enero 1, 2026

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Mi padrastro

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Mira, esto es algo que no me atrevo a contarle ni a mi mejor amiga, pero aquí, entre nosotras, te lo suelto todo. Tengo 30 años, ya soy una mujer hecha y derecha, pero hay un calor que me quema por dentro desde hace meses y no me deja en paz. Se llama Miguel, y es mi padrastro.

Mi mamá se casó con él cuando yo tenía como 15 años. En ese tiempo era solo el tipo serio que llegó a casa, un hombre alto, moreno, con esa mirada que te atraviesa. Yo, en mi adolescencia, ni le paraba bola. Pero ahora… ahora veo las cosas con otros ojos. O mejor dicho, con el cuerpo despierto de una manera que me tiene loca.

Miguel tiene 52 años, pero te juro que está mejor que muchos veinteañeros. Trabaja en construcción, y se le nota. Tiene unos brazos que se le marcan bajo la camisa, un pecho ancho, y esa espalda que parece un muro. Pero lo que realmente me vuelve tarumba es su culo. Ay, por Dios. Tiene un culote redondo, firme, que se le marca brutal en esos jeans azules que siempre usa los fines de semana. Cada vez que se agacha a arreglar algo o se da la vuelta, yo me quedo mirando, con la boca seca y la pepa palpitiando.

Y no es solo el culo. Es todo él. La forma en que se ríe, ese tono de voz grave que parece una caricia, y hasta cómo se para frente al refrigerador a buscar una cerveza, con esa naturalidad que me hace imaginarlo en otras poses. Sé que está mal, que es mi padrastro, que mi mamá está en medio… pero las ganas son más fuertes que yo. Me pasa por la cabeza a cada rato: ¿cómo será su verga? Debe ser grande, como él. Morena, gruesa, con las venas marcadas. Me la imagino dura, palpitando, y a mí me dan ganas de arrodillarme y probarla, de sentir su peso en mi lengua.

La situación se puso más intensa hace un mes. Mi mamá se fue de viaje a visitar a mi abuela por dos semanas. Quedamos solos en la casa, él y yo. Los primeros días fue normal, incómodo incluso. Nos saludábamos, comíamos cada uno por su lado, y nos encerrábamos en nuestros cuartos. Pero el viernes, la tensión explotó.

Él estaba en el jardín, podando unas matas, sin camisa. El sol le brillaba en la espalda, resbalando por esos músculos que se tensaban con cada movimiento. Yo me asomé por la ventana de la cocina y no pude apartar la vista. Sudaba, y las gotas le recorrían la columna hasta perderse en el borde de su pantalón. Se me hizo un nudo en la garganta.

Decidí llevarles un vaso de agua. Salí con las manos temblando. “Miguel, toma”, le dije, y mi voz sonó ronca, extraña.

Él se enderezó, tomó el vaso, y me miró. Sus ojos son marrones, oscuros, y en ese momento parecieron verlo todo. “Gracias, Sandra”, dijo, y bebió un largo trago. Yo seguí ahí, paralizada, viendo cómo su garganta se movía. “¿Necesitas algo más?”, preguntó, y había algo en su tono… ¿curiosidad? ¿Desafío?

“No, nada”, murmuré, y me di la vuelta para entrar. Pero en el primer escalón de la entrada, resbalé. No fue nada grave, solo un tropezón, pero él estuvo ahí en un segundo. Sus manos me agarraron de la cintura para sostenerme. Sus dedos eran grandes, calientes, y se clavaron en mi piel a través de la delgada tela de mi vestido.

“Cuidado”, dijo, y su aliento me rozó la nuca. Lo sentí pegado a mí, todo su cuerpo contra mi espalda. Y ahí, contra mis nalgas, sentí algo duro, algo que no podía ser otra cosa que su verga, ya erecta, presionándome.

El aire se cortó. Los dos nos quedamos quietos, en ese contacto eléctrico que decía más de lo que mil palabras podrían. Mi corazón latía como un tambor de guerra. Yo quería girarme y besarlo, agarrar esa verga que sentía contra mí y pedirle que me diera todo. Pero el miedo me paralizó.

Fue él quien se separó primero, con una tos seca. “Bueno, ten más cuidado”, dijo, y volvió al jardín como si nada. Pero yo vi cómo se ajustó el pantalón antes de agacharse de nuevo. Lo había notado. Lo había sentido.

Esa noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía sus manos en mi cintura, sentía el calor de su cuerpo, el bulto duro contra mí. Me metí la mano bajo la tanga y me encontré empapada. Me toqué pensando en él, en cómo sería que me agarrara así de verdad, que me empotrara contra la pared y me hiciera suya. Me vine rápido, gritando su nombre en un suspiro ahogado.

Al día siguiente, la cosa cambió. El silencio entre nosotros ya no era incómodo, era cargado. Una energía espesa que llenaba cada rincón de la casa. Él me miraba más, sus ojos recorrían mi cuerpo cuando creía que no me daba cuenta. Yo, por mi parte, empecé a vestirme de otra manera. Vestidos más cortos, tops sin sostén, y siempre sin tanga. Quería que lo notara, que supiera lo que estaba provocando.

