enero 13, 2026

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Mi hermana me pilló grabando

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Bueno, pues mira, esto fue el otro día y todavía me quiero morir de la vergüenza. Pero también, por dentro, estoy un poco… excitada. No sé, es raro.

Yo pensaba que tenía la casa para mí sola. Mi hermana Laura, que tiene 27, me había dicho que se iba al cine con unas amigas y que no volvía hasta la noche. Mis padres estaban de viaje. Era el momento perfecto.

Lo del contenido lo llevo haciendo unos meses. No es algo de lo que hable, pero ahí está. Saco un dinerillo extra y la verdad es que me excita. Saber que hay gente viéndome, pagando por verme… me pone.

Total, que esa tarde me sentí con ganas. Me metí en mi cuarto, cerré la puerta con llave por si acaso (aunque creía que no había nadie) y monté el trípode. Puse el móvil, encendí la cámara, y me quité la ropa.

Empecé despacio. Me acaricié las tetas por encima del sujetador primero, mordiéndome un poco el labio, mirando a la cámara. Luego me lo quité. Mis tetas son grandes, es algo de lo que siempre me han dicho cosas. Me pellizqué los pezones, que se pusieron duros al instante.

Me bajé las bragas y me senté en el borde de la cama, con las piernas abiertas, enfocando bien la cámara ahí abajo. Ya estaba mojada, se notaba. Empecé a tocarme, con dos dedos, dando vueltas alrededor del clítoris. Cerré los ojos un momento, imaginando que alguien me estaba mirando de verdad, en vivo.

Entonces me puse a hablar, en un suspiro. «Os gusta cómo me toco, ¿eh? Mirad lo mojada que estoy…»

Y la cosa se fue poniendo más intensa. Me metí un dedo, luego dos. El sonido era obsceno, un chasquido húmedo que se grababa perfecto. Me gusta ese sonido. Empecé a gemir, al principio bajito, pero luego más fuerte. Me olvidé de todo. Del móvil, de la casa, de que tenía que estar pendiente.

Me tumbé en la cama, con las piernas en el aire, y seguí tocándome, más rápido, más desesperada. Grité. «¡Sí, sí, así!»

Fue en ese momento, justo cuando estaba a punto de correrme, que escuché la puerta.

No la de mi cuarto. La de la habitación de al lado. La de mi hermana.

Me paralicé. El corazón se me paró en seco.

Pero luego pensé, no, debe ser el edificio, un ruido raro. Me forcé a seguir. Cerré los ojos otra vez, tratando de ignorarlo.

«¿A alguien le gustaría estar aquí dándomelo?» dije, con la voz entrecortada. «Quiero que me follen duro…»

Y entonces, el ruido más claro. Unos pasos en el pasillo. Fuertes. Rápidos. Viniendo hacia mi cuarto.

Antes de que pudiera reaccionar, de que pudiera saltar a taparme o apagar la cámara, la puerta se abrió.

No la había cerrado con llave. Me había olvidado. Solo la había cerrado, pero sin echar la llave. Y mi hermana tenía llave para todo.

Ahí estaba. Laura. En la puerta. Con los ojos como platos.

Yo, completamente desnuda, tumbada en la cama, con las piernas abiertas, los dedos metidos en mi coño, y el trípode con el móvil grabándolo todo a los pies de la cama.

El mundo se detuvo. Durante como cinco segundos, que fueron una eternidad, nadie dijo nada.

Yo solo podía mirarla. Ella me miraba a mí, luego a la cámara, luego otra vez a mí.

Entonces, Laura se empezó a reír. No una risita, no. Una carcajada grande, de esas que le dan cuando algo le parece absurdo. Se dobló un poco, agarrada al marco de la puerta.

«¡Joder, Nuria!» consiguió decir entre risas.

Yo me incorporé de un salto, como si me hubiera electrocutado. Agarré la sábana más cercana y me tapé. «¡Laura! ¡Cierra la puerta, joder!»

Pero ella no la cerró. Entró. Cerró la puerta a sus espaldas, sí, pero se quedó dentro. Seguía riéndose.

«¿Qué coño haces?» preguntó, secándose una lágrima del ojo.

«¿Qué te parece?» grité yo, todavía temblando, de vergüenza, de susto, de todo. «¡Sal de aquí!»

«Tranquila, tranquila,» dijo, y su risa se fue calmando. Se quedó mirando el trípode. El piloto rojo de la cámara seguía encendido. Todavía estaba grabando.

«Apaga eso, por lo menos,» dijo, señalando con la cabeza.

Yo me abalancé hacia el móvil y lo apagué. Mis manos temblaban tanto que casi tiro el trípode.

«¿Y eso?» preguntó Laura, con un tono más serio ahora, pero con una sonrisa todavía en los labios. «¿OnlyFans?»

«No es OnlyFans,» dije, apretando la sábana contra mi pecho. «Es otra cosa.»

«Vale, no es OnlyFans. Pero es contenido. ¿Para vender?»

Me quedé callada. Era obvio. Asentí con la cabeza, sin mirarla a los ojos.

