Mi Novio Duerme y Yo No
Bueno, ahí va la cosa. Tengo 37 años, pero me dicen que tengo cara de nena buena, de esas que no levantan la voz. Jajá, si supieran. Mi novio, Marcos, tiene 45. Es más grande, pero se lo ve bien. Tiene esas canas en las patillas y una panza chiquita, nada grave. Labura todo el día, llega hecho mierda.
Pero lo que pasa es de noche. Nos acostamos, apagamos la luz, y a los diez minutos ya lo escucho respirar parejo. Se queda dormido al toque. Y ahí, en la oscuridad, a mí me empieza a pasar algo.
Me agarra una cosa en la concha. No es solo ganas, es como un latido. Un calor que empieza ahí abajo y se me va expandiendo. Me quedo quieta, quietita, escuchando si se movió. Nada. Duerme como un tronco.
Entonces, muy despacio, bajo la mano. Me la pongo encima de la bombacha, que es de algodón, una cosa re simple. Y empiezo. Apenas un roce, con la yema de los dedos. La tela ya está húmeda, te das cuenta. Y yo ahí, con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando el techo.
Pienso en él. Pero despierto. En cómo se pone cuando tiene ganas. Es directo, Marcos. No hay mucho rodeo. Me agarra y me besa y ya te das cuenta por dónde viene la cosa. Y su pene… lo tengo re visto. Es lindo. No es un monstruo, pero es lindo. Grueso, con las venas marcadas cuando está bien duro. La cabeza es rosada, perfecta. Me encanta cuando se la chupo y siento esa textura suave, caliente.
Me muevo un poquito en la cama, tratando de no hacer ruido. La mano se me mete por dentro de la bombacha. Ya está, el contacto directo. Mi concha está hinchada, caliente, y los dedos se deslizan solos. Me toco el clítoris, despacio, haciendo círculos. Cierro los ojos y en vez de mi mano, imagino que es su lengua.
Siempre fue bueno para eso. Le gusta. Se queda ahí abajo hasta que yo me vengo, a veces dos veces. No tiene apuro. Pienso en eso y me aprieto más fuerte. Tengo que morderme el labio para no gemir.
Después paso a pensar en la diferencia de edad. Él, 45. Yo, 37. No es una locura, pero a mí me calienta. Me hace sentir… no sé, más viva. Como una mina joven que se está cogiendo a un tipo más grande, con más experiencia. Aunque en la cama él no es tan inventivo, la verdad. Pero en mi cabeza lo transformo. En mi cabeza, él es un señor serio que me desvirga, o algo así. Una boludez, ya sé.
Pero el morbo está ahí. La idea de que él duerme, inocente, y yo estoy acá, a centímetros, con la concha hecha un lago, pensando en su pene duro. A veces miro hacia su lado. Se le nota un bulto en la entrepierna, incluso dormido. Se le marca el pene contra el pijama. Me dan unas ganas de tocarlo que me queman.
Extiendo la mano, muy lento. La dejo suspendida en el aire, sobre su cadera. Podría. Podría bajar un poco más y rozarlo con el dorso de los dedos. O podría meter la mano dentro de su pantalón y agarrarlo. Sentirlo crecer en mi mano, dormido. Debe estar calentito, suave.
Pero no lo hago. Me da cosa. ¿Y si se despierta y se enoja? ¿Y si le parece una forrada? Por más que sea mi novio, está dormido. No es lo mismo. Así que retiro la mano. Vuelvo a mi lado de la cama, y me meto los dedos de lleno en la concha, ya sin disimulo. Si se despierta, se despierta.
Ahora imagino que sí. Que lo toco y él se despierta. No se enoja. Me mira con esos ojos medio dormidos y me dice «¿Qué hacés, nena?». Y yo le digo «Te necesito». Y él, medio en pedo de sueño, se da vuelta y me agarra. Me besa con esa boca que sabe a nada, a sueño, y me sube la remera. Empieza a chuparme las tetas. Y después baja, me corre la bombacha a un lado y se pone a chuparme la concha, pero en serio, con ganas. Y yo le agarro la cabeza y me vengo en su boca, gritando.
Otra versión: lo toco, se despierta, y en vez de ser tierno, se pone violento. De esos que me gustan a veces. Me da vuelta, me pone boca abajo, me baja el pijama de una tironada y me la mete. Así, seca, sin nada. Me llena toda. Y me agarra de los pelos y me dice «¿Te gusta que te coja dormida, puta?».
Ufff, con solo pensarlo ya estoy por terminar. Me meto dos dedos adentro, simulando que es su pene. Apretó los músculos, imaginando que es él el que está adentro moviéndose. La respiración se me acelera, ya no puedo controlarla. Jadeo. Espero que el sonido de la tele de afuera tape mis ruidos.
En la fantasía, él se viene adentro mío. Lo siento caliente. Y en la realidad, yo me vengo también. Un orgasmo fuerte, que me hace arquear el cuerpo y clavarle las uñas al colchón. Todo en silencio, o casi. Un gemido ahogado que se me escapa.
Después, quedó ahí, hecha un guiñapo. Jadeando. La concha me late, sensible. Giro la cabeza y lo miro a Marcos. Sigue durmiendo. Ronca un poquito ahora. Ni se enteró.
Me da un poco de risa y un poco de pena. Qué mina de mierda que soy, ¿no? Acabándome sola mientras mi novio ronca al lado.
Pero también pienso: él tuvo todo el día. Y yo tengo mis necesidades. Si él no las cubre porque está hecho pelota, yo me las arreglo.
Me limpio con la sábana, me acomodo la bombacha, y me doy vuelta. Le pongo una mano en la espalda, suavemente. Siento el calor de su cuerpo. Al menos tengo eso.
Al otro día, a la mañana, a veces se levanta con ganas. Es rápido, pero está bueno. Me despierta con la mano en la concha, ya húmeda también. Y me la mete medio dormida yo. Es rico. Pero no es lo mismo que en mi cabeza.
En mi cabeza, yo tengo el control. En mi cabeza, puedo ser la nena buena que se transforma en una puta cuando las luces se apagan. Y él es el señor mayor que no sabe la calentura que tiene al lado.
¿Le tocarían el pene a su novio cuando duerme? No sé. Yo por ahora no me animo. Pero las ganas están. A veces pienso que si lo hago, quizás ni se despierte del todo. Quizás solo gruña y se dé vuelta. O quizás pase algo de lo que me imagino.
Por ahora, me quedo con mis pajas secretas. Con mis fantasías de viejo verde y de nena traviesa. Y con la concha contenta, aunque sea por un rato.
Total, mañana es otro día. Y quizás, si tengo suerte, él se despierte con ganas antes de que yo tenga que empezar con mis shows. O quizás no. Y entonces, a la noche, volveremos a lo mismo. Yo, despierta, con el fuego entre las piernas. Y él, roncando, con su pene lindo e inalcanzable a centímetros de mi mano.
Es mi ritual. Mi pequeño vicio secreto. Con esta carita de inocente, quién lo diría.


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