La gota que colmó el vaso fue anoche. Mi mamá llamó por videollamada, y hablamos los tres un rato. Después de colgar, nos quedamos en el sofá, viendo una película cualquiera. Yo estaba en un extremo, él en el otro. Pero poco a poco, como movidos por un imán, nos fuimos acercando. Primero nuestras piernas se rozaron. Luego, mi pie jugueteó con el suyo. Él no se apartó.

La película era un ruido de fondo. Lo único real era el calor entre nosotros. De repente, él apoyó su brazo en el respaldo del sofá, justo detrás de mis hombros. No me tocaba, pero sentía su presencia envolviéndome.

“Sandra”, dijo, y su voz era un ronroneo grave que me recorrió la columna.

“¿Sí, Miguel?”. Mis palabras salieron en un suspiro.

“Esto… lo que está pasando. No puede seguir pasando.”

“¿Y por qué no?”, me atreví a decir, girando la cabeza para mirarlo a los ojos. El desafío estaba ahí, brillando en mi mirada.

Él no respondió con palabras. En un movimiento rápido, cerró la distancia entre nosotros y me besó. Fue un beso salvaje, urgente, lleno de todos los años de silencio y de deseo reprimido. Su lengua invadió mi boca, y yo respondí con la misma voracidad, enredando mis dedos en su pelo corto.

Sus manos bajaron a mis senos, apretándolos a través de la tela, y mis pezones se pusieron duros al instante. “Aquí no”, jadeó él entre besos. “Mi cuarto.”

Me levantó en sus brazos como si no pesara nada y cruzó el pasillo hasta su habitación. La puerta se cerró de un golpe. Me tiró sobre la cama que comparte con mi madre y se subió sobre mí, desabrochándome los botones del vestido con manos torpes por la urgencia.

Cuando me quedé desnuda, se detuvo a mirarme. Sus ojos ardían. “Eres tan hermosa”, murmuró, y bajó la cabeza a mis pechos. Se llevó un pezón a la boca y lo chupó con una fuerza que me hizo arquear la espalda y gemir. Su otra mano bajó hasta mi entrepierna, encontrando mi pepa empapada. “Mierda, estás chorreando”, gruñó, y me metió dos dedos de una vez.

Yo gemí, moviendo las caderas contra su mano. “Quiero tu verga, Miguel. Por favor.”

Él se levantó y se desnudó frente a mí. Y ahí estaba. Mi padrastro, completamente desnudo. Y su verga… Dios mío. Era exactamente como la había imaginado, pero mejor. Grande, gruesa, con la cabeza bien rosada y goteando. Morena como él, con las venas marcadas, y apuntando hacia mí como un arma lista para disparar.

Se puso un condón de la mesita de noche (algo de cordura, al menos) y se colocó entre mis piernas. Pero yo le puse una mano en el pecho. “No”, dije, jadeando. “Quiero por atrás.”

Él me miró, sorprendido. “¿Estás segura?”

“Es lo que más quiero”, confesé, y me di la vuelta, poniéndome a cuatro patas, ofreciéndole mi culo en el aire.

Escuché su jadeo, y luego sentí sus manos en mis nalgas, abriéndolas. La punta de su verga buscó mi otro agujero, el que nunca había usado con tanta intensidad con nadie. “Está muy apretado”, dijo, pero su voz temblaba de excitación.

“Usa mi jugo”, le pedí, y él obedeció, embadurnándose la verga con mi propia humedad antes de posicionarse de nuevo.

La presión fue increíble. Un anillo de fuego que se expandía milímetro a milímetro mientras él entraba. Grité, pero no de dolor, de una mezcla de éxtasis y shock. Él me agarró de las caderas y me metió hasta el fondo, llenándome por completo.

“Coño, Sandra, qué apretado eres”, gruñó, y empezó a moverse.

Y así fue. Mi padrastro me cogió por el culo, en la cama que comparte con mi madre, y fue la mejor cogida de mi vida. Cada embestida era profunda, brutal, llenándome de una manera que nunca sentí. Yo gemía como una loca, empujando mi culo contra él, pidiendo más.

“¿Te gusta que te folle el culo, hijastra?”, me preguntó, con un tono sucio que me electrizó.

“¡Sí, papi, sí! ¡Dame más duro!”.

Él aceleró el ritmo, y el sonido de sus pelotas golpeando mi coño se mezclaba con nuestros gemidos. Yo estaba en otro planeta, volando, sintiendo cómo mi cuerpo se entregaba a un placer prohibido y delicioso.

“Me voy a correr”, avisó él, con la voz ronca.

“Adentro, papi. Quiero sentir tu leche”.

“Esto es un desastre”, dijo él al final, pero su mano acariciaba mi espalda.

“Un desastre riquísimo”, respondí, y sonreí en la oscuridad.

Ahora, mientras escribo esto, él está en el jardín otra vez. Y yo, desde mi ventana, lo miro, sabiendo que esta noche, cuando mi mamá vuelva a llamar, los dos tendremos otro secreto que guardar. Y yo, la verdad, ya estoy contando las horas para que anochezca y pueda tener su verga dentro de mí otra vez, en el lugar donde más me gusta.

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