Por
Mi marido se durmió borracho y me cogí al vecino
El aire en la sala olía a whisky barato y a derrota. Mi marido, roncaba como un motor averiado en el sofá, la cabeza hacia atrás, la boca abierta. Había sido una de sus típicas noches de «compadreo» con el vecino, que se había instalado en nuestra casa con una botella y una tristeza que se podía cortar con cuchillo. Su mujer lo había dejado hacía tres meses por un tipo más joven, y desde entonces el vecino era una sombra que merodeaba por su casa demasiado silenciosa.
Yo los había escuchado un rato, sus quejas repetitivas, sus «no sé qué hice mal», sus brindis por el olvido que nunca llegaba. Me dio una flojera inmensa. Dejé que los dos ahogaran sus penas y me retiré a mi cuarto a ver una serie. Pero el aburrimiento era peor que la curiosidad. Salí, pasé por la sala hacia la cocina a buscar agua, y ahí lo vi.
Mi vecino estaba de pie frente a la ventana, mirando la oscuridad del jardín, con un vaso medio vacío en la mano. Su silueta, recortada contra la luz tenue del pasillo, no era la de un hombre derrotado. Era alta, ancha de hombros, con una espalda que prometía fuerza. Se había quitado la chaqueta y la camisa se le pegaba al torso, marcando una cintura todavía estrecha y unos brazos que se adivinaban duros. No lo había visto así nunca. Como un hombre, no como el vecino amable que ayudaba a sacar la basura.
Mis ojos bajaron, casi por instinto, a su entrepierna. El pantalón de vestir, algo holgado, no podía esconder un bulto considerable, incluso en reposo. Una chispa se encendió en mi estómago y viajó directo a mi sexo. ¿Cómo sería ese hombre en la cama? ¿Tan malo había sido para que su esposa lo cambiara después de diez años? La curiosidad se mezcló con una lujuria repentina y peligrosa. El riesgo, la traición, la cercanía de mi marido inconsciente a pocos metros… todo eso vertía gasolina sobre el fuego.
Caminé hacia él, descalza, para no hacer ruido. El suelo de madera estaba frío bajo mis pies. «¿Otro vaso?», pregunté, con una voz más baja y ronca de lo que había planeado.
Él se volvió, sorprendido. Sus ojos estaban vidriosos por el alcohol, pero no borrachos. Había tristeza, sí, pero también algo más. Una chispa que se avivó al verme. Yo solo llevaba un camisón corto de seda, sin nada debajo. Sabía lo que se veía con la luz a mis espaldas.
«No, gracias. Ya me he pasado, creo», dijo, pero su mirada no se despegó de mí. Recorrió mi cuerpo de arriba abajo, lento, sin disimulo. No era la mirada de un vecino. Era la mirada de un hombre que ha estado solo demasiado tiempo.
«No pareces tan acabado», murmuré, acercándome un paso más. Estábamos a menos de un metro. Podía oler su colonia mezclada con el sudor y el whisky. Un aroma masculino, crudo. «De hecho, pareces… con ganas de desahogarte de otra manera.»
Sus ojos se ensancharon. Tragó saliva. «Pero… tu marido…»
«Está durmiendo como un tronco», dije, y mi mano, por su propia voluntad, se posó en su pecho. Sentí el latido fuerte y rápido a través de la camisa. «Y yo estoy despierta. Y muy curiosa.»
No sé qué fue más fuerte, si el alcohol, la necesidad o mi provocación. Pero su mano cubrió la mía, apretándola contra su pecho. Luego, con un movimiento brusco, me atrajo hacia él y su boca encontró la mía. Fue un beso desesperado, lleno de hambre y de rabia contenida. No besaba como mi marido. Besaba como si quisiera devorarme, con la lengua invasiva, los dientes que mordisqueaban mis labios. Yo respondí con la misma intensidad, enredando mis dedos en su pelo corto, frotando mi cuerpo contra el suyo.
Mis manos bajaron a su cinturón. Lo desabroché con movimientos torpes pero decididos. Él me ayudó, bajando también la bragueta. Cuando metí la mano dentro de sus boxers, encontré lo que esperaba. Una verga gruesa, ya completamente dura, que llenaba mi puño con una calidez palpitante. Era imponente. Más corta que la de mi marido, pero infinitamente más gruesa. Un verdadero tronco.
«Joder…», jadeó contra mi boca mientras yo empezaba a jalársela, midiendo su circunferencia con los dedos.
«Calladito», le susurré. «Vamos a la cocina. Es más lejos.»
