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enero 5, 2026

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Mi mamá me pilló

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Ay, Dios mío, les voy a contar algo que me pasó cuando tenía como 15 años. La vergüenza todavía me quema, pero ahora ya me da risa. Bueno, algo de risa.

Era un viernes por la tarde. Mis papás pensaban que estaba en mi cuarto estudiando. Y yo sí estaba en mi cuarto, pero no estudiando. Estaba en mi cama, con mi laptop, viendo… bueno, viendo escenas de Crepúsculo. La saga entera, pero en especial las partes de Jacob. Porque Jacob, muchá… ese hombre con ese cuerpo, esos brazos, esa sonrisa. Me volvía loca. Aún me da calor pensar en él.

Total que yo ya estaba en mi onda. Me puse cómoda, me quité los jeans y me quedé en pantys y una camiseta. Empecé a ver una escena donde Jacob se quita la playera para transformarse en lobo o algo así. Se le veían todos los abdominales, ese pecho… yo ya sentía la cosquilla en la puchaina.

Agarre mi peine. No era cualquier peine, era uno de esos grandes, con el mango largo y grueso, de plástico duro. Ya lo había usado antes, me daba cosa comprar un vibrador y que mis papás lo encontraran. Este era mi secreto.

Le puse un poquito de vaselina que tenía escondida en el cajón. Me bajé los pantys y la panty. Me recosté en la cama, con las piernas abiertas, y me puse a ver la escena otra vez. Jacob corriendo por el bosque, sin camisa. Yo, con el peine en la mano, empecé a tocarme por encima. Pero ya sabía que eso no era suficiente.

Le di más vaselina al mango del peine, a la parte más gruesa. No era muy grande, pero para mí en ese tiempo era suficiente. Me acomodé, respiré hondo, y empecé a metérmelo.

Uy, se sintió rico. Frío al principio, pero luego con el calor del cuerpo se sentía mejor. Yo cerraba los ojos y me imaginaba que era Jacob. Que él estaba ahí conmigo, que sus manos grandes me tocaban, que me decía cosas al oído. Yo movía el peine, metiendo y sacando, un poco más rápido cada vez. Con la otra mano me tocaba los pechos, me apretaba los pezones que ya estaban bien duros.

Estaba en mi mundo, en mi paraíso privado. Los gemidos me salían solos, bajitos, pero salían. «Jacob… sí… así…» decía, en un suspiro.

Y en eso, justo cuando estaba empezando a sentir que me iba a venir, escuché el ruido. La puerta de mi cuarto se abrió.

No golpearon. No avisaron. Simplemente se abrió.

Yo abrí los ojos y me quedé helada. Ahí, en el marco de la puerta, estaba mi mamá. Con una canasta de ropa limpia en la cadera. Me miraba. Sus ojos iban de mi cara, a mis pechos bajo la camiseta arrugada, a mi entrepierna. A la mancha oscura de los pantys bajados, a mi mano que todavía agarraba el mango del peine… que todavía estaba metido dentro de mí.

Fue como si el tiempo se parara. Yo no podía moverme. No podía ni respirar.

Mi mamá tampoco dijo nada al principio. Solo se le abrieron los ojos como platos. Su boca se abrió un poco, como si fuera a decir algo, pero no salió ningún sonido.

Luego, muy lento, bajó la canasta de ropa al piso, al lado de la puerta. Sin dejar de mirarme.

«Nathaly,» dijo al fin. Su voz sonó plana, rara.

«Ma… mamá,» logré decir yo. Saqué el peine de un tirón, rápido, y lo escondí bajo la almohada. Me subí los pantys como pude, tratando de cubrirme. Sentía la cara que me ardía, las orejas, todo. Quería que la tierra me tragara.

Ella cerró la puerta. Suavemente. Se quedó del otro lado.

Yo me tiré boca abajo en la cama y enterré la cara en la almohada. Quería llorar, gritar, desaparecer. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. No regresó.

Esa noche, en la cena, fue la cosa más incómoda de mi vida. Mi papá hablaba del trabajo, mi hermano pequeño contaba un chiste. Mi mamá y yo no nos miramos ni una vez. Ella no dijo nada. Yo comí rápido y me fui a mi cuarto, diciendo que me sentía mal. Y era verdad, me sentía horrible.

Al día siguiente, sábado, me desperté con el estómago hecho un nudo. Sabía que esto no se iba a quedar así. Como a las once de la mañana, mi mamá tocó la puerta.

«Nathaly, ¿puedo pasar?»

«Bueno,» dije, con la voz débil.

Entró. Se veía seria, pero no enojada. Cerró la puerta y se sentó en el borde de mi cama. Yo estaba sentada contra la cabecera, abrazando mis piernas.

«Hija,» empezó. «Lo de ayer…»

«Lo siento, mamá,» salté yo, antes de que terminara. «Fue un error, no volverá a pasar, lo juro.»

Ella me miró. «Tranquila. No estoy aquí para regañarte.»

Eso me sorprendió. «¿No?»

«No. Estoy aquí para hablar. Como mujer a mujer. No solo como tu mamá.»

No supe qué decir. Me quedé callada.

«Es normal,» dijo ella. «Lo que sentiste, lo que hiciste. Es parte de crecer. Yo a tu edad también… exploraba.»

«¿Tú también?» pregunté, incrédula.

«Claro,» dijo, y sonrió un poco. «Todas lo hacemos. El problema no es eso. El problema es que uses cosas que no son para eso. Ese peine… te podías hacer daño.»

Me dio más vergüenza. «No tenía otra cosa.»

