Por
Anónimo
Mi hermana y yo
Todo comenzó cuando el novio de mi hermana se fue 2 meses por trabajo a otra ciudad. Era un proyecto largo para su empleo y no podía llevarla. Ella se quedó sola en su apartamento, que está en una zona tranquila pero un poco alejada. Me llamó al día siguiente: “Hermano, ¿puedes venir a quedarte conmigo estos 2 meses? Me da miedo estar sola de noche. El lugar es silencioso, no es peligroso, pero en algunas calles no hay luz y hay pocos vecinos alrededor. Todo se siente muy vacío y oscuro cuando cae la noche”.
Yo le dije que sí. Agarré mi mochila con ropa y cosas básicas, y llegué esa misma tarde. Ella me abrazó fuerte en la puerta y dijo: “Gracias, por venir.
Desde el primer día noté lo de siempre: cada vez que iba a bañarse, dejaba la puerta de su cuarto abierta mientras se quitaba la camiseta, el brasier, el short… todo menos el calzón. Yo solo podía verla si miraba hacia allá. No la veía bañándose, solo el momento en que se desnudaba para entrar al baño.
Después del baño, salía envuelta en una toalla. Cuando se vestía de nuevo, usaba la toalla para ponerse el calzón (se cubría bien, con cuidado), pero para ponerse el short y la blusa no usaba toalla. Se la quitaba y se vestía directamente delante mío, como si no le importara que viera sus pechos o su cuerpo.
Era su costumbre desde chiquitos: “eres mi hermano, no pasa nada”. Aunque ya éramos grandes y cada uno tenía privacidad, ella seguía haciéndolo igual. Para mí ya no era inocente: cada vez que la veía así, sentía ganas fuertes y recordaba lo que pasó hace años (cuando tuvimos sexo una vez, una noche que mis papás no estaban). Nunca hablamos de eso después, pero quedó en mi mente.
Ella también se quejaba mucho de su piel. Se paraba frente al espejo de su cuarto o del pasillo, tocándose los granitos rojos en la cara. Decía: “Estos granos me tienen loca. Ya probé cremas y mascarillas, nada funciona”.
Una tarde, después de varias semanas, estábamos en la cocina tomando café. Ella acababa de llegar del trabajo, se sentía sudada y dijo que iba a bañarse. Se fue a su cuarto, dejó la puerta abierta como siempre y se sacó la blusa del trabajo, el brasier, el pantalón… todo menos el calzón. Yo me quedé en la cocina, pero desde donde estaba podía verla de reojo si miraba hacia el pasillo. Cuando salió del baño envuelta en una toalla, vino a la cocina. Se sentó frente a mí todavía con la cara mojada, y siguió tocándose los granitos, molesta.
Yo, imaginando que quizá ella tenía ganas acumuladas de intimidad porque su novio llevaba semanas lejos —era solo una suposición mía, no lo sabía con certeza—, decidí sacar el tema para acercarme.
YO: Oye, leí que el semen ayuda con los granitos.
ELLA: Jaja, ¿qué? Eso suena loco.
YO: Es verdad. Hay chicas que se lo ponen en la cara y les mejora.
ELLA: Suena raro… pero si funciona, no sé.
YO: Si quieres, yo te ayudo.
ELLA: ¿Tú? No, eso sería muy raro y mal.
YO: Lo sé, está mal… pero tu novio no está para dartelo.
ELLA: No sé.
YO: Cuando te hablo de semen me imagino que extrañas tener sexo.
ELLA: Claro que extraño tener sexo, pero mi enamorado no esta para hacerlo.
YO: Ten sexo conmigo. Así te doy el semen directo, sin frasco ni nada todo natural.
ELLA: Está muy mal lo que propones. Somos hermanos. ¿Cómo se te ocurre decirme eso?
YO: Lo sé, está mal… muy mal. Pero ya pasó una vez hace años. Y ahora estamos solos. Tu novio no está. Nadie se entera así te ayudo con las dos cosas.
ELLA: Aunque pasó hace años no puedo. Me da mucha culpa solo pensarlo. No insistas. Eso no es ayuda, es un error enorme.
YO: Lo sé. Pero solo una vez. Nadie va a saber. Solo nosotros si no quieres está bien… pero si cambias de idea, aquí estoy.
ELLA: No debería. Pero estoy cansada de estos granos. Y sí, tengo ganas… pero está muy mal.
YO: Lo sé. Nadie va a saber.
ELLA: No me presiones más. Pero… ok. Solo esta vez. Si digo “para”, paras. Y nunca más hablamos de esto.
YO: Te prometo, porque está mal.
ELA: Ok.
En ese momento, la cargué con fuerza y la llevé hasta la cama. Nos empezamos a besar intensamente mientras yo le quitaba la ropa poco a poco. Le chupé los pechos y bajé hasta su vagina para lamerla hasta que ella empezó a gemir muy fuerte. Luego ella se puso frente a mí y me chupó el pene con muchas ganas. Empezamos con la primera pose: la puse de espaldas y la penetré con fuerza. Se escuchaba el sonido de nuestros cuerpos chocando y ella gritaba de placer. Después, le pedí que se pusiera en cuatro; la agarré fuerte de la cintura y le daba duro mientras ella movía su cuerpo al ritmo de mis movimientos. Para terminar, ella se sentó encima de mí. Empezó a saltar de arriba abajo con mucha velocidad, apretándome fuerte mientras los dos respirábamos rápido por el cansancio y la excitación. Cuando sentí que ya iba a terminar, me salí y derramé todo mi semen por su rostro. Ella se quedó respirando agitada y, con sus manos, empezó a frotarse todo mi semen por la cara como si fuera una crema.
DESPUÉS DEL SEXO
Nos quedamos acostados un rato, ella acurrucada contra mí, relajada, satisfecha. Parecía que todo estaba “normal”.
PERO PASARON 10 MINUTOS.
El silencio se hizo pesado. Ella se sentó de golpe, se tapó la cara y empezó a llorar.
ELLA: ¿Qué hicimos…? Esto estuvo muy mal. Me siento sucia… culpable.
YO: Yo también. Te insistí… no debí. Fue un error enorme.
Nos quedamos quietos. Lágrimas rodaban por su cara, mezcladas con lo que quedaba. Se levantó, se envolvió en la sábana y se fue al baño. Escuché el agua correr mucho rato. Cuando salió, ya lavada, no me miró directo.
ELLA: Nunca más. Nunca.
YO: Nunca más. Lo juro.
Nos acostamos en camas separadas. No dormimos. La culpa nos comía por dentro. Los días siguientes fueron fríos. Abrazos cortos, miradas evasivas, conversaciones vacías. Cuando el novio volvió, ella le sonrió como si nada, le dio un beso en la puerta, se colgó de su brazo. Parecía feliz por fuera. Pero yo sabía que no. Cada vez que la veía, veía la verdad en sus ojos: la misma culpa que me comía a mí. Sonreía a él, pero por dentro se odiaba. Se sentía traidora, sucia, rota. Y yo también. El secreto se quedó pegado. Una culpa que no se quita ni se borra con sonrisas ni con tiempo.


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