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Anónimo

febrero 1, 2026

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Mi novia y los dos machos

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Les voy a contar cómo estuvo el desmadre. Mi novia siempre ha sido una morra bien portada, de esas que no dan un paso sin mí, y la neta la relación es buena. Pero yo ya traía atravesado el fetiche de ver cómo otros cabrones se la cogían, verla sometida por alguien que no fuera yo. Obvio, no quería decirle de frente para no quemarme o que me viera raro, así que armé un plan más discreto.

Se me ocurrió sacarla de la ciudad. Nos fuimos a otro estado, lejos de donde alguien nos conociera, a un lugar céntrico lleno de bares y antros para que el ambiente se prestara.

Llegamos al Airbnb, un departamento en un tercer piso que estaba de huevos. Ahí mismo le di los primeros llegues, me la cogí un par de veces para calentar el terreno. La morra andaba inspirada, me hizo de todo, me la chupó delicioso. Después salimos a turistear, pero yo ya tenía la idea fija en la cabeza. Fuimos a un bar y luego a un karaoke; ella es de carrera larga y aguantaba pura chela, pero a mí se me empezaron a cruzar los cables. Traía el hocico caliente pensando: «¿Y si hoy dejo que se la claven?»

Ya como a las doce, nos movimos a un antro con la música que a ella le late. Pedimos un pomo de ron para terminar de empedar. Ya andábamos bien servidos, pero yo seguía consciente de todo, cazando la oportunidad.

En una de esas fui al baño y vi a un wey que se veía medio pendejo pero confiable, de esos que no me iban a bajar el ego de putazo. Se la solté bajita la mano: «Traigo a mi morra, es mi novia, pero la neta me prende ver quién se la coge». El compa se prendió de volada: «A ver, preséntala». Yo le dije que se la llevara tranquilo, que no fuera tan evidente. El wey me dijo que andaba con unos compas y que él era el único que iba solo, así que el plan era que se acercara a la mesa a hacer plática mientras yo me hacía a un lado.

Le advertí que si llegaba muy directo ella lo iba a mandar a la verga. Acordamos que llegara cuando yo estuviera ahí. Lo chido es que el antro estaba oscuro, pura luz neón, apenas se veían las caras. Cuando el wey la vio bailando en los sillones, se quedó pendejo: «No mames, tu morra está riquísima, qué pinches piernas tiene, no creo que me la quieras dar».

Regresé con ella y a los diez minutos llegó el tipo: «¡Qué onda, wey! ¿Te acuerdas de mí?». Seguí el juego, le presenté a mi novia y ella, ya entonada, agarró confianza. Nos invitó a su mesa con sus amigos (dos parejas más). Yo empecé a actuar como si estuviera super pedo, casi perdiendo el conocimiento.

Ya en su mesa, nos sentamos juntos: mi novia en medio de los dos. Pedimos unos shots de tequila y ron; ella se los empujó de un jalón y ahí fue donde se le terminó de soltar el cuerpo. El wey empezó a meterle plática, a hacerla reír, y yo por dentro ya estaba que reventaba de la calentura imaginándola hincada mamando verga. Ella llevaba una falda tipo piel negra, con mallas y lentes; se veía como una verdadera puta.

Ahí empezó lo bueno. Noté cómo el cabrón le empezó a meter mano poco a poco. Ella me buscaba con la mirada, medio dudosa, pero yo me hacía el loco, el que no veía nada. Vi cómo mi novia empezaba a ceder. El wey le metía la mano entre las piernas y ella, en lugar de quitarse, se volteaba a besarme a mí mientras le dejaba todo el culo expuesto al otro. Yo sentí cómo el wey le manoseaba hasta la panocha. Ella suspiraba, pero no decía ni pío.

Dije que ya me sentía muy mal y que nos fuéramos. El wey, bien «atento», se ofreció a ayudarnos a llegar al departamento que estaba ahí a la vuelta. Caminamos, yo iba enfrente fingiendo que no podía ni con mi alma, y noté que ellos se quedaron un poco atrás. Mi novia decía que se sentía mareada para que el wey la agarrara.

Llegamos al depa. Ella se tiró en un sillón, pero de una forma que dejaba todo el culo de fuera. Apliqué la de: «Ya me voy a dormir, estoy bien pedo». Apagué las luces, cerré las cortinas y me metí al baño, pero salí gateando hasta la cocina para esconderme detrás de una barra con plantas artificiales. Desde ahí tenía la vista perfecta.

