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enero 5, 2026

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Mi novio alcahuete

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Listo, vale, aquí va mi primera historia aquí. Yo tenía 16 años, él 17. Se llamaba Miguel. Mi segundo novio. Todo iba normal, salíamos en la prepa, nos veíamos en los recesos, lo típico. El sexo era… regular. No era malo, pero tampoco algo del otro mundo. A veces yo sentía que él estaba en otra parte, pensando en otra cosa.

Una noche, quedamos en su casa. Sus papás habían salido. Estábamos en su cuarto, viendo una película. Yo ya estaba caliente, quería que pasara algo. Me acerqué a él, le empecé a besar el cuello, a tocarle el pantalón. Pero él estaba como apagado. No se le paraba.

“¿Qué pasa?” le pregunté, un poco molesta.

“Nada, nada,” dijo, pero se movió un poco.

“¿No te gusto?” le dije, medio en broma, medio en serio. A mí me gustaba picarlo un poco, porque era muy inseguro.

“Sí, claro que sí,” dijo él, y se rió, pero se notaba forzado.

Seguí un rato, intentando, pero nada. Su verga estaba blandita. Me sentí frustrada. “O sea, ¿ya te viniste o qué?” le solté, con más mala leche de la que debía.

Él no se enojó. Se quedó callado un momento, mirando la tele. La película seguía, nadie hablaba. De repente, él dijo, sin mirarme:

“¿Quieres coger con otros mejores?”

Yo me quedé congelada. ¿Qué? No entendí. Pensé que era una broma muy rara.

“¿Qué dices?” le pregunté.

Él se volteó a verme. Sus ojos estaban serios. “En serio. Te doy permiso. Que cojas con otros. Con quien tú quieras. Pero con una condición.”

“¿Cuál condición?” dije, todavía en shock.

“Que me dejes ver. Videos. Fotos. Que me cuentes todo.”

No supe qué decir. Me reí, nerviosa. “Estás loco.”

“No,” dijo él. “Estoy hablando en serio. Te veo y sé que necesitas más. Yo… a veces no puedo. Y me gusta pensar en ti con otros. Me excita.”

Yo me levanté de la cama. Me puse mi ropa interior y mi shorts. Mi cabeza daba vueltas. ¿Esto era real? Por un lado, me sentía ofendida. ¿Mi novio quería que me cogieran otros? Pero por otro lado… la verdad es que yo estaba necesitada. Y la idea… no sé, tenía algo. Algo prohibido y excitante.

“¿En serio, en serio?” le pregunté otra vez.

“En serio,” dijo él. “Podemos empezar con alguien que conozcas. Un amigo. Un conocido.”

“¿Y tú qué vas a hacer?”

“Yo te ayudo. Te consigo las citas. Te doy ideas. Y después, tú me cuentas. O me muestras.”

Me senté en el borde de la cama. El corazón me latía fuerte. “¿Y si me gusta más con ellos?”

“No importa,” dijo él. “Sigo siendo tu novio. Esto es solo… un juego.”

Respiré hondo. “Okey,” dije. “¿Y con quién?”

Su cara se iluminó. En serio, parecía que le había dado el mejor regalo del mundo. “Tengo una lista,” dijo, y agarró su celular.

¿Una lista? El muy huevón ya lo tenía planeado. Me dio un poco de risa y de miedo a la vez.

Empezó a decir nombres. Amigos suyos del barrio. Compañeros del equipo de fútbol. Un primo suyo que tenía fama de vergón. Hasta un profe joven de la prepa.

“Alto,” dije yo. “¿Tu primo? ¿En serio?”

“Es discreto,” dijo él. “Y tiene buena verga, según lo que he visto en los vestuarios.”

No podía creer lo que estaba escuchando. Pero ahí estaba, escuchando.

“Empecemos con alguien fácil,” sugirió él. “Con Javier. El que juega de defensa. Él siempre te ha mirado.”

Era verdad. Javier era un chico grande, callado, que siempre me miraba en los pasillos. Tenía una espalda ancha.

“¿Y cómo hacemos?” pregunté.

“Yo le escribo. Le digo que tú quieres algo con él, pero que es secreto. Que si quiere.”

“¿Y si dice que no?”

“No va a decir que no,” dijo Miguel, con seguridad. “Ningún hombre te diría que no.”

Esa noche, él le escribió a Javier. Yo estaba a su lado, viendo la pantalla. “Oye, Yulissa quiere contigo algo. Secreto. ¿Te animas?”

La respuesta llegó en dos minutos. “¿En serio? Claro. ¿Cuándo?”

Así empezó todo.

Quedamos con Javier dos días después, en la casa de una amiga que estaba vacía. Miguel me llevó en su moto. “Yo te espero en la esquina,” me dijo. “Toma.” Me dio su celular. “Graba algo si puedes.”

Entré a la casa, nerviosísima. Javier ya estaba ahí. Se veía más grande que en la escuela. Nos saludamos, incómodos.

“¿Miguel sabe de esto?” preguntó él.

“Sí,” dije yo. “Él… lo aprobó.”