«Guau,» dijo ella. Se sentó en mi silla del escritorio, como si fuera lo más normal del mundo. «Y… ¿cómo va eso?»

«¿Qué?»

«El negocio. ¿Te va bien?»

No podía creerlo. Estaba hablando de eso. Como si me hubiera pillado organizando los armarios. No estaba enfadada. No me estaba regañando.

«Más o menos,» murmuré.

«Hace cuánto?»

«Unos meses.»

Laura asintió, mirando alrededor de la habitación. Sus ojos se detuvieron en mi ropa interior, tirada en el suelo junto a la cama. Un sujetador negro y unas bragas de encaje.

«Y… ¿te gusta?» preguntó. Su tono era curioso. No era una burla.

«¿Qué?»

«Que te grabes. Hacer eso.»

Yo me encogí de hombros, todavía envuelta en la sábana. «Pues… sí. Un poco.»

«Se te notaba,» dijo ella, y sonrió de nuevo. «Gemías de verdad.»

«¡Laura!» protesté, y sentí que me ponía colorada hasta las orejas.

«¿Qué? Es la verdad. Se te veía disfrutando.»

No sabía qué decir. El silencio volvió a llenar la habitación, pero ahora era diferente. Ya no era el pánico del descubrimiento. Era otra cosa. Un poco incómoda, pero… con algo más.

Laura se levantó de la silla. Se acercó a la cama. Yo me tensé.

«Relájate, tonta,» dijo. «No voy a decirle a nadie.»

«¿De verdad?»

«Claro que no. Es tu rollo.» Se sentó en el borde de la cama, a mi lado. «Pero la próxima vez, échale la llave. O avisa. Porque madre mía, el espectáculo que me he encontrado.»

Nos reímos las dos. Fue una risa nerviosa, pero fue una risa.

«Lo siento,» dije.

«No pasa nada. En serio.»

Miré hacia el trípode, plegado ahora con el móvil encima. «¿Crees que es raro?» pregunté, sin poder evitarlo.

«¿Qué? ¿Vender fotos y vídeos? Nah. Hoy en día lo hace medio mundo. Mientras te cuides y no enseñes la cara… no lo haces, ¿verdad?»

«No, nunca.»

«Pues listo.» Se quedó quieta un momento. Luego dijo, «¿Y haces de todo? ¿O solo… eso?»

«Un poco de todo,» admití. «Depende de lo que pidan.»

«¿Y te piden cosas raras?»

«A veces.»

Hizo una pausa. «¿Puedo verlo?»

«¿El qué?»

«El vídeo. El que estabas grabando.»

Yo me quedé helada. «¿Estás loca?»

«Vamos, que solo sea curiosidad. Para ver tu estilo. Prometo no decir nada.»

«No, ni de coña.»

«Vale, vale,» dijo, levantando las manos. «Solo preguntaba.»

Se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta. «Bueno, yo voy a hacer la cena. ¿Te apetece pasta?»

«Así, ¿como si nada?» pregunté, atónita.

«¿Por qué no? La vida sigue. Y tú… pues sigue con tu cosa. Pero con llave, eh.»

Y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Yo me quedé sentada en la cama, envuelta en la sábana, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo hacia la cocina. No podía creerlo. Había pasado de la vergüenza más absoluta a… esto.

Miré el trípode. La idea de que ella quisiera verlo… no me disgustó. Al contrario. Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago. En la entrepierna, para ser exactos.

Al final, me vestí y salí de la habitación. En la cocina, Laura estaba friendo ajo. Me saludó con la cabeza.

«¿Todo bien?» preguntó.

«Sí,» dije. «Todo bien.»

Y era verdad. Pero mientras cenábamos, no podía dejar de pensar en su reacción. En que me había visto en mi momento más íntimo, y no solo no le había importado, sino que le había parecido… interesante.

Esa noche, cuando me fui a dormir, me costó. Estaba dando vueltas en la cama. Recordaba su risa, su curiosidad. La forma en que me había preguntado si podía ver el vídeo.

Al final, no pude más. Me metí la mano bajo el camisón. Y esta vez, cuando me toqué, no me imaginé a un desconocido al otro lado de la pantalla. Me imaginé a ella. A Laura, sentada en mi silla, viendo la grabación. Viéndome a mí. Y la cosa fue mucho más rápida, y mucho más intensa.

Al día siguiente, me desperté y nos encontramos en el baño, cepillándonos los dientes juntas, como siempre.

«Oye,» dijo ella, escupiendo la pasta. «Si alguna vez necesitas ayuda… con la cámara, o algo. Ya sabes. Para ángulos o lo que sea. Avísame.»

Me miró a través del espejo. Yo la miré a ella. Y asentí.

«Vale,» dije. «Gracias.»

Y seguimos cepillándonos los dientes, en silencio, pero con un nuevo entendimiento entre nosotras que no había estado ahí antes. Algo cambiado. Algo más caliente. Y la verdad, no sé muy bien a dónde va a llevar esto.

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