salvaje. Agarraba mi culo con las dos manos, abriéndomelo, mientras me follaba sin piedad. Yo gemía como una perra, pidiendo más. “Voy a venirme”, dijo él.
“Adentro, papi, por favor. Quiero tu leche”.
Eso lo terminó de volver. Con un gruñido que parecía de animal, se vino. Lo sentí, adentro de mí, caliente, llenándome. Yo me vine también, un orgasmo que me dejó temblando.
Se derrumbó a mi lado, jadeando. Nos quedamos en silencio un rato. Luego, él se volteó y me miró. “Esto está muy mal”, dijo.
“Lo sé”, dije yo.
“Pero quiero más”, dijo él.
“Yo también”, dije.
Y sonreímos. Ahora, esta mañana, todo es diferente. Cuando pasó por la cocina y me vio, me dio un beso en la boca. Largo, húmedo. Y dijo: “Esta noche, de nuevo”.
Y yo solo asentí. Sé que es un desastre. Sé que es una locura. Pero por ahora, no quiero que pare. Mi papá me folla mejor que nadie. Y eso es algo que tengo que vivir, aunque sea en secreto.


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