Javier asintió, como si fuera lo más normal del mundo. “¿Y qué quieres hacer?”

No supe qué decir. En vez de hablar, me acerqué y lo besé. Él respondió al toque. Fue un beso más intenso que cualquier beso con Miguel. Sus manos eran grandes, me agarraron las nalgas con fuerza.

“Quiero que me des duro,” le dije en su boca.

Él no necesitó más. Me llevó al sofá, me bajó los jeans y me los quitó. Yo solo llevaba una tanga. Él la apartó con los dedos y me tocó. “Estás mojadísima,” dijo.

“Es por ti,” mentí, pero en parte era verdad.

Se bajó su pantalón. Su verga salió. Era más grande que la de Miguel. Más gruesa. Morena. Se la metió a la boca un segundo, para mojarla, y luego me la puso en la entrada.

“¿Seguro?” preguntó.

“Sí,” dije, y agarré el celular de Miguel. Lo encendí y apunté hacia abajo, hacia donde nuestras cuerpos se encontraban. “Así.”

Él me la metió. De una. Llenándome. Grité. Él empezó a mover, y yo grabé. Un video corto, de unos segundos, de su verga entrando y saliendo de mí. Después dejé el celular a un lado y me concentré en sentir.

Javier cogía diferente. Era más fuerte, más posesivo. Me daba nalgadas, me jalaba el pelo, me decía cosas sucias. “Qué rico coño tienes. Tu novio es un idiota por prestarte.”

Eso me prendía más. Después de un rato, me puso a cuatro patas y me la metió por detrás. Así fue como me vine la primera vez, gritando en el sofá.

“¿Te vienes?” preguntó él, jadeando.

“No, todavía no,” mentí. Quería que se viniera primero.

Pocos minutos después, él avisó. “Me voy a venir.”

“¿Dónde?”

“En tu espalda.”

Así fue. Salió de mí y me corrió en la espalda, chorros calientes que resbalaron por mi piel. Yo me vine después, tocándome, con su leche todavía fresca en mí.

Cuando terminé, me limpié con mi propia ropa. Javier se vistió rápido. “Estuvo bueno,” dijo. “Cuando quieras otra vez…”

Salí de la casa. Miguel estaba en la esquina, fumando. Cuando me vio, sus ojos brillaron.

“¿Y?” preguntó.

Le pasé su celular. “Mira.”

Él abrió el video. Lo vi ponerse colorado. Se le paró el pantalón al instante. “Mierda,” dijo. “Se te ve… disfrutando.”

“Sí,” dije yo. “Disfruté.”

Esa noche, en su cuarto, él me hizo contarle todo. Cada detalle. Mientras se lo contaba, él se jalaba la verga. Y cuando terminé de hablar, se vino. Fue la primera vez que lo vi venir con tanta fuerza.

Así continuó por meses. Miguel se volvió mi… manager. Mi alcahuete. Me conseguía chicos. A veces amigos, a veces desconocidos que él investigaba. A veces yo elegía. En el colegio, yo ya no era solo la novia de Miguel. Era la chica que se cogía a medio mundo, y todos lo sabían, pero nadie hablaba porque Miguel estaba ahí, aprobando, sonriendo.

Hubo un compañero de clase, flaco y tímido, que resultó tener una verga enorme. Un amigo de su hermano, que me cogió en el baño de un centro comercial. Hasta una vez, un vecino joven, de unos 20 años, que me dio en la azotea de mi edificio.

Miguel siempre quería pruebas. Fotos de las vergas antes de que me las metieran. Fotos de los condones usados. Videos, si podía. Y después, el relato completo. A él le encantaba oír cómo me habían tratado, si me habían dicho cosas, si me habían dado duro.

Yo, por mi parte, descubrí un mundo. Descubrí que me gustaba el sexo de verdad, intenso, a veces anónimo. Que me excitaba saber que mi novio estaba en casa, esperando mi reporte, excitándose con mi descontrol.

Duró casi un año. Un año de sexo casi diario con diferentes tipos, de secretos, de mentiras a mis papás. Un año en el que Miguel y yo casi no cogíamos nosotros dos. Pero nuestra relación parecía más fuerte que nunca. Éramos cómplices.

Todo terminó cuando uno de los chicos, un idiota, empezó a presumir con muchos amigos. Se corrió la voz más de la cuenta. Mis papás se enteraron por el comentario de una vecina. Hubo un escándalo enorme. Me prohibieron ver a Miguel. Me cambiaron de colegio.

Miguel y yo tratamos de vernos a escondidas un tiempo, pero ya no era lo mismo. Sin el juego, sin los otros, no teníamos nada de qué hablar. Nos dejamos.

Ahora, años después, lo recuerdo y no sé si reírme o sentir pena. Fue raro, fue retorcido, pero también fue la época más sexualmente libre de mi vida. Y a veces, solo a veces, extraño esa emoción. Extraño llegar a casa y ver a Miguel, con los ojos llenos de preguntas, esperando que le contara con qué verga me había llenado ese día.

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