Lo guié por el pasillo, alejándonos del monstruoso sonido de los ronquidos de mi esposo. En la cocina, la luz de la luna entraba por la ventana, bañando el piso de linóleo en un azul pálido. Lo empujé contra la mesa central y, sin dejar de besarlo, me agaché. Necesitaba probarlo. Me arrodillé frente a él, saqué su verga al aire y me la llevé a la boca.
Era una tarea difícil. Su grosor me estiraba los labios y llenaba mi boca hasta el punto del ahogo. Pero el sabor, salado y masculino, y la forma en que él gemía, bajito, maldiciendo, me prendían como nada. La chupé con ganas, lamiendo la cabeza, metiéndola profundo, jugando con sus huevos que estaban tensos y pesados. Él se apoyaba en la mesa, con los nudillos blancos de la fuerza con la que se agarraba, mirándome fijamente, con una mezcla de incredulidad y lujuria salvaje.
«Espera… espera…», jadeó, y me levantó. «Yo también quiero.»
Me dio la vuelta y me inclinó sobre la mesa de la cocina. Agarró el borde de mi camisón y lo subió hasta la cintura, dejando mi culo completamente expuesto al aire frío de la noche. Sus manos, grandes y ásperas, me apalearon las nalgas, una y otra vez, con una fuerza que me hizo gritar en un susurro. Luego, sus dedos encontraron mi sexo desde atrás.
«Estás chorreando, puta», murmuró, y metió dos dedos dentro de mí sin ceremonia. Yo gemí, enterrando la cara en mis brazos cruzados sobre la mesa. Era rudo, directo, y me encantó. Su otra mano me agarró de la cadera mientras frotaba sus dedos dentro de mí.
«¿Y el culo? ¿Te gusta por el culo,?», preguntó, y su dedo pulgar encontró mi otro agujero, presionando suavemente.
«Sí», gemí, sin pensarlo. La idea, el riesgo, el morbo… «Sí, dámelo por ahí. Pero date prisa.»
Él escupió en su mano y se frotó la verga, luego acercó la punta a mi ano. La presión fue intensa, un anillo de fuego que se abría para él. Respiré hondo, relajándome, y él empujó. Lentamente, milímetro a milímetro, esa verga gruesa se fue abriendo paso dentro de mi culo. El dolor era agudo, pero se mezclaba con una plenitude brutal y un placer retorcido. Cuando estuvo todo dentro, los dos jadeamos.
«Tu marido… ahí…», dijo, señalando con la cabeza hacia la sala. «Durmiendo… y yo… aquí… rompiéndote el culo.»
Esas palabras fueron el detonante. Empezó a moverse, embistiendo con fuerza, cada golpe empujándome contra la mesa. El ruido de nuestros cuerpos, de su verga entrando y saliendo de mi culo mojado, parecía ensordecedor en el silencio de la casa. Yo miraba hacia el pasillo, hacia la mancha oscura que era la sala, imaginando a mi esposo ahí, a veinte metros, completamente ajeno a que su vecino, su amigo, le estaba follando el culo a su mujer en la cocina.
La excitación fue tan brutal que me vine en menos de un minuto, un orgasmo que me sacudió entera, haciéndome morder mi propio brazo para no gritar. Él, sintiéndome contraerse a su alrededor, aceleró el ritmo. Sus manos me agarraron de las caderas con fuerza, clavándome los dedos en la carne.
«Voy a correrme… dentro de tu culo, zorra», gruñó.
«Hazlo», jadeé. «Lléname.»
Con un gemido gutural, lo hizo. Sentí el chorro caliente de su semen dentro de mí, llenándome profundamente mientras él bombeaba hasta la última gota. Se derrumbó sobre mi espalda, jadeando, y nos quedamos así un momento, pegados, escuchando los ronquidos distantes que seguían inalterables.
Cuando se separó, yo me puse de pie, temblorosa, sintiendo su leche escaparse de mi culo y bajar por mis muslos. Él se arregló en silencio, mirándome con una mezcla de asombro y culpa.
«Esto no puede volver a pasar», dijo, pero sus ojos decían lo contrario.
Yo me ajusté el camisón. «Claro que no», mentí, con una sonrisa que él entendió perfectamente. Porque mientras los ronquidos de mi marido siguieran siendo la banda sonora de nuestras noches, yo ya sabía a qué puerta llamar cuando la oscuridad y el aburrimiento volvieran a apoderarse de mí.


Deja un comentario
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.