El wey no perdió el tiempo. Se puso a tomarle fotos al culo de mi novia mientras ella se hacía la dormida. Traía un cachetero negro que se le veía increíble con las medias. El tipo se agachó, le quitó las medias y ella saltó: «¡No! ¿Qué haces?». Pero el wey ya andaba en bolas, con la verga fuera. Le agarró la cabeza y le dijo: «Mámamela aquí». Ella, balbuceando, decía: «Mi novio se va a dar cuenta», mientras se atragantaba con el fierro. El wey le mintió diciendo que yo ya estaba roncando y que hasta había puesto una silla en la puerta de la recámara.

Mi novia se quitó la blusa y le rebotaron las tetotas. El tipo se sentó, la puso a mamar mientras él se tomaba mis chelas y veía la tele, sintiéndose el puto amo de la casa. Yo me la estaba jalando en la cocina viendo cómo mi novia le sacaba brillo a la verga de ese pendejo. Cuando ella se cansó de mamar, el wey se paró y le metió unas nalgadas que sonaron durísimo: «¡Síguele, que aún no me acabo la chela! Ahorita te la meto». Le tomaba fotos como si fuera una perra de alquiler.

Luego la puso a brincar sobre él. Mi novia, toda entregada, le preguntó si traía condón. El wey le juró que sí, pero el muy cabrón se la estaba metiendo a pelo. Terminó adentro de ella y luego hizo que ella le limpiara toda la leche con la boca.

De repente, tocaron la puerta. Yo me paniqueé, pero el wey ya lo tenía planeado. Entró un segundo tipo, un flaco feo con una riata enorme. El primero le dijo: «¿Ves a esta perrita? Nos va a ayudar a sacar la leche». Y mi novia, ya totalmente perdida en el morbo, contestó: «Sí, soy la que los va a ordeñar».

Ese wey, el primero, ya se sentía el dueño de mi vieja. La tenía hincada sacándole brillo a la verga mientras el otro, el flaco feo, la agarraba por el pelo para que no dejara de succionar. Lo más cabrón fue cuando el flaco se sacó ese fierro venoso y oscuro; se puso un condón y, sin decirle agua va, se lo dejó ir por el ano. Mi novia soltó un grito que me caló hasta los huesos, un gemido de dolor y placer mezclado porque la estaba abriendo en dos.

El wey no tenía piedad, le daba estocadas largas y secas, y ella solo balbuceaba que le dolía, pero no se quitaba. Yo desde mi escondite grababa cómo el ano se le ponía rojo, hinchado, y cómo el condón entraba y salía embarrado de todo. El primer tipo se reía mientras grababa con su cel: «Mira cómo te dejó el hoyo este cabrón, ¡estás bien abierta, perrita!».

Incluso, en un arranque de asco y morbo total, el flaco sacó la verga del culo, se la puso en la cara y le ordenó que le limpiara el condón con la lengua. Mi novia, totalmente sometida y con los ojos en blanco por la peda y el trance, empezó a lamer esa madre con todo y el rastro de caca. Para «limpiarla», le vaciaron una cerveza fría directamente en el fundillo, haciendo que ella se retorciera en el sillón mientras el líquido escurría por sus piernas blancas.

Le pusieron una correa de perro que sacaron de quién sabe dónde y la trajeron gateando por toda la sala mientras uno se la metía por la boca y el otro por detrás. La trajeron así casi dos horas más, hasta que el sol ya quería asomar. El flaco se fue primero y el otro wey, antes de salir, me buscó donde yo me hacía el dormido: «Ahí te dejamos a tu perra bien servida, se portó excelente».

Cuando por fin se largaron, me acerqué a ella. El cuadro era una joya de puro morbo: mi novia estaba tirada de lado en el sillón, con las piernas abiertas de par en par, temblando. Tenía la cara manchada de leche seca, el rímel corrido y el culo tan dilatado que se le veía el condón que le dejaron ahí adentro, nadando en semen y fluidos. La vagina le goteaba y tenía las nalgas marcadas de los manotazos que le arrimaron.

Me vio con los ojos entreabiertos y me soltó un: «Qué rico me diste, amor… no sabía que eras tan salvaje». Yo no dije nada, solo se la puse en la cara para que me la terminara de limpiar ella a mí. Aproveché que estaba «flojita» y me la cogí por última vez; el ano ni siquiera apretaba de lo roto que se lo dejaron, entraba como si nada. Me vine en su boca y nos quedamos fundidos hasta la tarde.

Es claro que ella sabe perfectamente que no fui yo quien se la dio así de duro, ninguna mujer confunde una verga con dos, ni el trato de su novio con el de un par de desconocidos que la trataron como basura. Pero bueno, me conviene decirle que sí fui yo para seguir manteniendo el jueguito y tener con qué jalarme el ganso cada que vea esos videos.

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