febrero 5, 2026

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Mi hijo y yo

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Tengo cuarenta y seis años. Divorciada hace ocho. Mi hijo, Tomás, tiene veinte. Vivimos los dos en el departamento, desde que su papá se fue a Córdoba con otra.

Siempre fuimos cercanos. Demasiado, a veces. Pero era normal. O eso pensaba.

La cosa empezó hace unos cuatro meses. Un martes. Yo estaba ordenando mi ropa. Tengo un cajón lleno de lencería, cosas que me compro para mí, porque sí. Me gusta sentirme bien. Me faltaba un conjunto. Un corpiño negro, de encaje, con un bombé que te levanta todo. Y la bombacha a juego. No estaba. Busqué en el lavadero, en el tendedero, en todos lados. Nada.

Al principio pensé que se me había caído al lavar, que se lo había llevado la máquina. Pero no. Era raro.

Al otro día, un miércoles, Tomás no tenía clases. Yo salí temprano a hacer las compras. Cuando volví, me di cuenta de que había olvidado mi cartera. Entré al departamento en silencio. No lo llamé.

Pasé por el pasillo hacia mi cuarto. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Me asomé. Solo un poquito.

Y ahí lo vi. Sentado en el borde de la cama. Tenía algo negro en las manos. Mi corpiño. Lo tenía estirado entre sus dedos. Se lo llevó a la cara. Lo olió, lento, profundo. Después lo apretó contra su pecho, como si abrazara algo.

Me retiré. Sin hacer ruido. Me metí a mi cuarto y cerré la puerta. Me apoyé contra ella. El corazón me latía en la garganta. No era enojo. Era otra cosa. Un calor pesado, que empezó en el estómago y bajó. Hasta entre las piernas. Me tocé ahí, por encima del pantalón. Estaba mojada. Me di asco. Me di miedo.

Pero no pude dejar de pensar en eso. En sus manos grandes, agarrando mi corpiño. En su cara, pegada a la tela.

Esa misma noche, después de cenar, fui a su cuarto. Él estaba en la computadora.

«Tommy», le dije. Mi voz sonó rara. «¿No viste mi corpiño negro? El de encaje».

Él se puso colorado al instante. No me miró. Dio un click en el mouse, sin sentido. «No, ma. ¿Por qué lo habría visto?».

«Porque no está», dije. Me acerqué más. Estaba en boxer y una remera vieja. Sus piernas, peludas, fuertes. «Y yo sé que a veces… a los chicos les da curiosidad».

Él se rió, una risa nerviosa. «¿Curiosidad de qué? Estás loca, vieja».

«¿Vieja?», le dije, y me senté en el borde de su cama. La misma cama donde lo había visto. «¿Te parece?»

Él se quedó callado. Su mirada bajó. Bajó a mis piernas. Yo tenía un vestido corto, porque hacía calor. Sus ojos se quedaron en mis muslos. Luego subieron, hasta mi escote. Me estaba mirando las tetas. No lo disimulaba.

«Tomás», dije, pero no me sonó a regaño.

«¿Qué?», dijo él. Su voz era más grave.

«¿Te gusta mirarme?».

Él tragó saliva. Se ajustó el boxer. Y ahí, no pude evitarlo, miré. Se le marcaba. Se le marcaba mucho. Un bulto grande, duro, bajo la tela.

«Ma…», dijo. Era una advertencia. O una súplica.

Yo me levanté. «Bueno. Si ves el corpiño, decime».

Salí de su cuarto. Pero esa noche, en mi cama, no pude dormir. Me quité la ropa. Me toqué. Pensé en él. En sus ojos en mis tetas. En su bulto. En él oliendo mi ropa. Me vine rápido, violentamente. Y lloré después.

Desde ese día, todo cambió. La tensión en la casa es como una niebla espesa. Él anda en boxer por la casa, todo el tiempo. Se sienta en el sofá con las piernas abiertas. Yo veo. Y sé que él sabe que yo miro.

Hace tres semanas, yo estaba limpiando los vidrios de la ventana del living. Me subí a una silla. Tenía un short viejo, que se me había quedado chico. Se me subió cuando alcé los brazos.

Sentí que él entró al living. No dije nada. Seguí limpiando.

«Te ayudo», dijo. Se acercó. Su cuerpo quedó justo detrás del mío. No me tocaba, pero sentí su calor. Su aliento en mi nuca.

«No hace falta», dije, pero no me bajé.