Ella asintió. Se quedó callada un momento, como pensando. «Tu cuerpo es tuyo, Nathaly. Y descubrirlo debe ser algo bueno, no algo que te dé miedo o vergüenza.»

«Pero fue vergonzoso,» dije, casi llorando. «Que me vieras así.»

«Fue una sorpresa,» admitió ella. «Para las dos. Pero no es nada malo.»

Se levantó y fue a mi cajón de la ropa interior. Lo abrió y empezó a mover cosas. Yo me quedé viéndola, sin entender.

Sacó una cosa pequeña, envuelta en una tela. La trajo a la cama y la puso entre nosotras. Era un vibrador pequeño, rosado, discreto.

«Esto es mío,» dijo, y mi cerebro hizo un cortocircuito. «Lo uso a veces, cuando tu papá viaja. Es seguro. Es para eso.»

No podía creer lo que estaba viendo, lo que estaba escuchando. Mi mamá, con un vibrador.

«Lo que quiero decir es que no tienes que usar un peine,» continuó ella. «Y que no tienes que hacerlo a escondidas, con miedo. Puedes hacerlo sabiendo que es algo natural.»

Yo solo podía asentir, con la boca abierta.

«Y otra cosa,» dijo. Su tono cambió un poco. Se puso más… ¿íntimo? «A veces, conocer tu propio cuerpo es más fácil si… ves cómo lo hace otra persona. O si otra persona te ayuda.»

«¿Cómo?» pregunté, sin pensar.

Ella se mordió el labio. Miró hacia la puerta, asegurándose de que estuviera cerrada. «¿Quieres que te muestre?»

El corazón se me salió del pecho. «¿Qué… qué quieres decir?»

«Quiero decir que puedo enseñarte. Para que sepas cómo se siente bien. Para que no te lastimes.»

Yo estaba completamente paralizada. Por un lado, era mi mamá. Por otro lado, la curiosidad y la calentura que todavía tenía desde ayer empezaron a despertar otra vez.

«¿Y… cómo?» pregunté otra vez, en un suspiro.

«Acuéstate,» dijo ella, suave.

Yo, como en trance, me recosté en la cama. Ella se acostó a mi lado, de frente a mí. Con una mano, me acarició la cara.

«Relájate,» dijo. «Esto es solo entre nosotras.»

Bajó su mano a mi camiseta. La levantó suavemente, exponiendo mis pechos. Los miró. «Muy lindos,» dijo. Luego bajó más. Metió sus dedos bajo el borde de mis pantys y los bajó, junto con mi panty.

Yo estaba temblando, pero no de frío. De nervios, de excitación, de no saber qué iba a pasar.

Ella se bajó sus propios leggings y su ropa interior. Nos quedamos las dos desnudas de la cintura para abajo, una al lado de la otra.

«Mirá,» dijo, y puso su mano en su propia puchaina. Sus dedos se movieron, se abrieron, mostrándome. «Así es. Aquí está el punto que más te va a gustar.»

Yo la miraba, fascinada. Nunca había visto a otra mujer así, mucho menos a mi mamá.

Luego, ella puso su otra mano en mí. Sus dedos me tocaron, suaves al principio. Encontraron mi clítoris y empezaron a hacer círculos. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

«Así se siente,» dijo, y yo gemí. Era diferente a cuando yo lo hacía. Mejor.

Después de un rato, ella se movió. «Ahora, probemos otra cosa.» Se puso encima de mí, pero al revés. Su cabeza quedó entre mis piernas, y mis piernas rodeaban su cabeza. Y mi cara quedó justo frente a su puchaina.

Fue el 69. Yo había leído de eso, pero nunca pensé que lo haría. Y mucho menos con mi mamá.

Ella bajó y me puso su boca. Cuando su lengua me tocó, yo grité bajito. Era mucho más suave y más experta que el peine. Movía la lengua justo donde tenía que ser, con una presión perfecta.

Yo, casi por instinto, hice lo mismo. Me acerqué a ella y la lamí. Su sabor era diferente al mío, más fuerte, pero no desagradable. Ella gimió cuando lo hice.

Así estuvimos, lamiéndonos la una a la otra, en silencio, solo con el sonido de nuestra respiración y nuestros gemidos ahogados. Yo sentía que me venía, pero intentaba aguantar.

«Veníte,» dijo ella, su voz vibró contra mí. «No te aguantes.»

Y yo me vine. Fue un orgasmo largo, tembloroso, que me hizo arquear la espalda y morder mi propio brazo para no gritar. Ella no paró hasta que terminé de temblar.

Luego, yo me concentré en ella. Aprendí rápido, siguiendo sus gemidos como guía. Poco después, ella también se vino, su cuerpo se puso rígido y luego se relajó.

Nos separamos, las dos jadeando, cubiertas de sudor y de nosotras mismas. Nos miramos. No dijimos nada por un buen rato.

«¿Ves?» dijo ella al final, con una sonrisa cansada. «Así se hace. Con cuidado. Y disfrutando.»

Asentí. No podía hablar.

Esa fue la primera y última vez que hicimos algo así. Después, las cosas volvieron a la normalidad, pero algo había cambiado. Había una complicidad nueva entre nosotras. Un secreto enorme y raro que nos unía.

Ella me regaló el vibrador rosado unos días después. «Para que no uses el peine,» dijo, y las dos nos reímos.

Así que sí, me atraparon. Y terminó siendo una de las experiencias más raras, más vergonzosas, pero también más educativas de mi vida. Y ahora, cuando veo a Jacob en la tele, a veces sonrío y pienso en que él, sin saberlo, fue el que empezó todo.

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