Alargó el brazo para agarrar el frasco de limpiavidrios, que estaba en el alféizar. Al hacerlo, su pecho rozó mi espalda. Y su mano… su mano bajó. No a ayudarme. Se posó en mi cadera. La palma abierta, caliente, a través de la tela del short.

Me congelé.

«Tomás», dije. Fue un suspiro.

«Perdón», dijo. Pero no quitó la mano. La movió. Hacia atrás. Hasta rozarme el culo. Un roce suave, pero intencional. «Es que… tenés un cuerpo… increíble, ma».

Esa palabra. «Ma». En su boca, con esa caricia… fue como un golpe. Me giré en la silla, ahora cara a cara con él. Muy cerca. Podía ver el verde de sus ojos, el mismo que heredó de mí. El vello de su barba incipiente.

«Esto no está bien», logré decir.

«Lo sé», dijo él. «Pero no puedo más».

Bajó la cabeza y me besó. No fue un beso de hijo. Fue un beso de hombre. Con hambre. Con lengua. Apretándome contra él. Yo le respondí. Le metí las manos en el pelo, lo jalé hacia mí. Gemí en su boca.

Nos separamos jadeando. Los dos temblábamos.

«Tu cuarto», dije. No reconocí mi propia voz.

Él me tomó de la mano. Me llevó por el pasillo. Cerró la puerta de su habitación. Yo me senté en su cama. Él se arrodilló frente a mí.

«Siempre quise esto», dijo. Sus manos estaban en mis muslos, subiendo, metiéndose bajo el short. «Siempre».

«Yo también», admití. Y era la verdad. Una verdad que había enterrado bajo capas de vergüenza y miedo.

Él me bajó el short y la bombacha. Se metió entre mis piernas. Y me lamio. Me lamio con una dedicación que me partió en dos. Como si estudiara cada centímetro de mí. Yo grité. Le apreté la cabeza con mis muslos. «Así, así, hijo», gemí, y el solo decir esa palabra en ese contexto me hizo correr más.

Cuando me hizo venir, creí que perdía el conocimiento. Fue un mareo de placer. Él se levantó. Se bajó el boxer. Tenía la verga en la mano. Era hermosa. Grande, gruesa, con la cabeza bien definida. Impresionante para sus veinte años.

«Quiero meterla», dijo. «Por favor».

Asentí. No podía hablar. Él buscó en su mesita de luz. Sacó un preservativo. De dónde lo tenía, no quise preguntar. Se lo puso. Luego se puso encima de mí. Me guió hacia su entrada y empujó.

Dolió. Al principio. Hacía años que no… y él era grande. Pero el dolor se transformó rápido. En una sensación de plenitud que no recordaba. Él se movía lento, mirándome fijo.

«¿Te gusta?», preguntó.

«Sí», gemí. «Más. Dame más fuerte».

Y él lo hizo. Me cogió con una fuerza que me dejaba sin aire. Cada embestida me hacía gritar. Agarré las sábanas, después su espalda. Lo jalé para besarlo otra vez. Sabía a mí. A mi concha.

«Sos mía, ma», gruñó en mi oído. «Solo mía».

Eso me terminó de volver. «Sí, tuyo. Tu puta».

Él se vino con un gemido ronco, enterrando la cara en mi cuello. Yo me vine con él, otra vez, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía encima del mío.

Después, nos quedamos abrazados. Sin hablar. El silencio era pesado, pero no incómodo. Era un secreto compartido.

Eso fue hace tres semanas. Ha pasado cinco veces más. Siempre en su cuarto. Siempre rápido, escondidos. Ayer me la chupó en la cocina, contra la heladera, mientras yo esperaba que hirviera la leche. Cualquier ruido nos para en seco.

Yo sé lo que esto es. Un pecado. Una locura. La sociedad nos quemaría vivos si se enterara. Pero cuando está encima de mí, cuando me mira con esos ojos que son los de mi nene pero también los de un hombre que me desea… no puedo pensar en el mañana. Solo en el ahora. En lo viva que me hace sentir. Después de años de sentirme invisible, de sentirme vieja.

A veces pienso en qué pasará. Si él se cansará. Si encontrará una novia de su edad. La idea me parte el alma. Pero por ahora, mientras me siga buscando, mientras siga susurrando «ma» en mi oído cuando se corre dentro de mí… yo voy a estar ahí. Esperando la próxima vez. Viviendo en este infierno delicioso que nosotros dos creamos.

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